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Deslumbrante madurez
SU RECLUSIÓN EN LA PROVINCIA PROPICIÓ EL DESCONOCIMIENTO DE ANTONIO GAMONEDA EN UN PAISAJE POÉTICO PENDIENTE DE LAS ALINEACIONES GENERACIONALES. PERO NI SIQUIERA ESA IGNORANCIA LOGRÓ SOFOCAR EL TIMBRE DE SU VOZ, SINGULAR Y DISTINTA A TODAS.

El poeta leonés y premio Cervantes Antonio Gamoneda
Durante años, Gamoneda, finalmente valorado como uno de los grandes de la generación del medio siglo, fue autor de un único libro, Sublevación inmóvil (1960). Once años antes había quedado en yerbas la edición de La tierra y los labios , un poemario varado en Alicante por las disputas entre los promotores de la revista Verbo . El tropiezo con la censura en los sesenta de Blues castellano (que en algún momento de aquella clandestinidad se llamó Actos , como recuerda José Batlló, uno de sus fallidos editores) lo había depositado en una sabia contención, después de haber vivido sus laureadas mocedades de lírico floral. Antonio había tenido unos años triunfales en las justas festivas, hasta el punto de que el éxito le obligó a repartir estipendios con un sosias, que calzaba el esmoquin, acudía a los festejos, declamaba, bailaba con la reina y le protegía las neuronas del bochorno. De aquella vertiente rimada salvó un libro modélico: León de la mirada (1979).
TRAZA Y MEMORIA
En los años de su silencio poético, Antonio remitía la curiosidad de los allegados hacia las fichas de un relato en marcha, que iba creciendo como inventario de aquel tiempo estremecido. Los apuntes de aquel mazo fueron dibujando la topografía moral de la ciudad (en el libro de 1984, editado por enebros, León, traza y memoria , compartido con Luis Mateo Díez y José María Merino) y más tarde surtiendo el lapidario de sus libros sucesivos. La revelación de Descripción de la mentira (1977), uno de los hitos poéticos de la transición, convirtió a Gamoneda en autor exento y sin cuadrilla, cuya salmodia sobresale entre tantas poéticas intercambiables. Es la cantata versicular del Faulkner del Porma, a cuyo cobijo se alimentan, en sus estancias de La Vega de Boñar, aquellas pulsiones de la memoria. La catástrofe de las ausencias, el clamor de la ruina. A unos pocos quilómetros, aguas abajo, de la Región benetiana.
Recuerdo las andanzas para publicar aquel libro deslumbrante becado por la fundación March y también los desdenes: de Valente desde la Alfagüara poética, de Visor, de Ocnos, tantas puertas cerradas. Al final, vio la luz en León. Y apenas tuvo eco, aunque peleó el Premio de la Crítica, para quedar a la zaga de un insignificante Ángel García López. Estuve en el debate de aquel jurado en Sitges y repaso ahora mi juvenil y bastante solitaria «Crónica de un estrago moral», aparecida en Informaciones , hace 34 años.
LA EDAD DEL RECONOCIMIENTO
A mediados de la década siguiente, el Premio Castilla y León de las Letras distinguió con acierto a Gamoneda en 1985, entre Delibes y Claudio Rodríguez. Allí el mérito fue de Víctor de la Concha, de Salvador Clotas, de Alonso Zamora Vicente. Luego vino la antología de Cátedra Edad (1987), concebida con un prólogo de Alarcos, que obtuvo el Premio Nacional y canonizó una obra extraviada en los pliegues del exilio interior de provincias. Lápidas (1986) muestra la atrocidad de la pobreza y siembra un mensaje que alcanza su plena expresión en Libro del frío (quizá su obra mayor, 1992) y Arden las pérdidas (2003), los pasos previos a la consumación de Canción errónea (2012). En 1995, Libro de los venenos ilustra una variante compleja, matizada y seductora de su universo poético, cuyo vuelo sortea las sebes de los géneros. Estos libros marcan las escalas de una escritura sometida con tenacidad a revisiones y mudanzas. En ese discurso de tono agónico, que dibuja la amargura de las claudicaciones, resalta como contrapunto Cecilia (2004), un poemario de salutación feliz dedicado a su nieta.
LUMINOSA COHERENCIA
Arden las pérdidas (2003) obtuvo el Premio de la Crítica de Castilla y León. Desde los desvanes de la infancia, donde reposa su temprana orfandad, hasta la sabiduría terminal del olvido, este libro unitario recorre las acequias frías de la guerra, las sacas de la memoria, y descifra los rostros ardientes y lejanos de las sucesivas pérdidas. Un año después reunió en Esta luz (2004) su poesía completa depurada. En 2006 le alcanzó el Premio Reina Sofía (del que da cuenta la antología Sílabas negras ) y también el Cervantes, que distingue a un autor cuya dicción no se parece a ninguna otra, uno de los grandes poetas del siglo veinte.
Un armario lleno de sombra (2009) repasa la infancia del poeta, un tiempo menesteroso acuciado por los estragos de la penuria. El tumulto de los recuerdos se decanta en una prosa trabada con destellos de belleza perturbadora. No es el recreo del lírico, sino el relato implacable de una conciencia maltrecha y en trance de confidencia. Canción errónea (212) reposa la mirada en un mundo que se devana en el tránsito sereno hacia el abatimiento. Son las vísperas del final y a su señuelo acuden resonancias de una poética construida con luminosa coherencia.