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El escenario natural de Merino
JOSÉ MARÍA MERINO CULMINA CON EL RÍO DEL EDÉN UNA FECUNDA TRAVESÍA LITERARIA, MARCADA DESDE SUS INICIOS POR LA VOLUNTAD DE BÚSQUEDA. DISTINGUIDA COMO MEJOR NOVELA ESPAÑOLA DEL AÑO, CONSAGRA LA MADUREZ DE UN AUTOR QUE NO FACILITA EL SEGUIMIENTO ACOMODATICIO NI SU ENVASADO ACADÉMICO.

El escritor José María Merino con su novela ‘El río del Edén’
La reflexión sobre la literatura y sus procedimientos, sin incurrir en didáctica de pupitre, la innovación de estructuras narrativas y la capacidad para fundir realidad y fantasía, sueño y vigilia son las señas de identidad de una obra exigente, marcada por la indagación, cuyas audacias no se detienen en el juego metaliterario, sino que albergan una visión singular del mundo y una profunda meditación sobre la existencia. De todas esas tentativas es ejemplo consumado El río del Edén (2012), una novela emocionante y profunda.
LAS NOVELAS DEL MITO
José María Merino (1941) se inició como poeta en la primera mitad de los setenta y recogió sus tres libros con el título de uno de ellos en Cumpleaños lejos de casa (2006). Su estreno narrativo fue Novela de Andrés Choz (1976), que obtuvo el Premio Novelas y Cuentos, un galardón que también ganaría tres años más tarde Elena Santiago y en el que fueron finalistas Luis Mateo Díez (en 1972) y Antonio Pereira (1975). Esta primera novela (a la que el autor pasó la garlopa en la reedición de once años después) ya apunta esa inclinación hacia la metaficción, es decir, la incursión de la literatura dentro de la novela, que constituye uno de los ejes de su obra. Los títulos sucesivos, El caldero de oro (1981), La orilla oscura (1985) y El centro del aire (1991) integran el ciclo de las novelas del mito: el mundo rural, el universo onírico y la infancia perdida. Los c aminos del Esla (1980, con Juan Pedro Aparicio) cuenta un viaje por este río leonés, cuyo legado tradicional está en la base de El caldero de oro . La orilla oscura obtuvo el Premio de la Crítica, que distingue al mejor libro del año. Un galardón impecune y de prestigio en el que únicamente han repetido, al cabo de más de medio siglo, dos escritores nuestros: Jesús Fernández Santos (en 1957 y 1969) y Luis Mateo Díez (1986 y 1999). También lo tuvieron Nora, en ensayo, y Colinas y Trapiello, en poesía.
LA GLORIETA DE LOS FUGITIVOS
Merino forma parte del grupo de escritores que a medidos de los setenta recuperó los procedimientos clásicos para contar historias con personajes y argumento, lejos de los excesos del experimentalismo, aunque incorporando a su narrativa las técnicas modernas, en una síntesis muy sugestiva de tradición y novedad. En ese marco generacional, la obra de Merino se distingue por la fecunda alianza del realismo con el universo mágico y misterioso de la imaginación. Aunque también ha echado su cuarto a espadas teórico, en Ficción continua (2004), resultan muy significativas de ese afán, ya en sus preliminares, la dinamita satírica del Parnasillo (1975) y la invención tutelar, un poco más tarde, de Sabino Ordás.
Merino ha cultivado con éxito la literatura juvenil: Crónicas mestizas , una trilogía sobre la conquista de América (1992, que reúne: El oro de los sueños , 1986; La tierra del tiempo perdido , 1987; y Las lágrimas del sol , 1989); Los trenes del verano (1992), No soy un libro (1993, premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil) y El cuaderno de hojas blancas (1996). Además, ha acreditado su maestría en el relato breve: Cuentos del reino secreto (1982), El viajero perdido (1990), Cuentos del Barrio del refugio (1994), reunidos primero en Cincuenta cuentos y una fábula (1997) y luego en Historias del otro lugar (2010); ha preparado un par de antologías modélicas: Cien años de cuentos (1998) y Leyendas españolas de todos los tiempos (2000); y ha practicado el difícil arte del microrrelato, sin caer en el hilván de simples ocurrencias: La glorieta de los fugitivos (2007).
LA SENDA DEL PARAÍSO
El buceo de Merino en la magia de los espacios ambiguos enhebra su indagación sobre los días gélidos de la infancia en Intramuros (1998). En el cambio de siglo, tres novelas mayores refuerzan la progresión de su obra: Las visiones de Lucrecia (1996, Premio Delibes) nos transporta al oscurantismo de la España imperial, mientras Los invisibles (2000) ofrece la apuesta más radical de su imaginario fantástico y El heredero (2003) pone broche a la persistente exploración de la memoria familiar.
En el ciclo más reciente, El lugar sin culpa (2007, Premio Torrente Ballester), situada en una isla mediterránea, La sima (2009), en la montaña leonesa, y El río del Edén , en la laguna de Taravilla, donde ocultó su traición el conde don Julián, vinculan la fuerza del relato a la magia de escenarios naturales. Un padre y su hijodáun emprenden el camino hacia el paraíso de la memoria, para llevar las cenizas de la madre al lugar de su primer amor. En el paseo brotan los ecos de un tiempo malogrado por los renuncios y las traiciones y surge la complicidad con el chaval, tanto tiempo ignorado por su minusvalía. Es una aventura de redención de esa doble deslealtad a la mujer y al hijo con la que Merino construye su novela más madura, compleja y fascinante.