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La ciudad del esplendor

UNA DE LAS MEJORES NOVELAS DEL SIGLO XX, ‘OPUS NIGRUM’ DE YOURCENAR, RECUPERA LA DIMENSIÓN SECRETA DE LEÓN. EN EL TRÁNSITO DE LA EDAD MEDIA AL RENACIMIENTO, LA FUERZA DE SU LEGADO OCULTO CONVIRTIÓ A LA CIUDAD EN LUGAR DE PEREGRINACIÓN, APROVECHANDO EL CAMUFLAJE DEL CAMINO JACOBEO. . divergente

Una de las últimas fotos de Marguerite Yourcenar

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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En aquella aventura, había peregrinos que venían de Europa hasta Burgos, para tomar allí la deriva de Andalucía, donde embarcaban hacia América. Es el rumbo que sigue el protagonista de El Camino de Santiago (1956), la joya narrativa de Alejo Carpentier. Otros llegaban a Sahagún, donde perdían el oremus, seducidos por las bailarinas orientales y su ambiente de perdición. Lo cuenta Álvaro Cunqueiro, cómo en el siglo trece «Sahagún volvía a ser la cosmopolita, la pervertida, la Pigalle del Camino. Había desnudo en algunas tabernas servidas por muchachas musulmanas, que cantaban y bailaban. Había mucho juego y la tahurería estaba en todo su esplendor». Pero los más avisados, que viajaban con otra encomienda, hacían el camino hasta León. De esa deriva dejó testimonio el alquimista Nicolás Flamel en sus Memorias, que recreó Luis Mateo Díez en el relato El sueño y la herida (1987). Porque los atractivos escondidos en aquel León eran muy distintos a los que jalonaban otras villas y ciudades del camino.

LEÓN, META DE LOS INICIADOS

Marguerite Yourcenar (1903-1987) dibuja en Opus nigrum la perplejidad de un personaje renacentista, al escuchar a su amigo la pretensión de hacer el Camino a Santiago, vestido con el hábito de peregrino para pasar inadvertido: «No os imagino entre los monjes gordos y cantando con las narices». Pero Zenón, que es un audaz humanista, le ofrece una pista: «¿Qué se me da a mí de esos carneros holgazanes? El prior de los jacobitas de León cultiva la alquimia y el abad de Gante lo ha persuadido por carta de que me haga partícipe de sus sabidurías. Pero debo apresurarme, pues ya es anciano. Temo que olvide cuanto sabe y que muera». Se refiere a San Marcos de León, una de las joyas del Renacimiento, cuyo pálpito intelectual estuvo en aquel tiempo a la altura de su esplendor artístico.

Opus nigrum es una vieja fórmula de la alquimia: representa la disolución de la materia y la liberación del espíritu. Yourcenar en su novela revive toda una época apasionante. Luis Mateo Díez, en El sueño y la herida , recoge la expectativa del alquimista Nicolás Flamel a las puertas de su destino en León. «La capital del reino tenía el aliciente de su famosa judería, posible ocasión para el anhelado encuentro con alguno de los sabios cabalistas que tanto necesitaba. El propio nombre de la ciudad, tantas veces presentida en el recuento del Camino, se abría en la imaginación cobijado en su simbolismo alquímico». Pero a Flamel lo matan en El Portillo, para robarle, antes de que alcance la judería.

SOLAR DE UN SABER PERDIDO

La expulsión de los judíos a fines del siglo quince y el clima de pavor creado por la Inquisición habían laminado una parte esencial del conocimiento científico y filosófico en la Península. La novela de Yourcenar se refiere al Auto de Fe de Astorga y a la expulsión del prior de San Marcos don Blas Vela por los propios frailes, que lo acusaban de judío. «Su cabeza senil se hallaba repleta de extrañas fórmulas del Zohar». Porque en la ciudad seguían los destellos imposibles de sofocar del legado de Avicena y las brasas que alumbraron el Zohar o Libro del Esplendor , de Moisés de León, en el siglo trece. Ese fue el rastro perseguido por los intelectuales europeos que al abrigo de las peregrinaciones hicieron el camino hasta León. Zenón, el protagonista de la novela, se nutre de las inquietudes de sus coetáneos Copérnico, Leonardo, Paracelso, Giordano Bruno, Flamel y Servet. Pero no es un mecano erudito, sino un personaje literario dominado por la pasión de vivir y la inquietud de saber. Ninguna curiosidad de su tiempo le resulta ajena y se entrega con ardor a todas las aventuras del conocimiento hasta acabar condenado por herejía. El suicidio lo libra de la hoguera, porque recuerda su visita al solar calcinado del Auto de Fe de Astorga, donde el dominico Blas Vela había recogido «unos huesecillos ligeros y blanquecinos, buscando entre ellos el luz de la tradición hebraica, que resiste a las llamas y sirve de simiente a la resurrección».

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Sin duda, el mérito mayor de Marguerite Yourcenar (1903-1987) ha sido rescatar la novela histórica como género contemporáneo, alejado por igual del falso brillo de la antigualla y del timo de la bisutería. Ningún otro género ha sido tan dañado por la pandilla codiciosa de botarates que copan las listas de éxitos. La obra de Yourcenar nos ofrece la mejor medicina contra esas decepciones. Nadie que disfrute sus Memorias de Adriano (1951, traducido por Cortázar) y su Opus nigrum (1968, Premio Fémina) volverá a caer en el engaño. Porque habrá tenido el placer de leer dos de las grandes creaciones del siglo veinte.