Diario de León

poesía

Nada frena la huida de las últimas aves

‘Hemos llegado tarde y Dios se ha ido’ Octavio Fernández Zotes Prólogo de B. Sarasua, El Forastero / Lobo Sapiens, León, 2012. 64 páginas.

Publicado por
josé enrique martínez
León

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Octavio Fernández Zotes, originario del Páramo leonés, descubrió en la poesía otro ámbito en el que ejercer tras su jubilación como pediatra en Galdakao. Hemos llegado tarde y Dios se ha ido es su cuarto poemario. Con él muestra, por si aún no lo supiéramos, que la poesía no tiene edad. Parte el poeta de un hecho universal: algo nos ha precedido en el tiempo y tiene nombre propio: Esmirna, Atenas, Pompeya... Podemos caminar sobre sus huellas. Este primer poema lleva en impreso un no a dejarse vencer por el desánimo o la tristeza. Este no se extiende en poemas sucesivos a muchos otros aspectos del vivir: no al olvido, no al decaimiento, a la falsedad y el artificio. La negación de algo lleva implícita la afirmación de lo contrario: de la esperanza, el sueño, el recuerdo, lo heredado de quienes han vivido antes que nosotros, de lo que uno es, de la auténtico de la vida, del amor... Entre esas afirmaciones hay una superior, que es plenitud, recuerdo y proyección a la vez: una vida nueva, «el milagro de la carne rosa», el canto del padre ante el vientre convexo de la hija, del abuelo ante el fruto rosado de aquel vientre. En ese cuerpo diminuto se afirma el ser de uno, el niño que uno fue, y por una vez sabemos que hay un caudal de alegría vital en «el fondo de la lástima y el llanto» propio del que nace y de nosotros mismos. Entre lo que se niega y lo que se afirma existe un poso de incertidumbre, de impotencia, acaso porque en ese ser que ha llegado al mundo se contemplan también ausencias que han ido dejándonos huérfanos: «Hasta el seno caliente de la madre se hizo ausente». Dios es otra ausencia como expresa el título del poemario. El hombre vive entre la orfandad y el deseo de eternidad. En medio está la desolación, la intemperie de la vida, «la nada sin refugio». «Los dioses huyeron», dice el poeta. «Siempre la oscuridad viene del cielo», escribe, negando la mirada luminosa de Claudio Rodríguez. En su soledad doliente, el hombre se siente herido por el tiempo, por las últimas aves en huida; se siente desorientado y «precipitadas preguntas inconexas / surgen cuando la congoja oprime» ¿Qué hacer? Hurgar en los adentros, alimentarse de sueños, de ternuras... No se busquen en la poesía de Fernández Zotes finuras o alardes técnicos. El poeta va directamente al tuétano de las preocupaciones del alma, y la mayor es, sin duda, la congoja existencial.

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