Diario de León

Una habitación propia

l. Cinco escritores muestran los lugares en los que con el trabajo, la disciplina y el talento reciben a las musas. Julio llamazares, luis mateo díez, juan carlos mestre, juan pedro aparicio y josé maría merino abren la fortaleza en la que esconden sus monstruos, el refugio en el que liberan su voz y que cobija sus sueños, el lugar en el que sólo se enfrentan a sí mismos

raquel p. vieco

raquel p. vieco

Cristina Fanjul
León

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Virginia Woolf destaca en su ensayo Una habitación propia la importancia de tener un refugio para trabajar. Ella lo hacía en una cabaña construida ex profeso en su jardín de Monk’s House y llamaba a su espacio «el refugio de la escritura». Puede que muchos se hayan preguntado por el lugar en el que los escritores aguardan la llegada de las musas, puede que fabulen con la idea de cuál es el lugar ideal para escribir, el espacio en el que surgen versos, en el que la invención comienza a tomar forma, en el que la inspiración va gestando personajes que después pasan a formar parte de nuestra propia vida.

Borges escribió sus primeras obras en una biblioteca, Cervantes dibujó el mapa de las hazañas del ingenioso hidalgo en una cárcel de Sevilla, y Dylan Thomas escribía en un garaje. Todo ello lleva a pensar que la mayoría de los escritores no tienen frente a ellos el Kilimanjaro ni una mesa en la calle Estafeta cuando se ponen a escribir y que, lejos de la idea romántica del escritor, lo que se requiere para fabular es un noventa y nueve por ciento de talento, un noventa y nueve por ciento de disciplina y un noventa y nueve por ciento de trabajo. Faulker dixit, y sabía muy bien lo que decía, puesto que describió el exilio de la madre muerta en seis semanas mientras trabajaba como bombero y vigilante nocturno de una central eléctrica.

En estas páginas se muestran los lugares de trabajo de cinco escritores: Julio Llamazares, Luis Mateo Díez, Juan Carlos Mestre, Juan Pedro Aparicio y José María Merino. Todas ellas tienen una cosa en común: son los escenarios en los que más tiempo pasan los autores. Pero ¿en qué se diferencian? y, sobre todo, ¿qué nos dicen de ellos?

Julio Llamazares recuerda que escribió La lluvia amarilla en una gran mesa de madera que él califica como la mesa del patriota. «La compré en el Rastro de Madrid y tenía la inscripción Viva Fraco . Supongo que en el éxtasis patriótico se le olvidó poner la ‘n’», ironiza. La de ahora es de cristal, material que otorga a toda la habitación una gran sensación de levedad. «En general, escribo en el ordenador, aunque los artículos periodísticos los escribo a mano, para no perder el hábito, para recordar los años de escritura manual», explica.

El ordenador del escritor leonés es un portátil. No necesita más. «Lo uso al cinco por ciento de su capacidad. Simplemente para escribir, borrar y almacenar», subraya el autor de Luna de Lobos , que rememora la primera máquina de escribir que tuvo. «Me la regaló mi padre, era una Olivetti que ya no tengo». Pero como el mundo a veces nos devuelve lo perdido de manera sorprendente, así, Llamazares cuenta que en cierta ocasión, la vida le permitió ofrecer una conferencia en la fábrica de Olivetti en Italia, en una ciudad llamada Ivrea. «Fue magnífico porque pude cerrar un círculo», explica.

Tras la máquina de escribir compró su primer ordenador; hasta ahora ha tenido tres y cinco habitaciones en las que desarrollar las vidas poéticas de sus atribulados personajes. «En cada casa en que he vivido he procurado tener un lugar para escribir. La primera de ellas era un piso compartido, con lo que convertí mi dormitorio en una celda de fraile para aislarme y escribir». La actual es un espacio luminoso, en el que el escritor da la espalda a un escenario idílico, una pintura que muestra un paisaje poblado por cisnes y grullas y que ya estaba cuando Llamazares tomó posesión de la plaza. «Tengo un orden aparente que no es tal. Fundamentalmente, mi fetiche para escribir es la tranquilidad. Ni música, ni radio, ni nada», recalca. Llamazares añade que su despacho es el lugar de la casa en el que más tiempo pasa. Unas ocho horas de media. «Dos o tres por la mañana y cinco por la tarde», explica el autor de El cielo sobre Madrid, que destaca que, sin embargo, siempre lee tumbado en la cama.

«No, no es un trabajo. Cuando algo te gusta tanto nunca lo consideras como tal porque no es una obligación», asegura. Revela que no es una persona disciplinada. «Además, las circunstancias no me lo permiten», y cuenta que en cierta ocasión le preguntó a Cela por qué se había ido a vivir a una isla: «Mientras no te aísles, no puedes escribir», me contestó. «Pues eso me pasa a mí. La gente que te rodea te ve en casa y siempre hay algo que hacer, un amigo que piensa que siempre tienes tiempo... y la realidad es que un escritor nunca está de vacaciones, porque escribir no es una profesión, escribir es una pasión», confiesa. Acerca de los libros que descansan sobre su mesa, descarta que se trate de manuales que utiliza o ha utilizado en sus artículos o novelas. «Hay tres cosas que hago con los libros que me llegan: Si sé que no los voy a leer los dejo en la parada de autobús, los que me interesan los dejo sobre la mesa y los voy leyendo y hay otros que simplemente son de consulta», explica Llamazares. No tiene fetiches, no los necesita para escribir, pero llama la atención una imagen que parece velar su espalda. Se trata de una fotografía en la que aparece junto a dos de sus hermanos. Sobre la leyenda ‘escuelas unitarias de Olleros de Sabero’ tres niños contemplan la habitación desde el año 1958. La imagen, originalmente en blanco y negro, fue coloreada atendiendo a los gustos de la época. «En esta imagen hay trampa», relata el escritor, que confiesa que es la fotografía imposible. Para empezar porque él no tenía que haber estado en la imagen —contaba sólo tres años de edad y no iba a la escuela— ni tampoco su hermana. «Los niños y las niñas no asistían juntos a clase». Su padre, maestro de Escuela, propició que esa instantánea fuera posible y que 55 años después se haya convertido en el ángel de la guarda del escritor.

Luis Mateo Díez

El despacho de Luis Mateo Díez se caracteriza por el orden y una pulcritud casi aséptica. «No creas —dice—. Tengo las cosas más bien controladas pero yo soy tremendamente desordenado». Llama la atención en su escritorio una serie de moleskines en las que, confiesa, conserva todas sus novelas. «A veces, estos cuardernos son más pequeños, a veces, más grandes, pero en ellos tengo anotados los cuadernos de bitácora de todas mis obras». Desvela que muchos de ellos los ha rescatado de su despacho del ayuntamiento de Madrid, algunos, originales manuscritos. Es el caso de Las estaciones provinciales, que acaba de reaparecer en una caja felizmente recuperada. «La mayoría de ellos los voy a donar a la Biblioteca de la Real Academia», subraya.

Explica el escritor que desde que termina de escribir una novela hasta que la entrega a la editorial, la «congela», la guarda durante seis o siete meses y vuelve a leerla como si no fuera suya, como si fuera la primera vez que la leyera, como si se tratara de un descubrimiento. Y, entonces, la desnuda de todo lo que considera ajeno o artificioso. «En Pájaros sin vuelo , por ejemplo, suprimí tres capítulos», cuenta.

Acerca de sus libros de consulta, destaca que usa el diccionario de manera casi voraz, y siempre en papel. «A veces vivimos en la memoria de una palabra de manera engañosa», explica.

El primer ordenador que tuvo Luis Mateo Díez fue un Amstrad que, aconsejado por José María Merino, adquirió con el fin de librarse de la tortura de mecanografiar sus manuscritos. «El ordenador me permite una gran concentración en las correcciones. Creo que se trata de una herencia municipal», comenta con sorna. Y es que para el escritor resulta especialmente gratificante la sensación que otorga la técnica de poder acceder a cualquier lugar de la novela de manera casi instantánea. «Puedo viajar a través del relato en cualquier momento. El ordenador me otorga una conciencia mayor de propiedad».

No es Luis Mateo un escritor maniático, no se ata a un horario ni a un método, de hecho confiesa llevar cinco meses sin escribir nada y, cuando se somete a la labor fabuladora no suele dedicarle más de cuatro horas diarias. «La novela exige un gran trabajo, pero el hábito es importante». Y el escritor lleva ya toda una vida de oficio. La gestación de La Fuente de la Edad se prolongó durante cinco largos años. «Aunque cada novela es una aventura, también hay un aprendizaje que ya está hecho. Yo me he comprometido con mi oficio. Si escribes mucho, como es mi caso, es porque tienes un mundo muy amplio. Yo ahora escribo con más conocimiento de causa».

José María Merino

«Disfruto de este despacho desde hace veinte años». José María Merino echa mano del sentido del humor y asegura que se trata de un lugar creado de estratos. La pulcritud de su escritorio rivaliza con el aparente desorden del resto de la estancia, en la que los libros parecen tener vida propia y haber colonizado el espacio. «Tengo libros por toda la casa; todo el pasillo es una gran estantería. Los cuentos los tengo en mi dormitorio, y aquí reposan principalmente ejemplares de crítica literaria, historia, historia de América, cronistas de las Indias, leyendas y cuentos populares», subraya.

En una de las esquinas de la habitación, hay una pirámide de libros que el escritor conserva para un amigo que regenta una biblioteca virtual. «Lo único que le pido a cambio es que me encuentre el título que le pida. El problema es que cada vez que viene a llevarse libros trae una mochila y así nos podemos eternizar».

Sobre su mesa descansan dos figuras que el escritor confiesa le han acompañado durante muchos años. Se trata de un dios mono, Sung Woo Kong, y un caballero polaco montado sobre un gallo. También, en un extremo del despacho, una imagen de El Corto Maltés, el personaje creado por Hugo Pratt. Y es que Merino se confiesa fan del cómic. «Durante años estuve suscrito a la revista Charlie Hebdo y este fue uno de los regalo que me enviaron», explica.

El escritor tiene horario funcionarial. Todos los días, a las ocho de la mañana, José María Merino está sentado ante su mesa de trabajo y dedica a la literatura una media de ocho horas diarias. «Si estoy inmerso en una novela, entonces el trabajo se prolonga durante todo el día y llego incluso a levantarme por las noches para escribir».

Escribidor meticuloso, confiesa que toma muchísimas notas antes de zambullirse en el libro, si bien nunca suele respetar el borrador. «En una ocasión, me di cuenta al final de la novela de que el personaje que escribía la novela y el protagonista eran la misma persona», revela. Cuando finaliza una obra, Merino también la ‘crioniza’ durante una temporada antes de enviarla a la editorial. «Siempre se te escapa algo. Además, soy muy escrupuloso y cuido el texto al máximo», detalla para explicar el hábito de darse un margen para volver a releer la novela. «Es que una novela es un viaje de exploración y crea sus lógicas internas», dice.

Las novelas con las que más ha sufrido el escritor han sido El heredero , cuya estructura fue modificando a medida que avanzaba su desarrollo, La orilla oscura, en la que tuvo que recapitular en varias ocasiones, y El lugar sin culpa. «Esta historia la conservé durante muchos años porque no terminaba de decidir si era un cuento. Yo sospechaba que no lo era y, al final, se publicó como una novela corta», recuerda.

No encuentra demasiadas diferencias de método entre escribir poesía o prosa. «En realidad, yo aprendí a escribir prosa haciendo poesía. Lo que sí es cierto es que la poesía es iluminación. Lo ves y lo escribes».

El naufragio de Mestre

El despacho de Juan Carlos Mestre es como el zoco de las Mil y una Noches. Objetos de todas las esquinas del mundo conviven en medio de un raro caos que, pese a todo, resulta esplendoroso. Destaca el poeta que todos «aparecen, desaparecen, se gobiernan ellos solos». Mestre les coloca en el extremo de la lírica y asegura que «llegan regidos por un inexorable azar desde las metamorfosis de la casualidad». «Son restos del naufragio, maderas huidas de sus árboles que vienen a respirar en lo simbólico», asegura. El escritor confiesa que no colecciona nada, que no le mueve ningún afán acumulativo, y que todas las piezas son huellas de una pérdida y no marcas de propiedad. «Su vida es paralela a la de las palabras, fragmentos del mito y la superstición religiosa, objetos a quien el destino les ha cambiado su proyecto significativo pero que siguen siendo testimonios de algún sueño pendiente de ser soñado, esa última ilusión de las cosas sin oficio, el inconsumible decorado crítico de las ruinas de la belleza», dice.

Sin embargo, el poeta sostiene que no necesita el exceso para escribir. «Escribo desde la precariedad, en todos los sentidos, ante la página en blanco a la que llegan, eso sí, todas las imantaciones, visibles e invisibles, de lo que por aproximación llamamos realidad». Además, Mestre carece de método y defiende que, en materia de creación, conduce irremediablemente a lo previsible, al fracaso de la imaginación. «No es la poesía una práctica de disciplina, sino de desorden y aleatorio misterio, algo que sin definir ocupa otro lugar en el tiempo de las invocaciones», subraya. Sin ningún ordenador a la vista, el poeta confiesa que lo que él hace es «desordenar a mano» porque escribir poesía no consiste en fijar en el papel o el soporte electrónico una idea. «Alguien dijo que lo primero es vivir hasta las ultimas consecuencias la vida del poema, escribirlo, si viene, siempre llega después». Se enfrenta además al vertigo del vacío en el papel sin coraza y prescinde de manuales, diccionarios o versos ajenos a la hora de componer los suyos: «Manuales para tirarlos por la ventana, diccionarios para equilibrar las patas de la mesa, poemarios para añadir angustia a las influencias…no, no, solo sustancias prohibidas por los racionalistas y los escolásticos».

Juan Pedro Aparicio

El autor de Retratos de Ambigú ha ido construyendo las capas de su despacho desde 1989. «Estoy sumergido en esta habitación y a veces creo que tengo que lanzar el periscopio para ver la superficie», explica el escritor. Y es que el de Juan Pedro Aparicio es un despacho en el que los libros parecen reproducirse en un desorden ilustrado que —según destaca el escritor— debe producir mucha desazón a cuantos lo contemplan.

Juan Aparicio escribe con el ordenador desde que la informática comenzó a asomar. «A mano sólo tomo las notas iniciales, las primeras impresiones, casi como un diario y luego las voy pasando al ordenador, que se ha convertido en un banco de ideas», detalla el escritor. Aparicio revela que de esta manera, su archivo está repleto de embriones literarios a los que incluso ha bautizado y que, sin embargo, puede que nunca llegue a desarrollar. «Algunos llevan así treinta años», sostiene.

En estos momentos, el escritor disfruta escribiendo un filandón de cuatro lores ingleses que, reunidos con el embajador español en el club Animal’s friends, desarrollan un juego dialéctico marcado por la brillantez de la elocuencia británica. Hace tiempo que finalizó su novela sobre Gaspar Melchor de Jovellanos, una personalidad sobre la que el autor lleva estudiando toda la vida. «La personalidad de Jovellanos tiene muchas zonas oscuras. Una de ellas es que se sintió atraído por una leonesa a la que llamaba la fea más guapa que había conocido. Se llamaba Ramona y era la hija del marqués de Villadangos», explica Aparicio. Y es que al escritor le resultaba desconcertante la obsesión por una provinciana de uno de los hombres más ilustrados del momento. «Este detalle unido al hecho de que estamos en el momento histórico más decisivo para la historia posterior de España me llevó a escribir la novela». La esperamos ansiosos.

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