Diario de León

El bestiario del poeta fantasioso

l. Adolfo Alonso Ares prepara una gran exposición de sus dibujos poéticos en el Centro Leonés de Arte. Dibuja desde siempre, pero ocurre que no sólo pinta con palabras. Al escritor leonés Adolfo ares le brotan seres fantásticos de sus versos. Animales mitológicos que pronto verán la luz...

El poeta leonés sostiene algunos de los dibujos que pinta mientras exribe sus poemarios

El poeta leonés sostiene algunos de los dibujos que pinta mientras exribe sus poemarios

Publicado por
marcelino cuevas
León

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Noche de invierno en Astorga, el cierzo y unos traviesos proyectos de copos de nieve, no invitan precisamente a la contemplación de las viejas murallas, o las fantasías arquitectónicas de Gaudí. Por una calle que lleva directamente a la majestuosa Catedral, junto a la casa que fuera de Panero, caminan dos hombres de cierta edad, con el cuello se sus abrigos levantado y las manos sujetando los sombreros, por si acaso al aire le da por jugar con ellos.

Habla el más alto. «…Mira Antonio será normal, pero yo creo que no es muy católico eso de andar por el mundo inventándose monstruos, que luego pasa lo que pasa. Ya sé que Adolfo es de buena familia y que fue monaguillo que chaval, pero me han dicho que no se conforma con escribir poesías, que dibuja unos bichos que con toda la seguridad tienen pinta de sacrilegio, artístico, sí, pero sacrilegio».

Y siguen su camino en busca de la mesa camilla, el brasero eléctrico y el chocolate con picatostes que posiblemente anime la presencia de un canónigo amigo de la familia. Porque en la bimilenaria ciudad hay tradiciones que nunca se perderán y cotilleos que desde siempre son la salsa de su vida social.

Adolfo Alonso Ares corrió de niño estas mismas calles. «Desde mi casa había un pasadizo que atravesaba las murallas y daba paso a la huerta de mi familia. Allí disfrutaba de la presencia de los animales domésticos. Y también recuerdo mis tiempos en el pueblo, un mundo que me parecía de auténtica fantasía. Allí me encontré por primera vez con estos «monstruos» que siempre me han acompañado y que se hacen realidad en mis papeles».

Por primera vez esos seres mitológicos van a salir del hogar del artista, van a dejar su cálida seguridad para enfrentarse a los visitantes de una exposición que la Diputación anuncia para el CLA. Unos los verán como poéticos pictogramas, otros como alucinaciones fantásticas y, algunos, hasta pueden tacharlos de irreverentes, pues el artista ha sido capaz de crear un universo nuevo que se atreve a competir con la realidad. Pero sepamos cómo comenzó la historia. «Dibujo y pinto desde siempre. A la vez que hago poesía, mientras pienso o cuando mantengo una conversación con mi familia. Mis manos no pueden estar quietas y siempre acaban trazando figuras sobre un papel. Yo he compatibilizado muchas de mis actividades con la pintura… aunque siempre como algo íntimo. Todos mis libros poéticos han nacido con sus propias ilustraciones. Me gusta hacerlos con una caligrafía especial… y con la compañía fantástica de esos monstruos que habitan en mi mente».

No es extraña a los poetas la pasión por el dibujo. Recordemos a García Lorca, Alberti o el más cercano Victoriano Crémer que en su taller de poesía, en el Palomar del Sordo, compatibilizaba sus poemarios con deliciosos dibujos de palomas.

Escritor a tiempo completo

«No, no, esos eran grandes poetas y yo solamente soy un aprendiz. Al dibujar entrego otra parte de mi intimidad a la acción creativa. No puedo separar una cosa de la otra. Si algún día no dibujara también dejaría de escribir, y sería terrible porque soy escritor a tiempo completo. Naturalmente no siempre salen bien las cosas, no siempre quedan redondas, en ocasiones los poemas y los dibujos son incapaces de convivir… y entonces los rompo. Si lo que he creado es armónico, si está cercano a la belleza que busco, pues va convirtiéndose lentamente en un nuevo libro».

Pero los libros que usted ha publicado no tienen dibujos. Seguramente que los versos se sienten un poco huérfanos sin la presencia de sus pájaros. «Cuando releo uno de mis libros publicados sin sus dibujos -dice- yo soy capaz de imaginármelos perfectamente: Recuerdo los dibujos que en su momento acompañaron a los versos. A mí me gusta especialmente dibujar pájaros. Desde pequeño magnifiqué la figura de las aves. Recuerdo la plaza del Seminario de Astorga, donde jugaba de niño, que estaba llena de nidos. Siempre he sido un observador devoto de los pájaros y lo sigo siendo».

Monstruos poéticos

Entonces eran pájaros normales, pero ahora son monstruos, poéticos, adorables monstruos que sorprenden y que quizá algún día lejano, perdido en el tiempo, en el silencio de la siesta en un remoto pueblo maragato, lanzaron un hechizo al niño que los miraba con asombro. «Son pájaros nuevos -explica Ares- pero tienen en sí mismos la herencia de aquellos que recuerdo desde la nostalgia. De aquellos que espiaba después de trepar hasta sus nidos. Los llevo grabados muy dentro».

En la memoria del poeta-pintor deben esconderse desde la infancia terribles secretos, misterios que pugnan por escapar batiendo sus alas coloridas y que acaban prisioneros en bellas cárceles de papel. «No -asegura- no tienen nada de misterios preocupantes, simplemente forman parte de mis mundos imaginarios. Siempre les he dicho a mis hijos que este no es el mundo real, que el de verdad es el que brota de la imaginación. Estos pájaros vienen directamente de ese universo. Creo firmemente que todo lo que seamos capaces de imaginar existe, cualquier cosa que el hombre pueda imaginar existe».

¿No tiene miedo de que estos animales fabulosos al ser expuestos quieran escapar para vivir en los sueños de otros seres, de otros poetas quizá? «Yo soy muy celoso, pocas veces he compartido mis pájaros con personas extrañas. Por eso nunca me plantee la posibilidad de realizar con ellos una exposición. Creo que en León no saben que hago estas cosas más allá de quince personas. Los conservo con el mismo cariño que a los originales de mis libros, que guardo como oro en paño. Creo que me serán fieles y se quedarán conmigo».

Pasión por los niños

Otra de las grandes pasiones de Ares son los niños, y también escribe para ellos. «Siempre he sido -comenta- un lector apasionado de los grandes cuentistas y fabulistas. A mis hijos, a los niños de mi familia, me gusta contarles historias fantásticas. Posiblemente es que yo nunca he sabido separar la imaginación de la realidad, para mí todo forma parte del ser humano. Nuestra imaginación conjuga perfectamente con la realidad. Son libros de poesía aplicada para que los niños la entiendan, para que puedan leerla sin esfuerzo, aunque procuro que no sea una poesía hecha específicamente para ellos. Siempre he creído que a los pequeños hay que hablarles de igual a igual».

El trabajo del poeta es continuo, sin concesiones. «Yo siempre estoy escribiendo, no tengo la costumbre de marcarme un proyecto, una meta. Cuando tengo un libro hecho lo publico. Nunca me he planteado: ahora voy a ponerme a escribir un libro, no, cuando me doy cuenta lo tengo escrito. No olvidemos que me paso buena parte de los días escribiendo y dibujando con lo cual, en el transcurso del tiempo, siempre acabo teniendo completado un libro… y otro libro».

Don Antonio, ocupando se sillón preferido ante la mesa camilla se dirige al orondo canónico que después del ágape siente una dulce somnolencia: «¿Y usted cree, don Arturo, que ese mundo de bichos de Adolfito no será algo irreverente?».

El canónigo se limpia las migas que brillan como estrellas en su negra sotana y con voz meliflua explica. «Hijo mío, todo es obra del Señor. Tanto lo real como lo que los hombres nos atrevemos a inventar… quizá estos inventos oníricos sean consecuencia de aquella manzana del Paraíso. Pero yo, si un día el poeta lo confesara conmigo, le absolvería, porque según me han dicho… ¡son unos pecadillos tan hermosos!

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