Vega, pueblo maldito y fantasma
l. Miguel Otero Furelos crea un nuevo espacio mítico en el universo literario leonés. el asedio Miguel Otero Furelos Redelibros, Vigo, 2012. 107 páginas.

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Los macondos leoneses, esos espacios míticos que se han enriquecido y perviven en tantas obras literarias, son inolvidables. ¿Quién no recuerda y dibuja en su mente, por citar algunos ejemplos, Celama, Petavonium, Maqueda, Región…?
El escritor berciano Miguel Otero Furelos (Ponferrada, 1962) crea en su última novela, El asedio, un universo irreal cuya atmósfera trasciende una puntual referencia geográfica que se convierte así en universal, y por esta misma razón eleva la posibilidad de la anécdota al modelo de categoría.
La acción de la obra se desarrolla en la comarca imaginaria de la Zubiega Baja, donde existe el Zarrajo, un personaje carnavalesco que «en honor de la verdad solo subsiste en Vega», y que la tradición ha guardado aquí, se dice, «desde que nuestros antepasados la trajeron de Ventoso y que incluso allí, en la villa arrasada, sobrevivió a la rapiña de los ingleses, o los franceses, porque los dos estuvieron aquí y ambos hicieron cosas parecidas». El protagonista de El asedio , «el hijo de don José», regresa de Francia a Vega veinte años después. Y desde el primer momento Vega se erige en un espacio mítico en que, aislados del mundo, afloran en sus habitantes las confesiones, las heridas interiores, los sentimientos, sus grandezas y miserias, la desolación… «Casi no sale agua del grifo —leemos al final— y no tenemos a quien recurrir. Prácticamente no llega nadie a Vega que nos pueda informar de lo que sucede en el mundo. Yo uso la radio para atrancar una de las ventanas, que está medio desencajada». Vega es un mundo de desolación en que cobra fuerza, por una parte, el ambiente opresivo de unos seres aislados del mundo, y, por otra, el tono inquietante por el temor a ser tomados por la arena. «Lo último que se había oído, el rumor más reciente, era que Castilla estaba tomada por la arena, que sus catedrales estaban vacías y sus campanas repicaban al albur de los vientos, que los caminos se habían desdibujado y bajo los puentes no existían ríos». El presagio levítico se cumple también en Vega, porque «no llovía agua. Llovía arena. Fue entonces cuando advertimos que el suelo de la plaza estaba totalmente cubierto por la arena».
«Un pueblo fantasma»
Vega es un pueblo minero rodeado «de montañas por todos lados», un pueblo «aislado y moribundo». Tanto, que Otero escribe en un momento: «El alcalde mira la plaza desde el balcón. Está desierta o es que la gente es invisible. ‘Soy el alcalde de un pueblo fantasma’». El bar de Valentín ha sido el auténtico testigo de su historia. Hablando de ella, relacionándola con una curiosidad del Zarrajo, leemos: «El ejército inglés de Moore, en la huida trágica por tierras de Zabiega hacia la costa de A Coruña, pasó por el pueblo de Vega allá por el año 1809. Se desconoce aún hoy si fueron los ingleses o los perseguidores franceses guiados por Soult quienes asesinaron a todos los habitantes del pueblo, robaron los objetos de valor y profanaron las imágenes de la iglesia, más tarde reconstruida. De todos los objetos existentes en la iglesia, quemada hasta la base, solo sobrevivió el traje del Zarrajo».
No sé si el autor ha tomado como modelo algún pueblo en concreto. En la actualidad le sobrarían ejemplos, aunque el estereotipo aquí dibujado añada ser «un pueblo maldito, pueblo de mentiras y de insidias». Por eso la desertización será total y definitiva. «Esa misma tarde partí para siempre de Vega. Cuando crucé las montañas pude ver que todo lo que se decía era cierto. Sé que días más tarde todos se fueron marchando, incluidas las dos personas que representaban el poder político y el poder de Dios. Se fueron con un muerto en la conciencia. Dicen que solo ha quedado una persona. Es Elena Mena, que sigue esperando a que regrese su hermano muerto en América».
Vega es, en fin, un paradigma, y, como tal, se convierte en espacio mítico, de ficción. Queden estas simples notas como testimonio de su existencia.