Diario de León

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El vigilante de la nieve

JOSÉ ANTONIO LLAMAS (1941) SUBIÓ DEL ESLA A LA CORDILLERA DESPUÉS DE UNA PROLONGADA ESTANCIA MEDITERRÁNEA. FUE UNO DE LOS FUNDADORES DE ‘CLARABOYA’ (1963-1968), DONDE PUBLICÓ SU PRIMER LIBRO, Y LUEGO EL MÁS PUGNAZ Y PACIENTE MANTENEDOR DE SU PEBETERO. divergente

Una imagen de juventud de José Antonio Llamas

Una imagen de juventud de José Antonio Llamas

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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La leyenda poética de Llamas, que es de Vidanes como el Padre Isla, tardó en verse encuadernada veinte años, después de su estreno en la revista. Fue de nuevo en su retorno a casa y en la colección Provincia: No amanece (1984). Aquella antología agrupaba sus versos de Claraboya y algunos atisbos de lo que había de granar más tarde su obra de madurez. Entonces, su lenguaje poético oscila entre la requisitoria de índole social y una salmodia más reflexiva, que ahonda en la huella de la memoria rural y desvela sus contraseñas. Con una riqueza de recursos deslumbrante e inusual. Quizá por ello, años después volverá en diversos textos narrativos, de momento dispersos o pendientes de remate, a revisar la quiebra de aquel universo en su tránsito desde el arado romano a la mecanización.

EL PULSO DE LA TIERRA

Hay un libro nuclear en el inventario de ese mundo originario, que es El habla de Villacidayo (1966), de José Millán Urdiales. Lo publicó la Academia de la Lengua y Dámaso Alonso solía decir, cuando andaba entre leoneses, que su valía justificaba la existencia de la ilustre corporación. Luego, Millán (1927-2007) buscó trabajo como profesor de francés por Institutos de media España, hasta recalar en Oviedo, donde terminó como catedrático de su universidad. Nadie ha estudiado con su brillante lucidez la vida cotidiana de aquel universo crepuscular.

Ese nutriente fertiliza lo mejor de la obra literaria de José Antonio Llamas, cuya culminación tiene pendiente todavía, después de tantas tentativas, el codicilo narrativo de La bisabuela incorrupta . Antes recreó las leyendas del territorio de la memoria en Los falampos de la nieve (1985) y se encharcó en el relato histórico con Las lluvias del año mil , que publicó en folletón. También ha frecuentado el ensayo, con títulos como Padre Isla que estás en destierro (2003) y Las montañas de León en el Quijote de Cervantes (2010), que revelan un acercamiento oblicuo a los cánones del género.

En el número 18 de Claraboya (aparecido en las Navidades de 1967), Llamas publicó sus Baladas para una guerra fría . Quiso la casualidad que el ministro Fraga viniera aquella primavera a la Semana de la Trucha, y que para agasajarle, la Diputación le enviara al Hostal un lote con sus últimas novedades editoriales, de San Fructuoso a la revista de poesía que hacían aquellos chicos tan simpáticos. Entonces Fraga acababa de dotar a León con el mejor hotel a esta parte de los Pirineos, y la ciudad y sus autoridades le tenían la más alta consideración. Pero aquel regalo le envenenó los sueños.

Evidentemente, no fue un obsequio agradecido. Así que convocó de amanecida a los remitentes y les mostró airado la afrenta que inauguraba el número navideño de aquella revista. Un desplante en toda regla al alegre crepitar del Cara al sol . Además, los versos gallegos de Méndez Ferrín, de Uxío Novoneira, de Celso Emilio Ferreiro; la épica cubana de la revolución anterior a la crisis de Heberto Padilla y las irreverencias beatniks. Pero, sobre todo, el desgarro beligerante de Llamas congeló la vigilia del caporal de Villalba. De aquella pesadilla derivó la clausura de la revista.

ABEDUL CREPUSCULAR

Para salir adelante en la ciudad raposa, Llamas maquinó la aventura efímera de un negocio imposible, antes de recalar en Premiá de Mar, donde dio clases de conducir. Por allí estaba ya instalado Fierro, como ejecutivo del vermut, y poco después llegó el itinerante Agustín Delgado a explicar gramática en un instituto. Los funerales de Claraboya habían dejado al grupo inerme ante la irrupción novísima, que despegó un par de años después. Así que en la primavera de 1971 celebraron su ajuste de cuentas con el volumen de El Bardo titulado Equipo Claraboya. Teoría y poemas . Llamas repica en el libro, que presentó aquella Semana Santa en la biblioteca Berrueta Víctor de la Concha, los versos perseguidos de Baladas para una guerra fría .

En Barcelona, Llamas participa con Agustín Delgado en el lanzamiento de Camp de l’Arpa , otra aventura de Batlló. En las páginas de sus primeros números, que dirige el falangista embalsamado Juan Ramón Masoliver, dedica reseñas exigentes a libros de paisanos: los versos inesperados de Dibujo de figura , de Pereira; Celia muerde la manzana , la novela en clave de Mari Luz Melcón sobre las chicas del colegio de la Asunción, que fue accésit del premio Barral; Moira estuvo aquí , la historia policíaca de Torbado en Formentera. Testimonios de una fidelidad resistente a la distancia. Luego, el silencio, los retornos veraniegos a las jornadas de La Garandilla y el acecho de la nostalgia, hasta encontrar aposento hospitalario en la montaña de Cármenes.

Ya en casa, después del primer rescate parcial de su poesía varada, publicó en Endimión Llévame del mar (1992), donde recrea su fascinación mediterránea, y agrupa la reescritura de sus libros del siglo en el homérico Como las generaciones de las hojas 1963-1997 , que ve la luz en Provincia (1998), al cuidado de Ángel Fierro. Ruina montium (Los Libros del Oeste, 2000) y Armónica de cristal (Hontanar, 2009) recogen los ciclos posteriores de su obra. Desde 2010, tiene en la red la antología Abedul crepuscular . Ahora sus versos combinan el destello de la palabra con la lección de una moralidad aprendida en la naturaleza.

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