En medio de esa locura de dolor
paisajes de la metrópoli de la muerte Otto Dov Kulka Ed. Taurus, Madrid, 2013. 190 páginas.

El elemento omnipresente y que todo lo rige –escribe el autor checoslovaco en el capítulo 5- es la inmutable ley, completamente impersonal, de la Gran Muerte. En contraste con ella están los juegos más personales de la «pequeña muerte». Casi ausente –en verdad, completamente ausente- está otro elemento, que es bien conocido a raíz de las memorias y testimonios sobre la vida diaria en los campos de concentración. Me refiero a la violencia, a la crueldad, a la tortura, a los asesinatos individuales que, en la medida en que puedo interpretarlos –aunque por lo general evito leer estos textos-, son descritos como una rutina diaria en el mundo de estos campos».
El libro, realmente revelador y magnífico, se cierra con unos capítulos que, a través de sueños, suponen una verdadera y profunda reflexión, además de un Apéndice con la historia de este «campo de familia». De ahí que en sus páginas se presente una tensión «entre las imágenes de la memoria y la representación de la investigación histórica», profesión que ejerce Otto Dov Kulka, vocación que posiblemente nació en el campo de Auschwitz-Birkenau, al que llegó con 10 años –provenía del gueto de Theresienstad, a donde había sido enviado junto a su familia-, acompañado por su madre. Su padre ya había ingresado. Si conmovedora es la historia personal y la dura peripecia familiar, los poemas rescatados de una joven destinada a la ejecución pública dejan sin aliento.
Ya adulto, regresa a Auschwitz-Birkenau y ve, con la distancia del tiempo, este paisaje de desolación, «el lugar donde al parecer yo viví y he permanecido siempre, desde aquel día hasta este, y allí he quedado cautivo, como un preso a perpetuidad, amarrado y encadenado con cadenas que no pueden deshacerse».
Reflexivo siempre y sereno, las circunstancias tan adversas nos permiten, sin embargo, una hermosa lectura sobre «la masacre, la humillación y la tortura de aquellos seres humanos», cuya vida en el campo se alarga, en el recuerdo personal del protagonista, a los entretenimientos –había que conservar la salud mental de algún modo-, las relaciones, los personajes y otras circunstancias, aunque, eso sí, sin que en ningún momento dejen de estar presentes las escenas de dolor y de castigo. «La muerte –escribe- era un hecho básico, su dominio sobre cada persona no se ponía en duda».
El testimonio, en fin, extraordinario de un hombre que ha buceado en su pasado para entenderlo.