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El legado del nómada

MAÑANA SE CUMPLE EL 150 ANIVERSARIO DE GEORGE SANTAYANA, ESCRITOR Y FILÓSOFO ESPAÑOL QUE HIZO TODA SU OBRA EN INGLÉS. HACE POCO CELEBRÁBAMOS LOS 60 DE SU MUERTE EN ROMA, PORQUE ADEMÁS DE LÚCIDO FUE LONGEVO: «LA VIDA NO SE HA HECHO PARA CONTEMPLARLA, SINO PARA VIVIRLA». divergente

El filósofo y escritor George Santayana

El filósofo y escritor George Santayana

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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No es la única de sus frases célebres, legado de un ser inquieto que hizo de la filosofía su religión laica. Por eso abandonó la cátedra de Harvard «para vagar libremente, como un rinoceronte, por la llanura europea». Aquella despedida radical del esplendor universitario, cuando estaba a punto de cumplir el medio siglo, le permitió dedicar su tiempo a ver mundo y a elaborar la parte más valiosa de su obra, una vez desprendido de los compromisos académicos. Vivió en París, Oxford, Berlín y Roma, sin descuidar las visitas estivales a Ávila, donde conservaba la casa de su padre, en la plaza de Santa Ana. Su madre, viuda de un acaudalado comerciante de Boston, se volvió a casar con el padre de Jorge, un diplomático indolente a quien había conocido de joven en Filipinas. Pero la nueva relación no cuajó y a los pocos años la madre marchó a Boston con sus hijos americanos. Luego, les siguió el pequeño filósofo, mientras el padre permanecía varado en Ávila. Más tarde, su hermana Susana se casó con un hacendado abulense, bisabuelo de la modelo Inés Sastre.

DE ÁVILA A BOSTON

Al morir su madre, en 1912, decidió abandonar la cátedra de Harvard para atender su obra lejos del corsé académico. Su creación filosófica conjuga tradición y pragmatismo, fuentes clásicas y expresión moderna, en una síntesis fecunda del legado europeo y de la experiencia americana. Es un pensador comedido y discreto, que frecuentó todos los caminos que vinculan la reflexión con la literatura. Su escritura es brillante y abre en la filosofía un cauce expresivo fecundo, en cuya estela se inscribe una pensadora como María Zambrano. «Para una idea es de muy mal agüero estar de moda, pues eso implica que más adelante estará anticuada para siempre». También nos avisó de los riesgos del olvido: «Los que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo». Y de la miseria de andar por la vida con un corazón geográfico: «El nacionalismo es la indignidad de tener el alma controlada por la geografía». Una advertencia especialmente útil esta semana, cuando el gobierno catalán organiza en Barcelona su simposio «España contra Cataluña, una mirada histórica».

Vivió cuarenta años errante por Europa, donde encontró a sus alumnos americanos más brillantes, como TS Eliot, Gertrude Stein o Wallace Stevens e hizo sus primeras aproximaciones al mundo intelectual español, que siempre lo miró con recelo, porque hablando perfectamente nuestra lengua escribía en inglés. Ortega le reprocha los desplantes a sus maestros alemanes, cuyos excesos Santayana considera «pura barbarie». Pero será Revista de Occidente la publicación que primero dé noticia de su perfil, en un magnífico ensayo de Antonio Marichalar, marqués de Montesa, traductor de Joyce y tío del duque destronado. Marichalar abre su texto con la pregunta de Enríquez Ureña: ¿Por qué España, que con tanto empeño aspira a tener filósofos, no se entera de quién es Santayana? También D’Ors se extraña de la resistencia española «a informarse sobre Santayana, famoso escritor, famoso filósofo y nacido precisamente en Madrid». Con Unamuno tenía una relación más fluida y se cartean con frecuencia, aunque luego el rector se refiera a él como «ese protestante de Boston». Será Juan Ramón Jiménez quien se muestre más generoso con sus intuiciones poéticas, mientras Jorge Guillén lo visita en Roma para agradecerle la versión al inglés de uno de sus poemas. Después del aviso de Juan Ramón, su poesía tuvo que esperar medio siglo para ser publicada en español.

Materialista y ateo, vivió sus últimos once años en una habitación del Hospital de las Hermanas Azules, en Roma, hasta que una caída en las escaleras de la embajada precipitó su muerte. Ya estaba enfermo de cáncer y a punto de cumplir noventa años, pero ni siquiera entonces dejó de cumplimentar el papeleo para mantener su nacionalidad española. En aquellos años romanos bromeaba de que tanto él como el Papa recibían muchas visitas que no estaban obligados a devolver. Dejó de hacerlo cuando Max Eastman lo ridiculizó, propagando su discreta homosexualidad. Gore Vidal lo evoca en sus memorias con admiración y Edmund Wilson lo encuentra a la vez femenino y felino.

PERSONAS Y LUGARES

Su novela El último puritano (1935) es uno de los títulos clásicos de las letras americanas. La tradujo enseguida Ricardo Baeza, aunque los años de la guerra pospusieron su publicación hasta 1941, en Buenos Aires. Fue un éxito de ventas y de crítica, que no obtuvo el Pulitzer por carecer el autor de nacionalidad americana. Se inscribe en la órbita de ficciones intelectuales como La montaña mágica o En busca del tiempo perdido. Con un manejo singular de los resortes narrativos, critica la parálisis moral del puritanismo americano. La última edición en España fue de Edhasa, en 1981. Quizá la lectura de Santayana más atractiva y accesible sea su autobiografía Personas y lugares (Trotta, 2002), un texto delicioso que recoge la memoria vivaz de su trayectoria. Combina impresiones personales y reflexiones cargadas de sabiduría sobre la familia, la cultura, la universidad, la filosofía y la vida con sus renuncias. El desinterés editorial español contrasta con su vigencia internacional.

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