La novela de la Catedral
la cámara de san sisenando Francisco J. Martínez Carrión Arte y Comunicación Calatrava, Almagro, 2013. 134 pp.

Un tono de suspense, emoción, aventura y misterio preside la lectura de esta hermosa novela. Puesto en antecedentes el lector respecto a la posible reinterpretación de la leyenda del topo de la catedral de Oreto —un atractivo espacio mítico que, como tal, supera cualquier acotación local—, rápidamente entra el autor en el entramado narrativo. Don Gondemaro, director de la comisión de patrimonio histórico-artístico de la Catedral y de toda la diócesis de Oreto y máximo responsable del museo catedralicio, pide confesión. Su compañero de cabildo, Argilo, le había llamado para comunicarle que lo habían denunciado por el negocio de las vidrieras —una vidriera original— y el expolio del patrimonio religioso, en connivencia con Erik el Belga. Comenzada la investigación, el deán se dirige al cabildo: «Es posible —les dice— que alguno de ustedes conozca las actividades, digamos, irregulares de don Gondemaro; en cualquier caso sepan que nuestro compañero y miembro del cabildo me ha confesado que durante años, y abusando claramente de su puesto y de la confianza de todos nosotros, ha estado vendiendo parte del patrimonio artístico de la catedral y del museo a conocidos traficantes de arte…».
Aunque en documentos de los siglos XIII y XIV aparece claramente mencionada la Cámara de San Sisenando, bajo el ábside, «uno de los lugares más misteriosos, bellos y escondidos de la catedral», en la actualidad poco o nada se sabe de ella. Esto empuja a la profesora Ángela Fuertes y al periodista de El Oretano García de Padilla a iniciar una investigación que les conducirá precisamente, en una aventura a través del laberinto con rápida historia de amor incluida, hasta la Cámara. Lo que allí se encuentran forma parte de un final sorprendente que no desvelamos. Chantajes y componendas, pactos y silencios permitieron «acomodar los hechos a la conveniencia».
Con un sentido circular, la novela acaba donde empieza, final que añade otra desaparición misteriosa, la de don Gondemaro. Si el periodismo cuenta historias de la realidad —y lo sabe muy bien Martínez Carrión—, nadie pondrá en duda el hecho de que a veces sea necesario explicarla recurriendo a la ficción, con la carga crítica que se desprende contra la corrupción, aunque sea tamizada por el humor y la ironía.
Si es verdad, que lo es, a mi juicio, la particularidad del lenguaje periodístico, aquí se sustantiva en una certera agilidad y fluidez narrativa, con un ritmo rápido e intenso, fortalecido, además, por diálogos frecuentes y descripciones impresionistas. La trama narrativa se enriquece con la incorporación de historias de la realidad cercana, bien dosificadas e intercaladas en el desarrollo argumental. Una novela, en fin, para leer y disfrutar.