poesía
El Quevedo más obsceno y mordaz
Poesías picarescas Francisco de Quevedo Edición de R. Llopesa, Visor, col. Amaranta, Madrid, 2014. 306 pp.

Un campo fecundo de la poesía, de Grecia y Roma a nuestros días, es la poesía erótica en muy distintos grados, de la meramente sensual a la decididamente obscena. Muchos de los grandes poetas (Catulo, Marcial, Quevedo, Aretino, Moratín padre o Samaniego) cultivaron esta poesía atrevida y muchas veces satírica y mordaz. Oculta con frecuencia por una moral que recluye la actividad erótica a la alcoba matrimonial, la poesía de tal tipo suele estar aún falta de difusión, lecturas e interpretación. A su difusión colabora la colección Amaranta de Visor que ha publicado la Poesía licenciosa de Espronceda, la Oda a la vagina de Clovis Hughes o en el más puro impulso homosexual, Hombres de Verlaine. Ahora es Quevedo quien sube a la palestra con Poesías picarescas, con un subtítulo confundidor: Poesías satíricas inéditas. Satíricas sí, pero no inéditas, pues los 55 sonetos finales (la obra consta de 114 composiciones) fueron publicados en 1873 como Poesías picarescas inéditas. Hoy, por lo tanto, no lo son, aunque hayan alcanzado escasísima difusión. En cualquier caso se trata de uno de los más altos poetas de nuestra lengua, Quevedo, que, como es sabido, tuvo una vida turbulenta que en un momento aciago lo llevó a San Marcos de León, donde sufrió dura prisión; a un caballero de esta ciudad, la nuestra, le escribió: «Yo que soy el escándalo escribo a usted que es el ejemplo, y siendo tan diferentes, encaminamos a los otros a un mismo fin: yo, que nadie haga lo que yo he hecho, y usted en que todos hagan lo que hace».
El título de Poesías picarescas es de mayor amplitud que el de poesías eróticas; en todo caso destacan, como escribe el editor, por «la manera de encarar la realidad, sin tapujos ni dogmas morales». Como los demás poetas de su época, Quevedo privilegió el soneto. Noventa y tres contiene esta edición; las demás composiciones, veintiuna en total, son canciones, letrillas, romances y jácaras. Y ya sabemos: hipérboles, paradojas, dilogías, ironías, burlas, y el uso literario de la lengua de germanía o rufianesca de las jácaras, que alcanzaron gran popularidad en su época. La sátira se dirige contra casados y malcasados, cornudos, suegras, viudas, viejas, presumidas, engañadoras, médicos, adúlteras y los que las consienten, feas con afeites, celosos, viciosos, bujarrones, «la barata y alegre putería», etc. Todo promete, en fin, una lectura muy placentera.