Diario de León

avelino fierro escritor y fiscal de menores

«Leo con lápiz para sacarle punta a las líneas»

«El lenguaje jurídico es algo infumable, lleno de gerundios. La literatura, por contra, está en el subjuntivo»

Avelino Fierro presentó la semana pasada, en la Fundación Sierra Pambley, su libro junto al escritor Julio Llamazares y al editor Héctor Escobar

Avelino Fierro presentó la semana pasada, en la Fundación Sierra Pambley, su libro junto al escritor Julio Llamazares y al editor Héctor Escobar

Publicado por
Emilio Gancedo
León

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Va venciendo poco a poco el pudor que le inspiran los estrados literarios, y eso que a los otros, a los jurídicos, está más que habituado desde ese sitial suyo donde consta el venerable título de Fiscal de Menores de León. Inmenso lector de asombroso y exhaustivo bagaje literario, escritor afanoso nunca del todo satisfecho, han sido los fieles seguidores de su ‘Querido diario’ digital y los abundantes ánimos casi convertidos en órdenes los responsables de que haya acabado por alumbrar un libro donde condensa mucha de esa letra menuda, bien trabada, cultivada, enormemente evocadora. Su título, Una habitación en Europa.

—¿Para quién se escribe un diario? ¿Para uno mismo, para los amigos, para nadie en concreto y para todos a un tiempo?

—Hace unos días, ordenando la habitación de mi hija Marta, entre libros y cuadernos escolares, apareció un diario de color rosa, de esos que se siguen vendiendo en papelerías, y con un pequeño candado. Quizá sea ese el diario genuino, el diario íntimo, en el que quien escribe se escudriña a sí mismo o a los demás, pero no sale de ese ámbito. Una intimidad no disfrazada de literatura. Nada que ver con mi libro, en el que la primera frase anuncia una paradoja que, ahora que lo pienso, creo no haber visto antes en este género: «Este es un diario por encargo». Yo había escrito tres o cuatro cuentos sobre excursiones, comilonas o juergas con los amigos. Uno de ellos, Manuel Vicente González, escritor y editor, me animó a reunir algunos para hacer un librito. Y este libro se convirtió en un tira y afloja entre él y yo. Él me pedía que escribiera, y yo lo mandaba a paseo o le daba largas, o pedía a otros amigos que me echasen una mano. El libro es una miscelánea, hay un poco de todo y es una obra coral. Pero este tipo de diarios se escribe para los demás. También para uno mismo, claro, para repensar la realidad, o para buscar algo que nos falta, o, como leí a Marta Sanz, hablando de la cultura del 15-M, porque te sirve como herramienta crítica para ver, pensar y actuar de otra manera, una lente de aumento o metafórico adoquín contra el escaparate.

—¿Cómo definiría a los personajes que deambulan por las calles frías y crepusculares de tu libro?

—Para el día de la presentación del libro escribí unos folios de agradecimiento, un poco a la manera del Poema de los dones de Borges. Les daba las gracias a muchos de mis amigos por poner sus vidas al lado de la mía, por ayudarme a escribir. Son algunos de los personajes provincianos que recorren el libro, las noches de la ciudad, como sonámbulos iluminados o personajes legendarios, como los flâneurs de W. Benjamin. No son personajes de novela, porque el libro es un diario y un diario está anclado a la realidad, pero a veces son símbolos en un paisaje urbano reinventado. Sobre esto ha escrito Luis Mateo Díez en Orillas de la ficción .

Y Julio Llamazares, en la presentación del libro, recordó una anécdota, vino a poner un ejemplo sobre esto. En una de las novelas de Luis Mateo aparecen en la noche dos personajes dando tumbos, Avelino y Llamazares, los de la Sindical. Dijo que siempre olvidaba preguntarle si éramos nosotros. Al final, da igual diario que novela, puedes también en un diario desenfocar la realidad y hacer que tus personajes leviten como el Kosciejny de los cuentos del escritor polaco Stasiuk. La literatura todo lo puede.

—Desde bien pequeño leyó compulsivamente, se suscribió a revistas de todo tipo...

—Ya digo en la solapa que es el libro de un lector agradecido. Si escribo es porque leo. También digo que escribo diarios porque no tengo más remedio, porque no me creo capaz de fabular historias o escribir poesía, aunque parece que no me resigno y hago intentos modestos en el diario con dos o tres cuentos y algún esbozo de poema. Y es cierto lo que dices: el libro se sostiene más que por lo que yo escribo, por el aliento de lo que escriben los demás. Está repleto de citas, escribo renqueante, tan lleno de dudas que si no me apoyase en las muletas de los escritores ‘de verdad’, de los maestros disfrutados y leídos, esto no habría salido adelante. Y no soy tan lector. Soy un lector con muchas lagunas, con muchos clásicos pendientes… Entre nosotros: Proust, Dostoiewsky, casi todo Balzac, La montaña mágica …

—¿Es buen aconsejador de libros? ¿Ha atendido las sugerencias de buenos consejeros?

—De pequeño leía lo que encontraba por casa o los tebeos, al no tener a nadie que me aconsejase (ni siquiera recuerdo algún maestro o profesor, que en eso son fundamentales). Recuerdo que empecé a disfrutar mucho a los nueve o diez años con los libros de Guillermo Brown y los proscritos. Con quince o dieciséis empecé a tener vicio lector y coleccionista. Tengo muchas revistas culturales y de teoría política de la época, quería saberlo y tenerlo todo. Me gastaba las pesetas en el kiosko de Miguel, en La Rúa, que me fiaba, y esperaba que llegase la propina de los hermanos de mi madre. Y luego pasé a Pisa, la librería de Juan Carlos Uriarte en el barrio italiano, y allí los libros se me hicieron los zalameros, me treparon por la espalda, se pusieron por montera y me han acompañado siempre.

Estoy pendiente —pero mucho menos que antes, en que me aprendía los catálogos de las editoriales de memoria— de las novedades, pero casi siempre las dejo pasar. Creo que el único que compré sin esperar demasiado fue El nombre de la rosa , de Umberto Eco, del que ya había leído sus escritos sobre el estructuralismo, la semiótica, o la cultura de masas. Y no hago planes para la lectura. A veces, como en estos días, me encuentro leyendo por azar el diario del París de posguerra de Malaparte y Mis amigos de Enmanuel Bové, y eso me ha hecho apartar y poner a la cola el de Chaves Nogales, La agonía de Francia . Y leo con lápiz. Será, digo yo, para sacarle más punta a lo que leo. Y traspaso algunas notas a un cuadernillo, un cuaderno de citas, eso que los ingleses llaman commonplace book . Es distinto de la libreta del escritor, que no tengo. Algunas veces pido un boli en un bar para escribir cualquier ocurrencia en una servilleta, pero no sé qué pasa, vuela, se pierde, no suele llegar a la mesa en la que escribo.

—¿Ha influido en su depuradísimo estilo el hecho de desempeñar una labor jurídica? ¿Se lanza en brazos de la literatura como buscando alivio después de bregar con la dureza del lenguaje legal?

—Eso del ‘depuradísimo estilo’ no sé de dónde lo sacas. A versi en otra ocasión me echas una mano y me concretas algo más, que sé que eres buen lector. Porque no sé qué es el estilo. Ya sabes que Baroja citaba la frase de Buffon, «el estilo es el hombre», pero si hay un escritor desaliñado, sin estilo, es Baroja. Él decía que era meterse en mojigangas místicas o mistagógicas. Quien le dio muchas vueltas al asunto fue Flaubert, era algo que le atormentaba y le hacía subir la fiebre por las noches.

A mí me gusta más hablar de lo que Baroja llamaba el «fondo sentimental» del escritor, en el que fermentan los buenos o malos instintos, sus recuerdos, sus éxitos o fracasos, que viene a ser como la arcilla con la que hacen sus muñecos o la tela de las bambalinas de sus escenarios. Y también hablar del tono. El estilo puede estar bien, es algo que puede trabajarse y hasta aprenderse, pero el tono puede ser inadecuado. Quizá no debería decirlo, pero no estoy muy convencido del libro; según soy de dubitativo lo habría reescrito entero. Por eso no he querido releerlo antes de publicarlo. Nada de eso se encuentra en el lenguaje jurídico, algo infumable y lleno de gerundios. La literatura, las acciones dudosas o deseadas están en el subjuntivo.

Es cierto que mi trabajo como funcionario me tiene a pie de obra de la realidad, ver a diario a críos o familias descontroladas, por decirlo suavemente, te amarra al suelo. Y te puede quemar. Pero lo jurídico no da más que para noveluchas o anecdotario a lo Vizcaíno Casas. Ni escribo ni leo sobre ello. Bueno, miento. Leí, recomendado por Paco Gómez, el Crímenes de un abogado penalista alemán. Aunque, bien pensado, puede que no sea del todo cierto que el lenguaje jurídico no sirve para nada: Tenemos desde hace años un par de tomos del B.O.E. apuntalando el somier.

—¿Quiénes son los habitantes de esta habitación europea?

—El libro está dividido en diversos capítulos o diarios. Uno de ellos se titula Diario de los nombres , en el que gloso y agradezco la escritura de algunos maestros. Ahí vienen los siguientes por orden de rigurosa aparición: Azúa, Zagajewski, Stasiuk, Brodsky, Camba, Tranströmer, Johnson, Zweig, literatura de Internet (en plan crítico y jocoso), Auden, González Ruano, Borges, Pla, D’Ors, Steiner, Elie Faure y Ferlosio. ¿Qué añadiría? Muchos, sobre todo poetas (Biedma, Machado…); pero si queremos algún raro, un poco olvidado, yo metería los diarios de Julien Gracq.

—¿Qué cree que diferencia la vida de la persona que lee de la que no lo hace? 

—Gil de Biedma tiene en un libro de ensayos un artículo titulado De mi antiguo comercio con los héroes , que trata de la nostalgia de las lecturas de la adolescencia. Ese texto acaba con una hermosa frase, que luego yo he visto en uno de sus poemas, sobre la decepción y la renuncia cuando el lector se hace mayor: «El hombre se venga de sus sueños corrompiéndolos». Los críticos mezclan varios estratos, textual, metaliterario, ideológico… asignados a cada lector para constituir la urdimbre lectora. Pero lo mejor va a ser recomendar un librito precioso editado en Acantilado, ¿Para qué sirve la literatura? , de Compagnon, que es su lección inaugural en el Collège de France. Recorre desde la definición clásica del placere et docere , pasando por la romántica de la literatura como instrumento de justicia y tolerancia, hasta la moderna de la superación del lenguaje común, de dar un sentido más puro a las palabras de la tribu. Constata que el hombre culto vive mejor, que la literatura contribuye a la vida buena. Bloom, en una frase que cito a menudo, dice que sólo la lectura atenta proporciona y desarrolla una personalidad autónoma.

—Elija un párrafo del libro, el que prefiera. Quizá consigamos unos cuantos lectores más para ‘Una habitación en Europa’...

—«Ahora está acercándose el invierno. Los chopos de las vías adelgazaron su ropaje, aunque desde mi ventana pueden confundirme los estorninos que los habitan a miles y que antes de abandonarlos parecen ser también sus hojas. Pero hojas muertas, negras, calcinadas. ¿Cómo se ponen de acuerdo? ¿Quién de ellos grita o toca el clarín de despegue en formación? Es una maravilla: llevo días absorto con sus movimientos tan acordados».     

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