Diario de León

el territorio del nómada |

La llama de la derrota

AVELINO HERNÁNDEZ LUCAS (1944-2003) FUE UN TIPO CORDIAL Y GENEROSO, FORJADO EN MILITANCIAS UTÓPICAS, QUE ANTES DE RETIRARSE A SU ISLA LITERARIA SALDÓ LOS PEAJES DEL COMPROMISO Y DEL CORAZÓN. ESTE SEPTIEMBRE CUMPLÍA SETENTA AÑOS. divergente

Una imagen de un joven Avelino Hernández

Una imagen de un joven Avelino Hernández

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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Avelino Hernández colocó el epitafio de camposanto de pueblos al picón soriano de las Tierras Altas, porque en su espacio reposan más de cuarenta núcleos abandonados. Una leyenda explica el inicio de aquella desolación. En ese territorio se refugiaron los arévacos acosados por Roma después de la caída de Numancia. Gente briosa y emprendedora. A comienzos del siglo diecisiete, la sierra albergaba más de tres millones y medio de ovejas y fue entonces cuando los primeros lectores de El Quijote conocieron el desdichado encuentro entre el hidalgo manchego y unos desalmados yangüeses. Durante la Guerra de Independencia, las merinas serranas sirvieron de alimento a las tropas, mientras los pastores castraban a los moruecos para evitar que el invasor les robara la raza. Los ilustrados quisieron sacar a la sierra de aquel declive ganadero mediante la ilusa pretensión fisiocrática de convertir a los pastores en labriegos. Pero la roturación y siembra de aquellos barrancos resultó de escaso provecho. Entonces sucedió el derrumbe que dibuja La Sierra del Alba (1989), uno de sus libros esenciales.

SIN PARTIDO Y SIN BANDERA

Avelino nació en Valdegeña (Soria) y murió en Selva (Mallorca), pero la parte nuclear de su obra literaria lo vincula con su tierra y con el pueblo de su infancia. Como tantos niños rurales, estudió en internados hasta cantar misa en 1967. Luego, la experiencia como cura obrero lo derivó hacia la militancia antifranquista en la Organización Revolucionaria de Trabajadores. Detenido en 1970, pasó por la cárcel y a su salida conoció a Teresa Ordinas, su compañera de siempre, incorporándose a la dirección de aquel partido maoísta. Servicio militar bajo sospecha en Jaca y estancias en Sevilla y Barcelona antes del batacazo electoral reiterado de 1977 y 1979, que lo dejó sin partido y sin bandera. Aranjuez y Valladolid fueron sus destinos sucesivos, implicado ahora en iniciativas de promoción cultural. Nos presentó en Madrid Ricardo Cantalapiedra, mientras él ponía en marcha el Tren de la Fresa a Aranjuez. Entonces andaba desbordado de proyectos. Publica Una vez había un pueblo (1981) y Donde la Vieja Castilla se acaba (1982). Dos expresivos testimonios del mundo rural en derrota. También adaptó para los chavales la historia y sucedidos de la villa regia. Luego me llamó a León un día del verano de 1983 para la aventura de poner en marcha la nueva administración cultural autonómica. De su mano vine a Valladolid y en su casa de Valdestillas, asomada al Adaja, pasé mis días de pupilaje, hasta la primera nómina. Recuerdo la fragancia de las manzanas que traía del huerto familiar de Valdegeña. Estuvo en la fundación de la autonomía y cotizó en el empeño obras que son clave para entender aquellas brumas. Sus incitaciones para configurar la nueva estatura comunitaria, los pellizcos a las esfinges culturales más acomodaticias, aquellas expediciones al descubrimiento de nuestras latitudes más hermosas e inadvertidas. Fue un tramo rico en aventura pero efímero. Queda su testimonio en libros sobre los que da gusto volver, porque albergan un espíritu dadivoso y volcado hacia los demás: Aún queda sol en las bardas (1984) y los trancos de su viaje compartido al Aliste zamorano: Crónicas del poniente castellano (1985). Títulos en los que conviven itinerarios y meditaciones, lamentos y esperanzas, duelos y horizontes. Incluso en esta etapa de su obra, que fue en tantos aspectos tributaria de una apuesta regeneradora, no falta nunca el atisbo irónico, el vuelo de la imaginación, esa rara destreza para corporeizar los viejos mitos. Abandonó pronto para entregarse a nuevas aventuras colectivas bajo el signo de la redención por la cultura.

FASCINADO POR ANCARES

Los programas ministeriales y de la Universidad Rural Europea para activar Ancares y otras zonas de montaña en regresión conviven en ese tramo con la secuencia de sus libros juveniles y con sucesivos señuelos para atraernos a Soria. Silvestrito (1986), La historia de San Kildán (Premio Miguel Delibes, 1986) y La Sierra del Alba (1989) son sus hitos de ese trecho. Campodelagua (1990) funda y cartografía un territorio literario recurrente, surgido de la fascinación de su descubrimiento de Ancares, que también incorpora sus tierras sorianas y la junta de las aguas del Adaja con el Duero. El Aquilinón (1993) convoca con joviales humoradas un anecdotario poblado de guiños y amigos. En 1996 se va a vivir a Mallorca, donde se entrega a la escritura. Una casa en la orilla de un río (1998) evoca sus tiempos felices de Valdestillas, aquel recinto fluvial cabe el Adaja. Los hijos de Jonás (2001) funde viejas historias ancaresas con leyendas como la del caimán del obispo de Berlanga, víctima de su codicia de doncellas. El desgarro de La señora Lubomirska regresa a Polonia (2003), sobre los supervivientes del nazismo, pertenece a la vecindad del universo. Títulos que marcan su madurez narrativa, un relato de celebración de la amistad, de fusión de historias vernáculas y fábulas universales. Ya póstumo se publicó Mientras cenan en casa los amigos (2005), racimo de relatos trenzado al amor de la tertulia.

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