Diario de León

Pérez Reverte, entre perros e hijos de perra

l El escritor reúne en un libro una veintena de textos ‘caninos’. Filandó n Ningún ser humano vale lo que un buen perro», escribe elogiando «la lealtad, el coraje y la nobleza de los perros» en un nuevo libro que titula a caballo entre la ira y la ternura

El escritor y académico Arturo Pérez Reverte

El escritor y académico Arturo Pérez Reverte

Publicado por
miguel lorenci
León

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D urante la mitad de mi vida conviví con perros y de ellos he aprendido mucho de cuanto sé, o creo saber, sobre las palabras amor, desinterés y lealtad». La pluma de Arturo Pérez-Reverte, a menudo tan afilada como la espada de su capitán Alatristre, vuelve a repartir caricias y mandobles en Perros e hijos de perra (Alfaguara). El escritor, articulista y académico reúne en este libro una veintena de textos en los que muestra su respeto y gratitud por «la lealtad, el coraje y la nobleza de los perros». Virtudes caninas que contrastan con la animadversión que le genera la «ruin y miserable condición humana» que a menudo exhiben sus amos . «He tenido cinco perros. No hay compañía más silenciosa y grata. No hay lealtad tan conmovedora como la de sus ojos atentos, sus lengüetazos y su trufa próxima y húmeda», escribe Pérez-Reverte en esta antología perruna que reúne textos muy variopintos. Escritos entre 1992 y 2014, están ilustrados por Augusto Ferrer-Dalmau, afamado «pintor de batallas».

Duro, implacable e iracundo a menudo en sus artículos, en estos textos «caninos» emerge el Pérez-Reverte más tierno y afable, el que agradece y devuelve a los animales con los que ha convivido o tratado la misma fidelidad y cariño recibido de ellos, pero sin dejar de dar leña a algunos de sus dueños que desconocen las palabra «amor, desinterés y lealtad». «Ningún ser humano vale lo que un buen perro. Cuando desaparece un perro noble y valiente, el mundo se torna más oscuro. Más triste y más sucio», escribe «No existe mejor alivio para la melancolía y la soledad que su compañía fiel, la seguridad de que moriría por ti, sacrificándose por una caricia o una palabra. Nada tan asombroso como la extrema perspicacia de un perro inteligente», dice en los mismos términos elogiosos con los que Cervantes y Jack London se refieren a los perros en las citas de El coloquio de los perros y La llamada de lo salvaje que abren el libro.

Por esta galería de canes desfilan perros de presa educados para pelear; un chucho mexicano tuerto y digno, como Sami, «a medio camino entre un zorrillo y un pastor alemán, con un toque chusma, misántropo y poco sociable»; el Fila brasileño, «que no era un asesino»; Jenny y Boxer, «las valientes mascotas de la Brigada Ligera», o el chucho español, «flaco y bastardo» del cuadro de Ferrer-Dalmau. También Sherlock, el teckel de «pelo fuerte y sólidos silencios» que cruza su mirada con la del lector en la portada, o Sombra, el labrador negro que recibía a Pérez-Reverte con cabriolas y el rabo alborotado a su regreso de ‘territorio comanche’ .

Son algunos de los protagonistas de estas apasionadas glosas caninas que basculan entre la admiración por los fieles animales hasta la indignación ante quienes les torturan, maltratan o abandonan. Historias que espeluznan o mueven al llanto, como la del perro que aguarda a su amo en la puerta del hospital donde murió, o el que en pleno fragor bélico en la extinta Yugoslavia, defiende a la mujer que los serbios violan ante la pasividad de sus vecinos para acabar muerto a tiros por los violadores. Ira Truena de ira Pérez Reverte cuando habla de perros abandonado en las cunetas, de galgos colgados de una soga o de animales carcomidos por la sarna, el terror y las heridas tras su abandono, cuando han dejado de ser los cachorros que entretenían a unos peques a los que nadie enseñó a responsabilizarse del perrito. «Al abuelo se le mete en un asilo y al perro se lo lleva a un paraje lejano, se abre la puerta y se le dice sal», se duele el escritor.

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