Diario de León

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El purgatorio del maestro

EN LAS NAVIDADES DE 1942, EL ARTISTA DEMETRIO MONTESERÍN ENCAJÓ PACIENTEMENTE CÓMO UN BERRUETA DESMANDADO DESGRANABA LA CATARATA DE TÓPICOS QUE PUEDEN ESPERARSE DE UN QUÍMICO SOBERBIO EN TIEMPOS MEZQUINOS. ERA LA EXPIACIÓN PROVINCIANA DEL MUNDANO DE PARÍS. divergente

Demetrio Monteserín, retratado por Sotomayor

Demetrio Monteserín, retratado por Sotomayor

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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E l pintor Demetrio Monteserín (1876-1958) recaló en la capital después de la guerra, con el desgarro candente de la pérdida de su hija, una de las princesas del martirio de Somiedo. Concha Espina acababa de recrear, todavía en el estruendo bélico, la tragedia de las tres «rosas del erío leonés»: Olga Monteserín, Octavia Iglesias y Pilar Gullón. Nacido en Villafranca del Bierzo, había estudiado el bachillerato en León y Bellas Artes en Madrid, donde participa en el deleite de la almoneda modernista, compartiendo devaneos con el joven Eugenio D’Ors. Cansinos, en su cartografía de aquellos días, nos lo muestra pujante con Penagos, dando envidia a los artistas más humildes. Entonces hace ilustraciones para las revistas lujosas del dispendioso Francisco Villaespesa, como Ibérica o Renacimiento latino. También para Blanco y Negro o La Esfera.

LAS DAMAS DE LA RULETA

Luego se va a Montmartre, desde donde calibra el callejero de París, y con el buen tiempo baja hasta Niza y otros lugares de la Costa Azul, donde le gusta asomarse al profuso jardín que tiene Blasco Ibáñez en Mentón. En estas temporadas estivales hace caja con los retratos a las bellezas de la ruleta de Montecarlo. Ya en 1907 se casa en Astorga con Carmen Núñez Goy y regresa a París, donde consolida su perfil de pintor de la alta sociedad. Una temporada en Madrid, para facturar los murales del Teatro Odeón y del palacio de los Besada, le acerca a Astorga, que ya será el centro de sus expediciones. Aquí dibuja portadas para los libros de jóvenes amigos, como Menas Alonso, y coetáneos como Félix Cuquerella, a la vez que va apresando el espíritu de la cultura popular maragata. Su alma dispersa de artista viajero se orienta ahora hacia la pintura regionalista, un género en el que adquiere notoriedad nacional. En esa clave, toca todos los palos, desde el paisaje al paisanaje, y se acerca con mimo al pálpito de las costumbres más sentidas. La muerte de su hija Olga, nacida en París, durante los primeros enfrentamientos de la guerra, será un golpe muy duro, que le cercena sus viejas alas de cóndor, escondidas para siempre bajo la silueta parisina. Son tiempos acerados para todos, que Monteserín vive con especial virulencia.

REPLIEGUE PROVINCIANO

Luego, para empadronarse en la provincia, tuvo que escuchar, en expiación dolorosa, cómo un Mariano Berrueta desmandado iba desgranando los tópicos que pueden esperarse de un químico soberbio en tiempos mezquinos. León no es frío, le dice, pero sólo responde y además procerescamente cuando se le sabe preguntar, como lo hace su centenar de cuadros en la exposición que iluminó aquellas Navidades de 1942. Y luego desbarra: «No se puede pintar pensando en la luna. Hay que pintar cosas que sepamos lo que son. Monteserín llamó mamarrachos en París a los cubistas por no pintar las cosas como son». Terrible trago para un artista en retirada, que acaba de enterrar a su hija abatida por la violencia de la guerra, mientras va calibrando la dimensión de sus renuncias. Monteserín se recogía de su aventura europea y en la muestra del Palacio de los Guzmanes ofrenda a la ciudad obra de París, Túnez, Florencia, Rumanía, Suiza, Montecarlo, Sicilia, Coimbra, la Costa Azul, Lisboa, Sintra, Roma, El Bierzo y mucha Maragatería. Un lote recrea los iconos más celebrados de Santa Gadea del Cid, el pueblo azoriniano de Burgos, con el colegio del Espino y la escondida portada del monasterio de Obarenes en sus alrededores.

MAGISTERIO LEONÉS

Pero Berrueta le demanda imperativo que pinte cosas leonesas. Y los miembros de la comisión organizadora enseguida concretan el pedido: historias, muchachas del campo, minas, yedras, tipos y nombres, como la Pícara Justina. Monteserín pasaba un momento de graves afecciones cordiales que incluso puso en peligro su supervivencia. Pero sus nuevos patrocinadores no cejan en la encomienda: «Nuestro Romancero y lo que pueda (si es que logra unos cuantos años más de vida) de nuestra Iconografía Leonesa». Todo esto y unas cuantas miserias más tuvo que digerir el artista descarriado para ser recibido en el universo de los grises. Venía de las audacias del siglo y acabó recogido en la provincia, entregado a la rutina de las clases y estirando el repertorio de sus recursos estéticos. Después de la antológica de los cuarenta, expuso en los Guzmanes y en Madrid otras cuantas veces, con cuadros crecientemente insertos en el tipismo leonés, mientras trasladaba a sus alumnos con amor y pedagogía un panel de vivencias fascinantes, alejadas de aquel escenario agobiado de la provincia.

En sus décadas finales en León practicó de corrido todas las suertes del regionalismo pictórico, desde el retrato a los cuadros de historia pasando por los paisajes provinciales y las escenas costumbristas. La Diputación le encargó sucesivos episodios en gran formato de la historia medieval leonesa. A esas alturas, Monteserín ya sabía bien cómo y cuándo convenía poner en un cuadro el poso de su alma impresionista, que a veces ilustra la vertiente más adocenada de su arte. En su estudio, repleto de cretonas y antiguallas, supo estimular el arte sobresaliente de Modesto Llamas, la destreza de Antonio Redondo y la belleza sorprendente de Pilar Fernández Labrador, luego poetisa y concejal en Salamanca.

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