Diario de León

El ‘boom’ de la literatura que no se lee

l ‘León tras las sebes de un ayer’ ratifica el creciente interés por la recuperación de la memoria visual. Filandón «¿Cómo es posible que alguien en su sano juicio permitiera que se tirasen las casitas de Santa Ana?» Casi todas las comarcas se han lanzado a una carrera por recuperar la mayor parte de su memoria visual desde recopilaciones de imágenes de un pueblo o comarca al rescate de fotos que dan cuenta de oficios y lugares perdidos, los libros visuales viven su propia edad dorada

Arriba a la izquierda, calle de la Catedral, actual calle Ancha, en una foto de Germán Gracia de 1905. A la derecha, escena popular frente a San Marcos en una foto coloreada de 1900. Y debajo, el Puente de los Leones visto por Winocio Testera, entre 1900

Arriba a la izquierda, calle de la Catedral, actual calle Ancha, en una foto de Germán Gracia de 1905. A la derecha, escena popular frente a San Marcos en una foto coloreada de 1900. Y debajo, el Puente de los Leones visto por Winocio Testera, entre 1900

Publicado por
emilio gancedo
León

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S iento ternura y a la vez admiración al repasar estas fotos... Ellos están ahí, a veces mirándonos, a veces embelesados en sus quehaceres, y creo que su mérito es infinitamente mayor que el nuestro. Creo que la ciudad que tenemos se la debemos a ellos, aunque, para su desgracia y la nuestra, fallaron los dirigentes de cada momento, que se empeñaron una y otra vez en arruinar su historia». Quien así habla es Gregorio Fernández Castañón, escritor, editor independiente de pulcro y casi obsesivo afán, y tenaz perseguidor de documentos e imágenes antiguas. Y también el responsable de un título que constituye el último exponente de esa acentuada tendencia bibliográfica basada en la imagen, y más concretamente en la imagen del recuerdo, de los paisajes perdidos, de los oficios disueltos, de los rostros despedidos, León tras las sebes de un ayer .

Un ambicioso proyecto que surgió, como recuerda Fernández Castañón, «revolviendo». «Sí, sí, no es broma. Revolviendo en mi archivo particular, de pronto me di cuenta de que disponía de una colección de fotografías del viejo León la mar de interesante, por lo que rápidamente me hice la siguiente pregunta: ‘¿Para qué sirve este tesoro si solo lo disfruto yo?’ Días después de aquel reencuentro valoré la posibilidad de complementar otra de mis propuestas, tiempo atrás meditada: hacer el libro ‘grande’ del proyecto anual Camparredonda , y como todo encajaba, me puse a trabajar con ahínco».

Las hoy avenidas antaño paseos entre huertos; una ribera del Bernesga sin ajardinar, puro morrillo y sotobosque; casonas de adobe y corral; paisanada de gorra y manteo, rincones y monumentos incólumes... «Creo que este libro ofrece un reencuentro con el León desaparecido, con el gran pueblo que fue en todos los sentidos y con la gente que en él vivía: sin prisas; dando valor a lo sencillo, a lo cotidiano; sin hacer desprecio alguno a sus huertas, animales o arroyos pero, al mismo tiempo, conviviendo con el futuro (el ferrocarril, los coches, los grandes edificios…)», reflexiona Fernández Castañón, artífice de esa ‘factoría’ Camparredonda que cada año saca a la luz una revista cultural, facsímiles relacionados con temas leoneses y libros editados con primor a la manera de los viejos códices o misales.

«Y todo ello, reunido en un escenario gris con variaciones al color sepia —continúa—, trae recuerdos, muy buenos recuerdos a muchos lectores y ha hecho abrir los ojos a los más jóvenes que, al parecer, han descubierto en este libro el León que se perdió: esos edificios meritorios como el Instituto General y Técnico o, por citar otro más, la Torre de Almanzor».

A la nostalgia se une, en determinadas y flagrantes ocasiones, la indignación: «Mira, cada vez que paseo por el Barrio de Santa Ana y no veo aquellas casitas con sus soportales, siento que mi corazón se comprime. ¿Cómo es posible que alguien en su sano juicio permitiera que la piqueta actuara en un barrio que hoy sería la envidia de medio mundo? ¿Cómo es posible que hayan desaparecido edificaciones señeras y en su lugar se hayan plantado unos feísimos ‘rascacielos’?». Un clamor escuchado desde hace tiempo en numerosos foros pero que no parecen bastar para enmendar el error... ni para exigir responsabilidad alguna.

«Mi libro es un buen ejemplo de aquellas atrocidades y por eso, al mirar y ver a los personajes que nos observan delante, detrás o encima de un asno o de un carro, a las lavanderas, a las aguadoras, a los soldados, a los serenos…, siento al mismo tiempo tristeza. Lo que percibo es una falta total de respeto por lo que fueron, representaron, mantuvieron y por lo que también crearon con tanto esfuerzo», mantiene, inflexible, Castañón.

‘Amenaza electrónica’

Ante la pregunta de por qué razón, a su juicio, asistimos a esta curiosa proliferación de volúmenes de fotografías antiguas, el también autor de títulos de creación como Ríos de pasión y fuego o Bajo el poder de las piedras responde, «sinceramente», no saberlo. «Lo que sí puedo asegurar en mi caso es que quería hacer un libro que, con el tiempo, fuera capaz de mantener su valor por lo que es y por lo que representa su componente básico: el papel. Quiero decir que mis pretensiones siguen siendo que el libro de siempre permanezca ante las continuas amenazas de un libro electrónico ?cada vez más cercano. Por eso, junto a las 256 fotografías, quise incluir esos pequeños detalles que, espero, le fortalezcan en esa lucha: el desplegable, el facsímil y la tarjeta manuscrita. En definitiva: un libro de fotografías, para mí, es un buen instrumento para luchar contra esa ‘amenaza’. Por eso lo hice».

Pero la literatura ‘que no se lee’ adquiere formas muy diversas. En este sentido destaca una obra singular, Afluentes del Curueño (Morandi) de Jesús Díez, en la que el poeta y narrador de Sopeña ha reunido imágenes tremendamente sugerentes de paisanos de ese icónico valle leonés. Sin remontarse tan atrás como el libro de Castañón, rostros, manos y arrugas retratados en su ‘hábitat’ desde hace al menos treinta años cuentan al lector historias de laboreo y privaciones, de una cultura campesina ahora casi volatilizada... sin emplear una sola letra, sólo mostrándose en su sencillez y en su dignidad.

Y regresando al mundo de la fotografía antigua, de la que da cuenta de la vida cotidiana a lo largo de casi todo el siglo XX, resaltan numerosos trabajos en diferentes comarcas, tales como La Cepeda en blanco y negro , aparecido el pasado verano; los libros sobre la Montaña Occidental auspiciados por el Club Xeitu y Piélago del Moro, de calidad extraordinaria (la serie Imágenes en la memoria , entre otras); y la producción de la editorial Lobo Sapiens, una de cuyas colecciones está íntegramente dirigida a rescatar la memoria visual de los pueblos de León, sobre todo de zonas más orilladas: vega del Esla y los Oteros, la cuenca de Sabero, Payuelos, el Páramo, las riberas del Tuerto y el Órbigo, la Valduerna, la Valdería... y así hasta alcanzar la cuarentena de títulos.

«Hoy no hay pueblo, y casi ni vecino, que no disponga de su escaparate virtual», reflexionaba su responsable, José Antonio Martínez Reñones. «Las fotografías viejas o recientes constituyen ante todo una manera de identificarse, de generar vínculos colectivos... Y de ahí procede ese retrogusto fotográfico que vivimos», concluyó el editor.

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