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La estela del hedonista
DESDE HACE UN CUARTO DE SIGLO, LAS CENIZAS DE JAIME GIL DE BIEDMA (1929-1990), REPOSAN EN EL PANTEÓN FAMILIAR DE NAVA DE LA ASUNCIÓN, EN LA CAMPIÑA SEGOVIANA. SU POESÍA NO FUE LA MÁS EXQUISITA DEL GRUPO, PERO SÍ LA MÁS INTENSA E INFLUYENTE. DE SU ECO SURGE LA POESÍA DE LA EXPERIENCIA. divergente

Un jovencísimo Jaime Gil de Biedma
L a obra poética breve y depurada de Gil de Biedma gira en torno a una idea recurrente y obsesiva, que domina tanto su recorrido vital como sus recreaciones literarias. El paso del tiempo, cuya cadencia convierte en inútil cualquier esfuerzo, porque nada conseguirá detener su marcha. Precisamente por eso el poeta se obstina en desvelar su verdad moral, anotando la propia peripecia a partir de un ejercicio de memoria nostálgico y desengañado. Gil de Biedma contempla su historia personal con irónica conciencia de la fugacidad. Describe su desarrollo moral y su compromiso en Compañeros de viaje (1959), muestra su perfil más íntimo en Moralidades (1966), donde conjuga erotismo y guiños políticos, y acoge el abatimiento del fin de la juventud en Poemas póstumos (1969).
FULGOR SOMBRÍO
A lo largo de una década, estos tres libros reúnen algunos de los mejores poemas de su generación. Con la elegancia de un lenguaje accesible y compartido, que nombra lo esencial sin malograr su secreto. En la onda coloquial que incorpora jugosos bucles irónicos. La grandeza de Gil de Biedma radica en su opción por la lucidez, frente a los excesos más o menos gratuitos de su época. Cuando ya da su obra por culminada, reúne sus versos en estrictas antologías: Colección particular (1969) y Las personas del verbo (1975). Diez años antes había decantado sus poemas eróticos En favor de Venus (1965). También ejerció la crítica literaria con solvente complicidad, que resume su libro Al pie de la letra (1980). Diario del artista seriamente enfermo (1974) anticipa, a la muerte de su padre, a quien va dedicado, las anotaciones referidas a viajes, lecturas y pasiones que el autor escribe recluido en Nava de la Asunción, mientras se recupera de una grave dolencia. La edición completa de estos diarios sólo verá la luz póstumamente: Retrato del artista en 1956. En 2010, Poesía y prosa reúne su obra completa, quedando ya sólo pendiente un supuesto diario de 1978.
En cambio, su mano en el gobierno de los sucesivos cánones poéticos facturados por Castellet, a menudo rozó la extravagancia. Por ejemplo, al maltratar la poesía de Juan Ramón como entretenimiento de señorito de casino rural. También fue monitor de los Novísimos y padrino de la Poesía de la Experiencia, a cuyo amparo le dibujaron tantas caricaturas. El manejo de sus hallazgos por los epígonos arroja la sospecha del tópico sobre su propia poesía. Luis Goytisolo cuenta en sus memorias cómo le quitaron a Manuel Puig, con La traición de Rita Hayworth, el Premio Biblioteca Breve que le concedía el jurado, para dárselo a Últimas tardes con Teresa, la novela de Marsé pulida durante el verano de 1964 en el Jardín de los Melancólicos, de Nava de la Asunción. Eran los turbios apaños de un personaje literario, que surgió y murió en sus versos.
LA EDAD DE LA PÉRGOLA
Antes de emplearse en el negocio familiar de los Tabacos de Filipinas, Gil de Biedma había malogrado su carrera diplomática por glosar la villa de Arévalo, en lugar de París o Estambul, cuando a los opositores les pedían una postal literaria de su destino preferido. A los bedeles de Castiella aquel desahogo les pareció una provocación y seguramente lo era. Su abuelo paterno había hecho el negocio de convertir un robledal del piedemonte serrano en la colonia veraniega de San Rafael. Después de la guerra, su padre acaparó las propiedades de Nava y para convertir la Casa del Caño en un oasis apetecible contrató a un grupo de jardineros de La Granja, dotándola de la primera pista de tenis de la provincia. La edad de la pérgola que evocó el poeta en sus versos. La calle lateral todavía conserva el azulejo talaverano que la asigna al Vizconde de Nava de la Asunción. El abuelo materno, Santiago Alba, fue cinco veces ministro con Alfonso XIII y dos años presidente de las Cortes republicanas. Además, era dueño del periódico El Norte de Castilla.
Muerta la madre, su familia vendió la finca episcopal que albergaba aquel Jardín de los Melancólicos, convertido ahora en recipiente de una hilera de adosados, junto a los que sobreviven algunos cipreses. La magia de aquel recinto, que conocemos por fotografías, versos y testimonios escritos, se ha esfumado. Durante décadas fue el lugar de acogida de la entonces rutilante izquierda divina barcelonesa y el refugio preferido de Gil de Biedma, hasta que las inquisiciones familiares derivaron al poeta hacia un Ampurdán más tolerante. Pero incluso entonces, para vestir aquella torre, se surtió de muebles, cuadros y antigüedades adquiridos en la secreta almoneda de un convento segoviano.
A un paso de la casa se abre la plaza del Caño del Obispo, que homenajea a otro navero ilustre, muy dadivoso con su pueblo. De lo que no queda rastro es del hotel de los Casado, a cuya rama perteneció Segismundo, coronel de la defensa de Madrid que pactó con Besteiro su rendición. Volvió del exilio en 1961 y a veces los vecinos lo veían rondar silencioso por el pueblo. El caño es una fuente palaciega. En la ribera del Eresma, hacia Coca, está el pinar de los Alisos, paraíso del poeta e hipódromo veraniego de sus paseos. «Un pequeño rincón en el mapa de España / que me sé de memoria, porque fue mi reino». La casita de campo, con porche y en triste ruina, cobijada por la copa de varios pinos gigantescos, muestra el ultraje de aquellas jornadas felices.