Diario de León

Arrabal, en los albores de la confusión

l A punto de presentar su nueva obra, ‘Pingüinas’, en el Real, Francia vuelve a rendir tributo al escritor español. Filandó n Fernando Arrabal acaba de recibir en parís la medalla de honor de la Sociedad de Autores y Compositores dramáticos. esta es la crónica de una velada genial

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Domingo Pujante Gonzálezcristina fanjul
León

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Françoise Espinasse, en una entrevista a Fernando Arrabal que sirve de prefacio a su tercer volumen de teatro publicado en 1969 en París por Christian Bourgois, la editorial que publicará la práctica totalidad de su teatro en francés, nos habla así del autor: «Unos ojos vivos y penetrantes se ocultan tras unas finas gafas de montura redonda y dorada. El rostro está devorado en parte por una espesa barba. Pequeño de estatura, arrastra los zapatos y lleva de forma descuidada un pantalón de pana y un jersey. Del personaje se desprende una gran amabilidad, incluso una timidez paralizadora ¿Arrabal un personaje fantástico y delirante? no, un tímido. La timidez, ésa es la clave del desprecio, la razón de su reputación. Como todos los tímidos, va muy lejos». A esas palabras podríamos añadir estas otras de Matthieu Fedoroff: «¿Todo esto es provocación? Solo piensan así aquellos que rechazan ese espejo de sí mismos que les tiende Arrabal, esos otros, miedosos y asqueados que se niegan a reconocerse en él. El teatro y las novelas de Arrabal son la ley del deseo, la ley del amor, la confesión de nuestros miedos, de nuestra soledad, de nuestro propio infantilismo, de nuestra extrañeza ante el mundo y ante los adultos insensatos que algunos quieren ser». Sin embargo el autor ha sido calificado muchas veces por la crítica como un autor mundialmente conocido pero que lleva a sus espaldas el sambenito de un escritor vanguardista que se sirve de la provocación como vehículo de expresión e incluso como recurso literario.

El dramaturgo vio muy pronto nacer una leyenda alrededor suyo y ha sido tildado incluso de pornógrafo. Una aureola de escándalo se apoderó en poco tiempo de su cabeza; y a partir de ahí será o censurado por sus detractores, afortunadamente cada vez menos, que lo han colmado de oprobio y que pretenden que solo se trata de un obseso sexual, blasfemador y maníaco de la violencia, o adorado por sus admiradores, entre los que me encuentro, que lo han cubierto de gloria y que ven en él a uno de los escasos artistas que han sabido captar la ambigua profundidad del hombre (y la mujer) moderno. Todos creen, creemos, poseer la clave de su universo (paraíso o infierno) poético sin pensar que no hay verdades absolutas, y de eso saben mucho tanto Fernando Arrabal, como Alejandro Jodorowsky y el desgraciadamente desaparecido Roland Topor, que constituyeron su grupo «pánico» en 1962 en el parisino Café de la Paix, precisamente por oposición a los preceptos del jefe supremo de los surrealistas, ese «pequeño Stalin» o «Papa Breton», según se mire. Lo que es innegable es que el hecho de que se le haya catalogado, sin realmente conocer su obra, como autor provocador por una parte de la crítica, especialmente en España, ha transmitido toda una serie de connotaciones adyacentes de violencia, de crueldad, de orgía que en gran medida han adulterado el auténtico valor de su creación literaria y artística.

Arrabal siempre ha reaccionado contra estas apelaciones y es conveniente matizar que si utiliza el «arma» de la provocación de forma efectiva es para que su mensaje llegue mejor, para que sea más directo, incluso más accesible. No obstante, este recurso nunca es gratuito o superfluo. Así, en reacción al conformismo social y a la mediocridad cultural e intelectual, Arrabal agita, llama la atención para poder librar la misiva que quiere que se reciba. No hay que olvidar que solo a los grandes agitadores se les escucha y que la polémica suele habitar en los dominios del renombre. Los ejemplos en la vida del autor y en sus apariciones públicas en los medios de comunicación son numerosos y conocidos por todos. A veces se tiene fácilmente la impresión de que los periodistas recurren a él mucho más por esta faceta de personaje público, sacerdote de Discordia, que por sus cualidades de escritor y artista. Y es cierto que Arrabal no solo sigue el juego sino que le encanta jugar. Pero, como él mismo ha señalado, nunca ha hecho ningún acto de provocación deliberada; y esto es igualmente cierto si se tienen en cuenta sus principios y sus objetivos: ¿cómo podría hacer simple provocación teniendo como gran misión mostrar lo que es propio e intrínseco al ser humano impregnado en su propia esencia? Son los que viven bajo el yugo de las convenciones morales quienes pueden juzgar sus hechos y sus obras como provocadoras, y esto en la medida en que su estética (y su ética) se estrella contra los relieves de muchos prejuicios, choca, molesta, hace que se tambaleen ciertos principios, sobrepasa las fronteras tan bien instaladas desde hace siglos entre ser y aparentar, desmantela el decoro y la supuesta decencia, hiere donde más duele.

Desde mi punto de vista de lector y estudioso de la obra de Arrabal, y en tanto que ser social al mismo tiempo, si provocar a alguien significa despertar su curiosidad, incitarlo a reaccionar, empujarlo a través de una especie de desafío o de llamada, Arrabal es provocador. Si provocar a alguien supone inducirlo a la violencia por medio de una actitud agresiva, no lo es en absoluto. Arrabal no admitirá nunca una actitud provocadora pues su credibilidad estaría en juego. Si intentamos por una vez no quedarnos en las formas, en la vanidad de las apariencias y ahondamos en el mensaje, estaremos de acuerdo en que Arrabal no se complace en provocar. De este modo se mostrará siempre sorprendido (¿se tratará de una pose? puesto que él precisamente conoce a la perfección la mezquindad del hombre en sociedad) ante los calificativos de aquellos críticos que solo ven en él un despliegue de excesos acompañados por crueles perversiones. Considero que en su caso más que de provocación cabría hablar de una manera de ir contracorriente, y en este sentido reconoce ya en 1978 en una entrevista con Albert Chesnau y Ángel Berenguer: «es provocación como la hacía San Francisco de Asís. Provocaba a la gente porque amaba a los animales en una época en la que se les odiaba». Estoy convencido de que la palabra «contracorriente» es la que mejor puede calificar la forma de actuar del autor. Arrabal se sitúa ciertamente del lado de los excluidos, de las minorías sociales, sexuales, culturales, de todos aquellos que la sociedad señala con el dedo. Embajador de Destierrolandia, se erige contra las fronteras, el racismo y la discriminación, como un nuevo libertador que lleva en su seno la buena nueva, el mensaje de la solidaridad, puesto que el rechazo al otro significa el repudio a sí mismo. Esta es su manera de aprehender el «alma» humana, de «zambullirse» en lo humano. Él mismo designará esta tarea mesiánica como «la misión sagrada del creador, del poeta». De este modo y a través de su obra, Arrabal trata de transmitir toda una serie de ideas nacidas en el universo socrático, que tienen su continuación en la figura de Cristo y en el auténtico mensaje cristiano, y que no son otras que la comunión de la sangre o la comunión de los seres humanos, por eso su teatro adopta a menudo la forma ceremonial.

En cuanto a su vida personal o de personaje público, este anhelo de contradecir o desmentir los valores establecidos le lleva a mostrarse siempre bajo un ángulo diferente pero igualmente turbador ya que para el poder institucional, sobre todo en la época franquista, siempre será provocador lo quiera o no, ya aparezca en slip en una época en la que en España solo se llevaban «los calzoncillos de los soldados, blancos y abiertos por delante», ya se presente vestido «con un traje impecable y pajarita», cuando esperan de un personaje como él que se muestre «completamente desaliñado». Esta actitud se materializa igualmente en el campo concreto de la producción artística y literaria. Recordemos la realización en colaboración a partir de los 60 de toda una serie de pinturas realistas pero «mágicas» en fuerte contraste con el arte abstracto imperante en esa época o su teatro bufo, con vodeviles como Róbame un billoncito, cuando parecía que todos los dramaturgos de la época reprobaban de forma indebida, según el autor, esta forma de teatro. Y es que Arrabal, como buen patafísico, como gran maestro de las soluciones imaginarias y gran regulador de las excepciones, se mueve por el juego (sea el ajedrez u otros), por pura diversión, como ya hiciera Alfred Jarry. En su obra abundan los ejemplos que ilustran perfectamente su credo o fórmula pánica: reivindicar lo que se condena, predicar lo que se censura, y siempre conservando ese aspecto lúdico. Como afirmaba Ante Glibota, comisario de la mayor exposición sobre la obra del autor en París en 1992, la crítica se ha confundido y ha estado dándole vueltas durante mucho tiempo a la provocación sin comprender que «la obra de Arrabal es una obra de seducción». Sin duda la preocupación esencial del autor, presente en todo su teatro, en su cine y en toda su obra en general, el gran leitmotiv es la problemática concreta del amor y su lugar en el mundo. Por esta razón Arrabal emprenderá tanto en su vida como en su obra una lucha personal contra toda la represión que el régimen fascista y las autoridades eclesiásticas afines impusieron en su entorno familiar, social y cultural; y se erigirá en abanderado de las causas perdidas, en nuevo mesías de los oprimidos, marginados y de todos aquellos a los que la sociedad califica de monstruos o anormales. Y es que, como le gusta decir, «la ingenuidad es el grado más alto de la genialidad, como la bondad es el grado más alto de la inteligencia».

El pasado lunes 9 de febrero tuve el privilegio de asistir en París, entre tantos otros ilustres invitados que acudieron al bello palacete de la SACD (Sociedad –francesa– de Autores y Compositores Dramáticos), a la entrega de la Medalla de honor a toda su carrera y, como en otras ocasiones, me emocioné con su emoción y me sentí honrado de haber dedicado gran parte de mi investigación a su obra, pues yo también conservo preciosamente esta joya que me escribió hace ya mucho tiempo: «aprendo de mis adentros vistos por los suyos». Y es que nunca me cansaré de decirlo en clave de FA: gracias, Fernando Arrabal, por ser ingenuo antes de genio y bueno antes de inteligente. Con tu vida y tu obra hemos aprendido, especialmente en España, que no se pueden poner esposas a las flores.

Domingo Pujante González es Profesor Titular de Filología Francesa en el Departamento de Filología Francesa e Italiana de la Universitat de València.

C apaz de reír y escribir de todo, un talento profundamente español que ha desacralizado lo sagrado, la prueba de que el genio no es cuestión de centímetros». La presidenta de la Sociedad de Autores y Compositores Dramáticos, Sophie Deschamps, realizó un retrato genial del genial Fernando Arrabal. Fue durante el acto en el que la SACD le impuso su Medalla de Honor, en una fiesta a la que no faltaron grandes del teatro, como el escenógrafo y escritor Jean-Michel Ribes, el director de cine y poeta chileno Alejandro Jodorowsky, el realizador Gustave Kervern o el director teatral argentino Jorge Lavelli.

Los salones de la institución parisina se convirtieron en una catedral laica cuyas vitrinas revelaban los milagros de la obra creativa del escritor. Sus pinturas, ensayos, su teatro, las cartas de sus amigos... y Arrabal... Fernando Arrabal, que recordó que forma parte de una generación de artistas muertos. «Yo soy el único superviviente», dijo con nostalgia. Se acordó de Beckett, cuya misiva de auxilio cuando fue encarcelado por el gobierno de Franco tapizaba una de las paredes del gran salón central, de Topor, de Ionesco, de Warhol y de tantos otros con los que compartió el teatro y la vida. «Este no es mi premio, es el premio de mis amigos», declaraba emocionado. Uno de ellos, Alejandro Jodorowsky, creador, junto a Arrabal y Topor del grupo Pánico, subió al escenario para felicitarle: «Hiciste de tu vida un poema», le dijo. Y es que, como destacó Sophie Deschamps, Arrabal decide escribir desde el rigor de la matemática de la confusión. «Él desacraliza lo sagrado, como un caballo loco; el héroe come el cuerpo de su amigo, como se come el cuerpo de Cristo. Es el dios Pan contra las iglesias y sus poderes». Es el hombre para y por el hombre. La presidenta de la SACD elogió la obra del dramaturgo español, una obra representada, reconocida y galardonada en todo el mundo. «El sol no se pone jamás en el teatro de Fernando Arrabal». Y, sin embargo, el propio dramaturgo se encargó de recordar que su patria sigue siendo Desterrolandia.

Precisamente, una de las paredes del palacete estaba tapizado por el cartel de su obra Y pusieron esposas a las flores, un poema carcelario sobre la guerra civil, un debate en el que dos presos reflexionan acerca de la libertad, de los sueños de los perdedores y del amor, siempre el amor. En la estancia anterior, un gran cuadro rinde tributo a los asesinados por la barbarie yihadista del pasado 15 de enero para recordar que Charlie sigue muriendo en todo el mundo. En primavera, el Teatro Real pondrá en escena su nueva obra, una revisión del Quijote a la que ha titulado Pingüinas , por la concentración motera. La obra se estrenará el próximo 23 de abril y el director será el propio Pérez de la Fuente. No es la primera vez que Arrabal traviste al personaje cervantino. Ya lo hizo en La hija de King Kong, una novela en la que hay mucho de autobiográfico, en la que vuelca todos sus demonios: la orfandad, la búsqueda del padre, el sexo, la libertad, la opresión y, de nuevo, el amor... Además, acaba de presentar El impromptu tórrido del Kremlin , en el que Stalin le hace la réplica a Wittgenstein, una obra con la que se sumerge en la relación entre el político y el intelectual, y, por supuesto, en la seducción, en esa seducción burlesca que para Arrabal siempre es una impostación porque, como Sophie Deschamps le recordó utilizando sus palabras: «La mujer es el porvenir del hombre porque es la mujer la que duda de Dios y muerde la manzana».

El último acto de la fiesta dedicada a Arrabal fue una sorpresa: la presencia de Fahim Mohammad, el campeón mundial de ajedrez infantil con quien el dramaturgo, maestro de ajedrez lui meme , disputó una partida en presencia del presidente de la Federación Frances, Diego Salazar, el triple campeón del mundo de veteranos, Anatoly Vaisser, y el propio entrenador de Fahim, Xavier Parmentier. Y es que el ajedrez compone, junto al teatro y las matemáticas, la trinidad arrabaliana. Y, por lo tanto, la confusión, la libertad. «Lo creo porque es confuso», me dijo en una ocasión. Una anécdota, para terminar. En la corona de flores que envió al sepelio de Ionesco se podía leer: «Todo es absurdo en el mundo, maestro. Todo, menos la pena». Pues eso, y el amor...

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