POESÍA

La ponzoña del amor

EL SIGNO DE LA RATA Cipriano Zotes Ilustrado por José Domingo Gutiérrez, León, 2015. 72 pp.

Publicado por
josé enrique martínez
León

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E n el año 2000 publicó Cipriano Zotes, de Laguna de Negrillos, En este confuso torrente , y en 2006, Restos / Fragmentos . Esta contribución a la poesía se incrementa con El signo de la rata , en el que el aspecto gráfico, a cargo de José Domingo Gutiérrez, complementa los textos y convierte el libro en una obra de arte. El título lo pueden explicar frases como: «Aquel era un tiempo sometido por las ratas. Incluso tú parecías una rata»; «Se sabe que la realidad tiene forma de rata». El poeta de ha decidido por la prosa, por el poema en prosa. Él mismo explica cuestiones esenciales del poemario en un prólogo de mucho interés: El signo de la rata, escribe, «es un poema de amor, o quizá de desamor, o quizá de ambas cosas... Hay en él sangre, carne destrozada, cuerpos quemados, ira. Pero también esperanza... Nada de lo narrado, de lo poetizado, es verdad. Y quizá por eso sea más auténtico». El poeta sitúa su libro en el ámbito de la ficción, fiado más de la verosimilitud que de la realidad: el libro trata «de lo que no fue, y sin ser ha sido con todas sus consecuencias».

El libro, en efecto, no canta tanto lo que fue como lo que pudo ser, si hacemos caso a la primera frase: «Yo pude amarte con la misma pasión de las hojas en blanco». Y a partir de ese comienzo, las frases caen en catarata, como si no se pudieran retener, con una escritura desatada, dejando correr la pluma como si la moviera irresistiblemente la pasión o la vehemencia, cargando las imágenes y toda otra serie de figuras retóricas para expresar la violencia del amor en frases de este calibre: «Vosotros, ménsulas y lábaros, pabellones indignos, sabéis por dónde vuelan las máquinas del pan, pero nunca lo confesaréis»; «deja que configure un plano yermo por el que nuestros virus accedan a la enormidad». La lectura nos quiere remitir, en parte, a técnicas explotadas por el surrealismo. Mejor, en todo caso, que la realidad árida («Total, ya podrías ser abuela») es el desencadenamiento verbal causado por la obsesión de un amor asfixiante, vivido en el pasado, o acaso fantaseado, un amor que pudo haber sido y no fue, poetizado como una imposibilidad que sigue horadando en la llaga que aún supura sentimientos contradictorios, pero donde parece predominar la rumia, el reconcomio y el odio: «El fracaso de la herida vino a corroerme como un ácido». La poesía se convierte, o así lo parece, en una purga, en un modo de expulsar la bilis que se lleva dentro.

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