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El abuelo del moderno
EL ABUELO MATERNO DE ALBERTO GARCÍA-ALIX (1956) FUE UN INTELECTUAL ATRAPADO EN UNA DE ESAS DESDICHAS CAPACES DE NUBLAR EL SEMBLANTE A CUALQUIERA. MIGUEL PÉREZ FERRERO (1905-1978) SE CASÓ CON UNA CHICA DE LEÓN QUE FUE LA ABUELA DE LOS GARCÍA-ALIX. TUVIERON UNA HIJA, SE DIVORCIARON CON LA LEY DE LA REPÚBLICA Y LA ABUELA RECALÓ EN LEÓN, DONDE SE VOLVIÓ A CASAR CON UN PROTÉSICO DENTAL. divergente

Imagen de Miguel Pérez Herrero
S uelto por París y Madrid, el abuelo intelectual se enamoró de otra mujer, una católica a machamartillo que exigía para el roce la previa separación eclesiástica. Así cuenta Haro Tecglen, en Hijo del siglo (1998), su deriva de aquellos años: «Miguel, sólo escritor, vendió los bienes que le dejó la familia, empeñó todo, y dio a la Iglesia lo que iba ganando. Pobre Miguel, le recuerdo muy bien, recostado en la barra del bar Valentín, en el callejón de San Alberto, con su eterna colilla colgando del labio —hablaba sin quitarla, con un peculiar tonillo—, con el vaso de whisky en la mano, esperando la llegada de amigos para el aperitivo y la cena. Pasaban los años y la Rota no fallaba, y pedía más y más dinero: y la novia mantenía la decencia que requería su creencia. Un día Miguel consiguió la separación eclesiástica, y la novia le dejó. Le encontraba ya demasiado viejo. Siguió siempre solo, siempre hablando con su colilla, convertido ya en ese hombre raro que terminamos siendo tantos. Los amigos decíamos: ¡Qué pesado está ahora Miguel!. También lo rebautizaron como Pérez Féretro. Por su tristeza contagiosa.
UNA VIDA DE PELÍCULA
Doctor en derecho, publica dos libros de versos: El bufón de la reina (1923), de aire modernista, prologado por José Francés, y Luces de bengala (1925), ultraísta y mucho más estimable, con auténticas cabriolas y chispazos de ingenio, que llaman la atención de Valle. Con veinte años viaja a París, donde se relaciona con Apollinaire y celebra el destello de sus Caligramas. Pertenece a la primera redacción de La gaceta literaria (1927-32), donde coordinó la encuesta sobre las vanguardias y publica textos decisivos sobre el arte nuevo y la irrupción de los ibéricos. Un año más tarde se integra en la bergaminiana Cruz y raya (1933-36), donde publica su ensayo «El derrotero de la novela» (1934) y «Vida de Ramón» (1935), primera tentativa biográfica de un género que le dará los mejores logros: Pío Baroja en su rincón (1940), Vida de Antonio Machado y Manuel (1947), la galería de retratos Unos y otros (1947), Vida de Pío Baroja (1962), Algunos españoles (1972) y Ramón Pérez de Ayala (1973). Biografías literarias escritas con amenidad y ritmo de relato, manejando jugosas anécdotas de primera mano, sin papeletas ni erudición, y con las que consigue acercar sus figuras al mayor número de lectores. Un conjunto de obras que le valió el distintivo de «notario y albacea de una generación insobornable». En los años republicanos, escribe en El Liberal y en Heraldo de Madrid, junto a Chaves Nogales, donde dirige el suplemento literario. También es uno de los responsables del voluminoso y exhaustivo Almanaque literario 1935, junto al cuñado de Borges y Salazar Chapela. Además, participa en revistas poéticas y grupos literarios que surgen esos años, antes de marchar a París como confidente de Pío Baroja. Durante su estancia parisina (entre 1937 y 1941), publica Drapeau de France, la vie des réfugiés dans les ambassades à Madrid (1938), con prólogo de Marañón, sobre su experiencia recluida en el Liceo francés de Madrid, donde se cobijó después de firmar el manifiesto de la Alianza de Intelectuales Antifascistas por la Defensa de la Cultura, colabora profusamente con artículos en La Nación de Buenos Aires y ve la luz la primera edición chilena de Pío Baroja en su rincón.
ALBACEA GENERACIONAL
Al volver a España, después de la guerra, vive una larga temporada en San Sebastián, colaborando en tareas de propaganda franquista, y a mediados de los cuarenta se acerca a Madrid, para incorporarse en 1945 a la redacción de Abc, en cuyas páginas se hace cargo de la crítica cinematográfica, que firma con el seudónimo de Donald. Allí pasará el resto de su vida profesional, soportando diversos sambenitos: desde su estela de bohemio al lamparón de la firma, en julio del 36, del manifiesto de la Alianza de Escritores Antifascistas. Se convierte en crítico cinematográfico de referencia y pronto el éxito o fracaso de una película en las salas madrileñas va a depender del cariz de sus reseñas. En 1953, es uno de los liberales que arropan la aventura de Moñino en Revista Española con los jóvenes realistas: Aldecoa, Ferlosio, Sastre, Martín Gaite, etcétera. Por entonces y en el sarao de un estreno, Berlanga le presenta a su única hija, la madre del moderno y de otros cuatro chicos, uno de ellos abatido por la inclemencia de la droga, que entonces estudia Filosofía y Letras. A partir de ahí, recobran la relación familiar y póstumamente el nieto pintor, Carlos García-Alix (León, 1957), publicará su correspondencia con Ramón. En Abc, un cerdito y la inscripción «Cuánto se ha escrito y cuánto tan hermoso» decoran las paredes de su despacho mínimo y sombrío. Allí vivaquea el tipo de cara aniñada y voz cavernosa que quince años antes asomara en Esencia de verbena, el corto de Giménez Caballero, tirando pelotas de trapo a un Ramón Gómez de la Serna con chistera, disfrazado de personaje de feria. Vuelve a París como corresponsal entre 1963 y 1965. Al regreso, ocupa la jefatura de colaboraciones del periódico y publica Tertulias y grupos literarios (1975), un repaso jugoso y lleno de datos a seis décadas de literatura humeante, que discurren entre el homenaje a Azorín en Aranjuez (0toño de 1914) y las andanzas itinerantes de Alforjas para la poesía, que partiendo de San Saturio, en Soria, finalmente recalan en el Teatro Lara.