Las memorias de un ‘niño gótico’
l Luis Antonio de Villena publica la primera parte de las tres en las que ha dividido sus memorias . EL FIN DE LOS PALACIOS DE INVIERNO Luis Antonio de Villena Editorial Pre-Textos, Madrid, 2005. 376 páginas.

raquel p. vieco
E n Cuba, a los niños muy mimados les dicen «góticos», y entre mimos y algodones transcurrió la infancia de Luis Antonio de Villena, quien todavía hoy, a sus 64 años, se identifica plenamente con esa circunstancia, como él mismo reconoce en la primera de las tres entregas en que se dividirán sus memorias.
El fin de los palacios de invierno (Ed. Pre-Textos), recién llegado a las librerías, es el título de ese primer volumen de unas memorias que arrancan a comienzos de los años 50 del siglo pasado, cuando nace en Madrid quien siempre se sintió «letraherido», y concluyen poco antes de la muerte del dictador, con un joven licenciado de 22 años «sediento de cultura y sexo».
Hijo único de un matrimonio que se rompió muy pronto, el pequeño Luis Antonio Felipe se crió entre mujeres (madre, tías, abuelas,...), en una familia social y económicamente acomodada, y en una España de «cerrado y sacristía». En un Madrid de descampados y piperos, de vulgares y cálidos cines de barrio, de sesión continua y programa doble. Una España pobre, en definitiva.
«En mi casa —escribe el poeta, novelista, ensayista, articulista y otras muchas cosas más— era un niño mimado y archiprotegido, de nada me faltaba, pero en mi corazón anidaba la mancha oscura, umbrosa, de la desaparición de mi padre».
Un padre al que apenas vio, del que apenas tiene recuerdos. Un «señorito al que le gustaba poco parar en casa», manirroto «siempre que se tratara de placeres, mujeres y noches interminables» y que prácticamente «vivía en Chicote». A pesar de ello, los escasísimos recuerdos que guarda de él no son malos, admite el escritor. «Era un caballero a la antigua, que se preocupaba poco de los niños, porque eso era cosa de mujeres. Un caballero no lo hacía. Pero me traía regalos todos los días. Nunca me llevó de paseo, ni me sentó en sus rodillas. Lo que hacen los padres de hoy con sus hijos le hubiera parecido una mariconada».
Villena evoca una infancia y una adolescencia «con un continuo fondo de desdicha». «Fui —asegura— un niño triste, doliente y tenaz, tercamente idealista». Ya entonces aprendió a amar «a los perdedores, a los disidentes, a los raros, a quienes se saltan las normas con lujo». «La vida —dice— no está hecha para gente delicada».
Ese niño «marcadamente solitario», sin amigos, raro, a quien gustaba jugar con figuritas de vaqueros e indios, o de romanos y cristianos, huyó desde muy pequeño de la religión y de los curas, que tanto le hicieron sufrir. «Ya entonces la Iglesia católica me parecía sórdida», escribe quien, más que ateo, se considera pagano.
Estudiante en colegios de curas, y dos cursos en el Ramiro de Maeztu, fue en el elitista El Pilar, regentado por los marianistas, el colegio de las clases altas del momento, donde empezó a darse cuenta de que su mirada se posaba en los alumnos más guapos y apolíneos. Allí se sintió «acosado» por algunos compañeros de aula, que le insultaban y pegaban. «El acoso fue atroz», recuerda con tristeza quien, además, sufrió abusos «por parte de dos curas». «Me tildaban de nena y mariquita». Luis Antonio de Villena intenta olvidar lo sufrido, «tanto salvajismo», pero tiene muy claro que no perdona ni perdonará nunca a sus verdugos. «Es un dolor tan profundo —avisa— que no se puede perdonar».
«Todo ese lado de soledad, de melancolía, de acoso... me hacía un niño peculiar, solitario, raro. Y en esas circunstancias la literatura aparece ya como la mejor compañía», destaca quien en plena adolescencia sintió la llamada de los libros y la escritura.
Al finalizar su etapa escolar, este «mendigo de sentimientos y de belleza» se matriculó en la universidad, en la Complutense, en la facultad de Filosofía y Letras. En un momento en el que el campus era escenario ya de la protesta y la lucha contra la dictadura. Son años en los que se inicia en una poesía «barroca o culturalmente preciosista», en los que hace pocos pero buenos amigos, publica sus primeros poemas, frecuenta el Café Gijón y trama amistad duradera con Vicente Aleixandre. Será el momento de dar un giro a su vida, para «centrarla en la literatura y los chicos», de sentirse él mismo, de saciar su sed de cultura y sexo. Pero eso queda para el segundo volumen de las memorias, en el que ya ha empezado a trabajar.