El escándalo de las vidrieras de Oreto
l Un nuevo espacio leonés para la ficción.

bruno moreno
N o, señor obispo, pero si alguien ha robado cristales de unas vidrieras de incalculable valor sabiendo lo que representan para Oreto, mucho me temo que esa acción viene precedida por otros robos de obras de arte de menor importancia y ante la impunidad de esos robos se han decidido a dar un golpe más arriesgado y quizá decisivo».
A pesar de su brevedad, este texto podría resumir la esencia argumental de la novela de Francisco J. Martínez Carrión La cámara de San Sisenando, que, como de él se desprende, habla del expolio patrimonial religioso, hecho narrado con referencias y lenguaje periodístico, que tan bien conoce el autor, aunque explicado recurriendo a la ficción, con la carga crítica que se desprende contra la corrupción, aunque sea tamizada por el humor y la ironía.
El eje de la acción se centra en la catedral de Oreto. Anticipamos que se trata de un atractivo espacio mítico, de ficción o literario que, como tal, supera cualquier acotación local. Aquí reside el auténtico valor de esta consideración, tantas veces repetida, de ser capaces —y lo consigue Martínez Carrión— de evitar referencias concretas para que la acción, o el argumento, centre el interés como referencia que pueda ser considerada universal. Hecho, además, que entre nosotros se ha prodigado en los últimos tiempos. A los ya clásicos nombres hay que ir sumando otros con renovada intensidad. La extraordinario labor que José Enrique Martínez ha hecho, en esta línea, con su libro La ciudad inventada (1994), exige la añadidura de nuevos capítulos en una nueva edición. Quede aquí humildemente sugerido.
«La Catedral es patrimonio de todos…».
«En los últimos años —y ya no tan últimos— una serie de novelas han coincidido —escribe José Enrique Martínez en la obra citada— con el hecho de convertir a una ciudad, León, en territorio literario, es decir, en «ciudad inventada». Son obras de un grupo de narradores que trasladan a la escritura un hecho en principio personal como es el haber nacido y/o vivido en nuestra ciudad. Un entorno, un ambiente, un tiempo…, pasan a la literatura».
Es el caso de Martínez Carrión, reflejado en La cámara de San Sisenando. Nombres, hechos, referencias toponímicas, circunstancias…, conducen inequívocamente a la conclusión de que la catedral de Oreto es la catedral de León, teniendo ya en cuenta que la acción narrativa bien puede partir, parte de hecho, de una reinterpretación de la clásica leyenda del topo: «Las gentes ya habían bautizado a la sombra. Era un animal, un topo, el topo de la catedral que por la noche destruía los trabajos realizados durante la jornada y por la mañana se escondía en lo más profundo de la catedral, en lo que fueran las paganas termas de los romanos, sobre cuyo solar el obispo Arsacio planeó levantar, sin destruir los baños, el primer templo de Oreto».
Bastaría esta referencia. Dado que el referente fundamental es eclesiástico, las posibles dudas se disipan progresivamente. ¿A quién le suena el resto «de la muralla romana que limitaba el ábside de la catedral con el arco de San José y éste con el vecino hospital de los Condes de Renedo, propiedad precisamente del Obispado»? ¿O «el viejo seminario de verano, ya en desuso, en Santibáñez de Oreto, un pueblo cercano a la capital»?
Repasamos tres referencias específicas a la catedral que seguramente permanecen aún en la memoria de los habitantes de esta tierra y que otros lectores de otras latitudes no tienen además por qué tener en consideración, teniendo en cuenta que no afectan al desarrollo de la trama. Subyace el espacio literario universalizado.
Salvar Catedral
Hay una serie de detalles complementarios que avalan la realidad aludida detrás de Oreto. Fíjense: «Pero fue el contenido del informe técnico de la Universidad de Oreto sobre las piedras de la catedral. La parte más afectada eran las esculturas exentas de la fachada oeste del templo, esculpidas en piedra caliza de las canteras de la montaña central, una piedra porosa que se deshacía lentamente en granos arenosos por los efectos de las inclemencias climatológicas…». De este detalle seguro que hay más conciencia colectiva: «Por un auténtico milagro, las altas temperaturas causadas por el fuego y las enormes cantidades de agua que se utilizaron para apagar las llamas no afectaron gravemente a las vidrieras, la auténtica joya y símbolo no sólo de la catedral sino de toda la ciudad. Ninguna vidriera sufrió daños de consideración, lo que la opinión pública achacó al benefactor y discreto amparo de san Sisenando». Tampoco faltará quien recuerde «el plan ‘Salvemos la Catedral’, un plan en el que se deben implicar todas las instituciones oficiales, las privadas y todos los ciudadanos con sus pequeñas aportaciones», plan al que hace referencias más concretas en otras ocasiones.
¿De dónde procedía Sisenando? La respuesta tiene que ver con otro espacio leonés vinculado también a la biografía del autor de la novela. «El obispo Arsacio —escribe— estaba a punto de darse por vencido, cuando su secretario, Nicencio, anunció la llegada de Sisenando, un monje eremita que desde hacía años vivía retirado en una cueva de Peñacorada, la montaña sagrada de los antiguos oretanos [identifica el gentilicio capitalino y provincial] y donde, tras la invasión de los musulmanes, algunos religiosos se refugiaron creando una larga tradición de monjes sabios, austeros y silenciosos». Añadan, por si fuera poco: «El Gobierno daba un ultimátum a los pueblos del Valle del Jabalón para abandonar sus casas antes de cerrar definitivamente las compuertas de la presa y comenzar el llenado del embalse».
Un espacio de ficción, literario en toda regla. Una alegría más para aumentar y vitalizar la riqueza que la literatura va dejando y sedimentando en esta tierra.