Diario de León

Si esto es música, me como el sombrero

lUn libro recupera vituperios contra genios musicales. Gracias a los críticos y al director de orquesta Nicolas Slonimsky podemos leer ahora el divertidísimo ‘repertorio de vituperios musicales. Un recorrido venenoso por la música clásica’, editado por taurus

Escena de la ópera ‘La prohibición de amar’, de Richard Wagner

Escena de la ópera ‘La prohibición de amar’, de Richard Wagner

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pilar manzanares
León

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D e falta de calidad y de impublicable fue calificada en su día la que es una de las obras maestras de la literatura del siglo XX, Ulises , de James Joyce. Hay quienes se atrevieron a decir de Psicosis , la obra maestra de Alfred Hitchcock, que era una película «efectista» y que «obviamente» se trataba de un trabajo de «bajo presupuesto». Y aunque sus lienzos son más fáciles de entender, ni Degas ni Renoir se salvaron de la quema. Al primero le señalaron como un voyeur que operaba entre bastidores, y del segundo, el crítico francés Albert Wolff escribió en 1874: «Traten de explicarle que el torso de una mujer no es una masa de carne en descomposición, con violentas manchas verdes que indican el estado de putrefacción completa de un cadáver». Y es que, como decía Harry ‘el Sucio’: «Las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene uno».

Gracias a los críticos, sea intencionada o no su mala baba, y al recorrido por la crítica musical de un siglo y medio (1800-1950) que efectuó el compositor, director de orquesta y crítico Nicolas Slonimsky, podemos leer ahora el divertidísimo Repertorio de vituperios musicales (Taurus). Ni los grandes y consagrados genios se libran de las ‘collejas’ de quienes afirmaban: «Si esta es la música del futuro, me comeré mi sombrero». De la indigestión, ni hablamos.

Es este un recorrido venenoso por la música clásica en el que se dan cita las críticas más agresivas dirigidas contra su Olimpo. Claro que lo que hoy nos suena a gloria, muchas veces por conocido, sonó a desconcierto para quienes nunca antes habían escuchado nada parecido. Así, el mensual británico Musical World del 30 de junio de 1855 escribía sobre la música de Lohengrin , la más ‘italiana’ de las óperas de Wagner: «En realidad, no puede aspirar a considerarse más música esto que el tintineo y el estrépito de los gongs y otros instrumentos poco eufónicos con que los chinos, desde la cima de una colina, pretendían ingenuamente ahuyentar a nuestros chaquetas azules ingleses».

Curiosamente, 95 años más tarde, los chinos tocaron realmente Lohengrin para ahuyentar a los soldados británicos y estadounidenses que habían entrado en Corea, como atestigua este despacho de un soldado: «Alrededor de las nueve de la noche, un sonido espeluznante me produjo un terrible escalofrío. Un corneta solitario, en la cresta de la montaña, tocaba la marcha fúnebre de Lohengrin a unos cien metros de donde estaba yo». Y es que si algo hay que reconocerle a Wagner, además de su talento, es lo bien que ambienta una buena escena bélica, ya sea en Corea, en el Vietnam de Apocalypse Now o en la mente de Woody Allen, que cuando le escucha siente unas ganas terribles de invadir Polonia.

Una virtud más le reconocía Oscar Wilde, a quien le encantaba porque «suena tan fuerte que uno puede hablar todo el tiempo sin que nadie oiga lo que dice». La cultura de cada país y la ignorancia de los demás afila las palabras sin vergüenza a mostrar su desconocimiento. Así, un tal Jihei Hashigushi, tras asistir al estreno neoyorquino de Madama Butterfly en 1907, escribió en un diario local: «No puedo decir nada a favor de su música. La música occidental es demasiado complicada para los japoneses. Ni siquiera la manera de cantar de Caruso nos parece mucho más atractiva que el ladrido de un perro en un bosque lejano».

«Patán sin talento»

Tampoco la música rusa se libró de los comentarios de los críticos que decían cosas tales como: «Rimsky-Korsakov. ¡Vaya nombre! ¡Hace pensar en unos bigotes feroces manchados de vodka!». Por no hablar del cráneo privilegiado que escribió en el Transcript de Boston del Concierto para piano en si bemol menor de Tchaikovsky: «Es tan difícil que el público recuerde esta obra como el nombre del compositor».

El arte del vituperio musical floreció así durante el siglo XIX y en la primera década del siglo XX, cuando los críticos disparaban sus ataques no solo contra la obra, también contra el propio compositor. En el The Sun de Nueva York del 19 de julio de 1903 aparecía el siguiente ‘retrato’ sobre Debussy: «La otra noche le conocí en el Café Riche y me quedé impactado por la singular fealdad de este hombre. Tiene la cara plana, la parte superior de la cabeza plana, los ojos prominentes.» y sigue así, metiéndose cada vez más con el físico del galo «que más parece un bohemio, un croata o un huno» para acabar con una última cornada a su trabajo: «Su música se oía hace mucho tiempo en los templos de las colinas de Borneo; ¡surgió como una sinfonía para celebrar el regreso de los cazadores de cabezas con sus abominables botines de guerra!».

Crecidos en su arte de la crítica rayana en el insulto, los ‘expertos’ y ‘sibaritas’ cortaron más cabezas que la guillotina: Beethoven «suena como si se hubiera volcado una bolsa llena de clavos y, de vez en cuando, se dejara caer un martillo», Brahms «es un patán sin talento», el bolero de Ravel «es la monstruosidad mas insolente que se ha perpetrado en la historia de la música»...

Y suma y sigue.

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