Diario de León

javier pérez gil profesor de la universidad de valladolid

«La arquitectura es reflejo de la sociedad»

«Nuestros tejados de cuelmo desaparecieron por imperativos legales, sobre todo para evitar incendios» «La arquitectura vernácula es mucho más. Es cultura, y sus significados trascienden la piedra o el barro» en el libro ‘¿Qué es la arquitectura vernácula?’, el leonés pérez gil revisa a fondo, y con una mirada crítica y experta, un término hasta el momento casi incuestionado «Es muy duro encontrar en Trabazos, Piedras Albas, Villalmán... conjuntos que conocí en mejor estado»

El investigador y profesor de Teoría de la Arquitectura Javier Pérez Gil, natural de la villa de Sahagún

El investigador y profesor de Teoría de la Arquitectura Javier Pérez Gil, natural de la villa de Sahagún

Publicado por
EMILIO GaNCEDO
León

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E l concepto ha permanecido inalterado y como metido en un frasco de formol, tanto para ser ignorado olímpicamente por técnicos y usuarios, como —y esto es lo más sorprendente— por los teóricos y estudiosos que se dedican al asunto. Se trata de la arquitectura vernácula o tradicional, una expresión recurrida y recurrente pero escasísimamente revisada y puesta bajo lupa crítica desde su misma popularización, y no sólo en España sino en toda Europa. Ahora, el leonés Javier Pérez Gil, profesor titular en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Valladolid, publica ¿Qué es la arquitectura vernácula? , un libro en el que el también autor de El palacio real de León o Monarquía y monacato en la Edad Media peninsular examina el concepto y lo resitúa a la luz de los nuevos tiempos. Y de fondo, una pregunta, ¿debemos fosilizar los conjuntos históricos o permitir su evolución?

—¿Qué es arquitectura popular y qué no, según plantea en este nuevo libro? Y sobre todo, ¿por qué cree que esta reflexión concreta no se había hecho, por qué no se había actualizado el concepto hasta este momento?

—Bueno, aunque habitualmente ‘popular’, ‘tradicional’ o ‘vernácula’ se emplean como sinónimos, lo cierto es que no lo son. Yo prefiero hablar de arquitectura ‘vernácula’, que tiene un componente más ligado a la cultura y al territorio, y quedaría referida al conjunto de obras en las cuales una comunidad reconoce sus valores específicos (materiales e inmateriales) que caracterizan su identidad cultural a lo largo del tiempo. Es una visión que se inscribe dentro del moderno concepto de patrimonio cultural y muy diferente, pues, a la que viene empleándose sin casi variaciones desde principios del siglo XX, cuando no existía esa idea marco.

—En el fondo, ¿qué diferencia al vecino que hoy levanta un chamizo a base de bloques de hormigón y fibrocemento de su padre, que lo hacía con piedras y bálago? ¿No subyace ahí el mismo mecanismo mental?

—Efectivamente, el resultado material, el aspecto formal, puede ser diferente, sin duda menos pintoresco. Pero ¿qué es lo que se buscaba en ese chamizo? ¿un resultado artístico o una expresión cultural, una información valiosa sobre la cultura de ese lugar? Ese vecino sigue trabajando con los mismos principios culturales. El primero de ellos seguramente sea la eficiencia y, como su padre, busca la solución válida más económica. Cualquier otra ya no sería culturalmente espontánea y sólo así podemos tener una lectura auténtica de sus valores. Pero también de su arquitectura, porque empleará esos bloques a la manera del lugar: adecuándolos a sus tipologías, a sus usos particulares, su idea social, estética…

—Teniendo todo eso en cuenta y, al mismo tiempo, parece más deseable contar con conjuntos rurales homogéneos, respetuosos con los materiales, colores y formas tradicionales que aquellos otros que no lo hacen y son una mera aglomeración de materiales industriales, ¿no? ¿O la primera es una visión impuesta desde gustos urbanos y con miras turísticas y vacacionales, un punto de vista sólo estético, con todo lo que implica de subjetividad?

—Esa es la cuestión. Se trata de un debate muy actual en nuestro patrimonio cultural: ¿Debemos fosilizar los conjuntos históricos o permitir su evolución? En el caso de nuestra arquitectura vernácula tendríamos que distinguir dos tipos de vernáculo. Por una parte el histórico, definido por esos conjuntos que citas, y que habría que mantener de acuerdo a la tradición. Y por otra el actual, que representaría las nuevas expresiones y para el que habría que ser más permisivos, dentro de unos límites, claro.

—Otra ‘pregunta del millón’: ¿por qué en Francia, Alemania, Reino Unido, etc., los núcleos rurales están tan ordenados, tan recogidos y pulcros, generalmente sin edificios que destaquen (en lo negativo), tan homogéneos y armónicos, en comparación con la anarquía que apreciamos sobre todo en el interior de España? Dicho de otro modo, ¿esa armonía viene impuesta por las leyes o surge más bien de la propia gente, que busca deliberadamente ese tipo de construcción?

—Bueno, en el caso de muchas regiones europeas ese mantenimiento tiene su origen en modas de los siglos XIX y XX basadas en los valores nacionales y lo pintoresco, como sería el movimiento Heimatschutz en Alemania. En Inglaterra, por ejemplo, la temprana revolución industrial supuso tal destrucción sobre lo tradicional que a principios del siglo XX pasó a considerarse algo excepcional y que debía emularse. En España, sin embargo, en esos momentos lo rural tenía otro peso y lo popular era lo habitual. Pocos eran los que apreciaban los valores autóctonos, y menos para reproducirlos. Más bien era la arquitectura cotidiana de nuestro mundo rural, una arquitectura que se asociaba a la pobreza y que convenía superar. Las leyes determinan nuestros hábitos para bien o para mal, pero incluso por encima de ellas están los valores colectivos de la gente y su capacidad de resiliencia. Ahí tenemos la fulgurante desaparición de nuestros tejados de cuelmo por imperativos legales (ordenanzas concejiles, provinciales…) para evitar los incendios. Y frente a un abandono generalizado, también la respuesta decidida de algunas comunidades que convirtieron sus conjuntos en singulares, como fue el caso de Castrillo de los Polvazares.

—Cuando viene por su tierra, ¿qué aprecia en la arquitectura tradicional leonesa, en su evolución, en los gustos surgidos en torno a ella?

—Lamentablemente, la despoblación está haciendo estragos en la arquitectura vernácula leonesa, en el vernáculo histórico para ser más precisos. Resulta muy duro reencontrarse con conjuntos que uno conoció en otro estado (Trabazos, Villalmán, Piedras Albas…), precisamente porque la arquitectura es el reflejo de su sociedad. Sin embargo también es interesante comprobar no sólo la esperanzadora actuación de ciertas instituciones y colectivos sobre el vernáculo histórico, sino la adaptación del contemporáneo al nuevo contexto. Los nietos están adaptando las casas de sus abuelos con elementos que éstos nunca hubieran imaginado, porque pertenecen a tiempos distintos. Pero siguen siendo familia, y leoneses. Su vivienda, la forma de vivir el espacio doméstico, sigue respondiendo a unos valores heredados, que ni Internet ni la globalización son capaces de erradicar.

—¿Cree que todas estas reflexiones, este entrecruzarse de historia, tradición, utilidad, estética, economía y moda, están presentes a la hora de elevarse nuevas viviendas en el medio rural (y en la ciudad también)? ¿Puede este libro venir a inspirar también a técnicos y usuarios, no sólo a intelectuales y amantes de estos temas? ¿Con qué objetivo fue creado?

—La cultura precisa de cierta libertad para expresarse y para ello es necesario que la valoren tanto sus protagonistas como las administraciones. Los primeros tienen que ser conscientes del valor de sus significados; los segundos deberían poner los medios para su salvaguardia, sin desatenderla, pero tampoco para reducirla a un mero arquetipo formal. Porque la arquitectura vernácula es mucho más. Es cultura, y sus significados trascienden la piedra o el barro, la pizarra o la uralita. Respondiendo a la segunda pregunta, el libro surgió con un fin muy concreto, conceptualizar y actualizar este patrimonio, y espero que sirva para abrir un debate muy necesario o al menos alguna pregunta sobre algo que se consideraba sabido e incuestionado.

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