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Libre te quiero

AYER SÁBADO HUBIERA CUMPLIDO NOVENTA AÑOS AGUSTÍN GARCÍA CALVO (1926-2012), LINGÜISTA, PENSADOR HETERODOXO, POETA MACHADIANO, NOVELISTA EPISTOLAR Y CÓMPLICE FIEL DE LOS CLÁSICOS. CASO ÚNICO, REHUSÓ CON DECORO Y POR ESCRITO, EN TIEMPOS MENESTEROSOS, UN SONDEO DE OFRECIMIENTO DEL PREMIO CASTILLA Y LEÓN. divergente

Imagen del escritor Agustín García Calvo

Imagen del escritor Agustín García Calvo

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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T odavía en la última revuelta cívica, cuando el malestar ocupó Sol a mediados de mayo del 2011, Agustín García Calvo bajó desde Zamora a encauzar la perplejidad de la protesta hacia conquistas visionarias. Se le ve en el documental de Martín Patino, muy activo con el megáfono, proponiendo al gentío sueños de largo alcance. Y una estrategia infalible como un jarro de agua fría: asambleas abiertas, de las que se entra y se sale como Pedro por su casa, para que no puedan contarlos. Basilio Martín Patino tituló aquella película con un poema de Agustín, que lleva cantando más de cuarenta años Amancio Prada: Libre te quiero. Desde su deslumbramiento en las tenidas parisinas que sucedieron a su expulsión de la universidad. El 15-M de Sol fue su último mayo florido, un destello más de aquella «fastuosa maya del 68», que iluminó los libros de su reencuentro con un país que entonces empezaba a respirar. Por Sol anduvo también el Cervantes Ferlosio, junto a Basilio y Agustín: tres octogenarios alentando la protesta juvenil.

UN DISIDENTE PRECOZ

Agustín García Calvo estudió Clásicas en Salamanca con Antonio Tovar y fue catedrático en las universidades de Sevilla y Madrid. Carmen Martín Gaite rescata, en su memoria generacional Esperando el porvenir (1994), aquellos años juveniles compartidos con Aldecoa, Santos Torroella y Mariores Ruiz Olivera. También la colaboración en la revista Los trabajos y los días, que puso en marcha Tovar y luego dejó en sus manos, para evitar el incordio de los bonetes. García Calvo fue el alumno más brillante de aquella universidad cenicienta: doctor a los veintidós, catedrático a los veinticinco. En la universidad de Sevilla, le hicieron un proceso eclesiástico, con acusaciones de organizar sacrificios de palomas a Venus y de haberse fugado a la playa en pleno mes de las flores con una alumna seducida.

En 1964, le ganó la cátedra de la Complutense a Antonio Fontán, un jerarca del Opus con largo recorrido institucional. Le guardaron la afrenta y un año después fue despojado de su cátedra junto a Tierno y Aranguren, por encabezar la protesta de los estudiantes. En aquellos meses de los tenebrosos sesenta, se anunció en la prensa para dar clases particulares de lo que fuera, antes de abrir la efímera academia Elba (un destierro del que se vuelve), en la calle del Desengaño. Allí convocó a discípulos dispersos, desde el saltimbanqui Savater al deslumbrante filósofo maragato Tomás Pollán. También Carlos Piera, su cómplice de deliquios filológicos. Savater publicaba ya por entonces con más profusión de la que recomienda el buen sentido, y a un reparo benévolo de García Calvo, replicó llamándole don Cicuta, como el personaje de un concurso de la televisión de la época. De aquel tremedal madrileño, salió al exilio parisino en 1969, para regresar en 1976, al ser repuesto como catedrático. En aquellos años de ausencia la infamia vertió sobre su nombre ominosas delaciones de nigromante pagano, que sacrificaba palomas a Venus y al Duero, en su remanso vegetal de Valorio.

LOS FRUTOS DE MAYO

Desde París, envió al interior recados tan seductores como aquel Manifiesto de la comuna antinacionalista zamorana, con su bandera de jirones al viento, que Merino y Aparicio manejan en el tramo zamorano de su viaje por el Esla. Ensayista, filólogo excepcional, traductor, dramaturgo, poeta, narrador. Los brillos de su personalidad distraen la recepción cabal de una obra que difícilmente se acomoda a las convenciones, y que se ha ido difuminando hasta casi ausentarse de los cánones, desde un impacto rutilante en su momento. Apaciguada la hospitalidad de su retorno, cuando el alumnado desbordó las aulas complutenses y sus libros rebosaban los anaqueles, se permitió la provocación de componer un himno a Madrid, a cambio de una peseta, y tuvo un ruidoso conflicto con Hacienda, que superó gracias a la complicidad de sus lectores.

Con la jubilación, plegó velas, recaló en Zamora y se convirtió en editor de sí mismo en Lucina. Sus libros de los diversos géneros transmiten, junto a un pensamiento radical de incómoda digestión, el aroma de un castellano pacientemente horneado con ritmos clásicos. Sin renunciar a las tertulias, primero por cafés como Manuela o La Aurora y finalmente en el Ateneo. En 1990 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo, por uno de sus trabajos sobre el lenguaje, en 1999 el Nacional de Teatro, por Baraja del Rey Don Pedro, y en 2006 el Nacional de Traducción, por el conjunto de sus versiones, que abarcan desde los presocráticos a los sonetos de Shakespeare.

Reunió sus poemas machadianos en Canciones y soliloquios (1976), Del tren (1976) y Ramo de romances y baladas (1991). Ahí están sus versos cantados y la memoria popular de un universo sepia. Aquellos trayectos entre avenas locas, barrancos de tomillo y cabras de azabache, con pan de centeno y miel negra para la merienda. Su poesía más discursiva y torrencial pasó a Sermón de ser y no ser (1973) y Relato de amor (1980). La novela Cartas de negocios de José Requejo (1974) constituye el mejor compendio de su pensamiento. Un recado fascinante del mayo francés, a través de las cavilaciones, renuncios y quebrantos de un alumno suyo de la Carballeda, al otro lado de Castrocontrigo.

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