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Un Planeta con leoneses
DOS PREMIOS Y UN PAR DE FINALISTAS EN 65 EDICIONES DEL PLANETA NO SUPONEN UNA COSECHA RELEVANTE PARA LAS LETRAS LEONESAS, QUE VIVIERON EN ESE TIEMPO SU ÉPOCA DORADA. EL PASADO SÁBADO HIZO CUARENTA AÑOS QUE TORBADO GANÓ LA EDICIÓN DE PLATA Y SEIS DESPUÉS REPITIÓ EL LOGRO FERNÁNDEZ SANTOS, EL NOVELISTA DEL CURUEÑO. divergente

José Manuel Lara Bosch con Jesús Torbado
N o es un balance descollante, si tenemos en cuenta que la primera edición de 1952 ya tuvo finalista leonés. Entonces, Severiano Fernández Nicolás, el escritor de Montejos que llegaba con la presea de finalista del Nadal de Dolores Medio, se quedó a un voto de Juan José Mira (seudónimo de Juan José Moreno, responsable clandestino del PCE en Barcelona y autor de una docena de novelas policíacas de quiosco), relegando al tercer escalón al favorito de todas las apuestas, Ximénez de Sandoval, biógrafo de José Antonio. El primer Planeta se falló el 12 de octubre de 1952 en el Lhardy de Madrid, con un jurado por el que revoloteaban Ruano, Pedro de Lorenzo, Bartolomé Soler y varios figurantes de servicio. Tierra de promisión (1953) plantea el conflicto entre un padre y su hijo ingeniero por la construcción del embalse de Luna. Blas es alcalde de San Pedro, condenado a desaparecer, y se opone a la muerte del valle con el resto de los vecinos. Pero el autor del proyecto es su hijo Antonio, que defiende el progreso que aquel sacrificio va a suponer para el desarrollo de la provincia con los regadíos del Páramo. Los vecinos van cediendo y emigran a las nuevas tierras, mientras Blas, ya depuesto como alcalde, resiste. Entonces, unas lluvias torrenciales provocan la rotura de la presa con un saldo de cientos de muertos. El pueblo de Los Barrios queda arrasado. En 1959, esta premonición se cumpliría en el sanabrés Ribadelago. La novela concluye con el apuñalamiento del ingeniero en San Pedro del Páramo. El autor había hurgado en un tema demasiado sensible, estropeando la fanfarria oficial de los pantanos.
INTERMEDIO DE FALLIDOS
En aquella misma década de los cincuenta, otros dos leoneses llegaron a la final. En 1957, el año que ganó Emilio Romero, estuvo en la baraja decisiva de novelas Almas sin cuerpo, de Ventura Bobis Zapico (1935-1972), un chaval del Crucero que había quedado parapléjico en una zambullida estival en el Bernesga. Ventura era hermano del pintor César (1943-1996), que en la transición ilustraba los libros de Akal, y del inventor y curandero Emilio, que lo mismo patenta filtros para el rubio americano que placas de imanes terapéuticos. Los Bobis venían de Torre del Bierzo, recalaron en La Robla y militaban en la oposición comunista o en su repudio, como Emilio, que también tuvo una etapa de gloria con la curación imponiendo las manos. 1958 fue el año de la bofetada a Luca de Tena, reparada con el premio tres años después. Y en el lote final se situó La última semana de noviembre, del prolífico y esfumado Juan Ignacio Ferreras (1929-2014), un leonés de Sabero nacido en Tetuán. En 1967 probó suerte Crémer con Historias de Chu Ma Chuco, pero el premio se lo llevó sin disimulo Ángel María de Lera, su conmilitón sindicalista con Pestaña de los tiempos bélicos.
PLATA PARA TORBADO
La edición de plata recayó en Jesús Torbado por En el día de hoy , una ucronía sobre la guerra civil, que hacía ganar a los perdedores, respondiendo a la inquietud del momento sobre el destino de España sin los cuarenta años de Franco. Los republicanos ganan la guerra, Azaña y Negrín se retiran a Francia, Besteiro preside la república y Prieto es jefe de gobierno, con Alberti ministro de Cultura. Por el otro bando, Franco se refugia en la Cuba de Batista, donde escribe el serial Por qué perdimos la guerra para la revista americana Life, mientras sus partidarios se incorporan a las órdenes de Hitler o Mussolini, Ridruejo es fusilado, el castillo de la Mota alberga un burdel y el cardenal Gomá cría tórtolas. Conduce el relato Hemingway, que prepara el libro Madrid era una fiesta . La novela termina con la invasión de los nazis por Bayona. El relato exhibe el pesimismo habitual de Torbado, la ironía corrosiva y su testimonio sobre el desamparo de los pobres, al margen de quien gane las batallas. También su anticomunismo y rechazo de la deriva catalana. Aquel año lo acompañaron en el podio Alfonso Grosso, con una de sus novelas policiacas, y el político Ramón Tamames, con su delirante ‘Historia de Elio’.
JAQUE A LA DAMA
Seis después, lo obtuvo Jesús Fernández Santos, el olvidado novelista del Curueño, sin que la flauta de los millones volviera a sonar por aquí. Sólo Guerra Garrido fue finalista en 1984 con la epopeya berciana El año del wolfram. ‘Jaque a la dama’ (1982) vuelve al universo realista de su autor con una historia femenina que discurre apresurada entre la infancia segoviana de Marta, su estancia italiana durante la segunda guerra mundial, donde le matan por error al marido, y el regreso ya viuda a España, para vivir recluida en su jardín provinciano. Esta novela fue el primer título de su autor, después de la larga convalecencia que lo apartó de la crítica diaria de cine en El País, y revela una evidente precariedad expresiva. Anclada entre dos novelas mayores, como ‘Extramuros ’ (1978) y Cabrera (1981), su logro más notable es la figura protagonista, una mujer que digiere años de sufrimiento y renuncias, consumiéndose sin otro anhelo que la supervivencia. Un personaje cuyas vivencias quedan en atisbos, como el propio vuelo de la novela, una de las más flojas de su autor.