POESÍA
Donde el consuelo no hallará nunca día
CUANDO TODO ES YA PÓSTUMO Ángel García López Castalia, Madrid, 2016. 72 páginas.

E n 2009 apareció la Obra poética de Ángel García López (Rota, 1935) en tres volúmenes: más de veinte libros salpicados de importantes premios y reconocimientos, como A flor de piel (1970), Mester andalusí (1978) o Memoria amaga de mí (1983), a los que se une el poemario que, por decisión del poeta, quiere ser el que concluya su producción: Cuando todo es ya póstumo.
El primer libro de García López fue Emilia es la canción (1963), y este último va dedicado «Para Emilia, in memoriam», lo que nos guía en la lectura desde el primer poema, en el que se evoca una figura joven y «el gozo de la vida» en una naturaleza lujuriante de aulagas, vides, alerces, adelfas, enebros, acacias y pájaros. Pero todo ello brota de la memoria y la evocación de «un cuerpo del color de la nieve» que esplendía en la naturaleza fragante. La música que suena es una canción lejana, la de «su muerte, sin olvido», en lucha la memoria por rescatar su figura «en el aguacero de las desolaciones». El poemario, pues, convoca la figura amada en el fervor de una naturaleza celebradora y participativa. Todo parece contribuir a dar al poema un aroma de belleza y armonía: el cuerpo joven, el entorno esplendente, un léxico exultante y una potencia rítmica vertida en largos versos de base heptasilábica. Pero todo aquello es memoria y figuración, aunque el poeta intente vivificar el pasado, bien es verdad que desde «las fuertes quemaduras de las desolaciones», desde el amor y el dolor mancomunados. El camino hacia la belleza poética se traza desde la herida, desde la pérdida. Y el dolor es tan fuerte y extenso que toda la naturaleza parece conmovida o, como escribe el poeta, «abarca el aire entero». Pero a la vez, ese dolor tiene espacios acotados, como la casa que fue gozo y hoy es ruina, real o sentimental.
A medida que avanza el poemario, los signos del dolor y la desolación van siendo cada vez más sombríos y acuciantes, y la tonalidad de honda tristeza se va intensificando. A la vez el poemario va derivando hacia la meditación, con interrogaciones sin respuesta en las que resuena el ubi sunt ? tradicional: «¿Qué se hicieron tus labios, aquella luna joven...?». El final es estremecedor, oración funeral y planto. Ella daba vida a la palabra del poeta. Con su muerte se apaga también la palabra, que «conclusa, sepultada en lo mudo, es ceniza contigo». Apena que poesía de tan elevada belleza no siga abriendo nuevos ángulos de luz sobre el mundo.