Diario de León

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Cazador de relámpagos

JUAN CARLOS MESTRE (VILLAFRANCA, 1957), QUE AYER CUMPLIÓ LOS 60, OFRECE UNA TRAYECTORIA POÉTICA QUE ROMPE CON LA COSTUMBRE, SEDUCIDA POR LOS DESTELLOS DE LA IMAGINACIÓN. SUS VERSOS, SEMBRADOS DE INDAGACIONES Y METÁFORAS, TIENEN POCO QUE VER CON LA HORMA CANÓNICA DE UN GÉNERO CONSTREÑIDO EN SU DESPLIEGUE.. divergente

Juan Carlos Mestre

Juan Carlos Mestre

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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E l hijo del panadero de Villafranca del Bierzo, que atisbó en la bicicleta de su padre la metáfora de una utopía, recibió siendo adolescente un encargo del porvenir que lo confinó de por vida en el santuario de las palabras. La encomienda se la dejó en la panadería, envuelta en un hatillo de estraza con bramante, el poeta suicida Gilberto Núñez Ursinos, una clara mañana de mayo de 1972. Aquel legado de media docena de libros rasgó como un relámpago su desconcierto adolescente ante el estupor de la muerte. Luego, el tiempo fue agitando las hojas del tupido censo de escritores de su pueblo. Cuatro años antes había muerto en Vigo el quebradizo Ramón González Alegre, celebrado más tarde por el Instituto de Estudios Bercianos con Ferrín en el Bierzo. Cuando ya el tiempo había apagado algunos de sus excesos más peregrinos, como aquel reclamo de «la dialéctica del combate a puño limpio» con Neruda, despreciando de paso, por tibia y condescendiente, la respuesta rimada de Leopoldo Panero. Pero la lluvia generosa del Bierzo trajo una piadosa desmemoria. Más tarde, se fue el artista Norberto Beberide, en 1991, que también anduvo por París y Madrid hasta su reclusión confitera en Villafranca, donde devanó su talento entre expediciones espiritistas e inventos gremiales para hacer más tentador el goloso arte de la confitería. A los dieciocho años había ilustrado las ediciones parisinas de Ramón Gómez de la Serna, a la vez que dibujaba carteles para bailarines de éxito junto al Sena. Cuando Mestre se fue a vivir a Chile, practicó con el poeta su capacidad precognitiva, respondiendo con minucia y al detalle sus cartas andinas antes de recibirlas. Y luego, sucesivamente, se fueron yendo Ramón Carnicer, en 2007, y Antonio Pereira, en 2009, los tutores literarios villafranquinos de Juan Carlos Mestre, que dejaron a Antonio Gamoneda como guardián y faro de sus afanes.

POESÍA DE LA CONCIENCIA

Precisamente uno de los libros del legado de Ursinos antes de suicidarse fue Sublevación inmóvil, el libro inaugural de Gamoneda «que pide la justicia y la belleza». Aquella entrega le acercó la multitud de acogidos en su habla, los antepasados de una de las más bellas figuraciones de la verdad. También fecundó su compromiso ético con la existencia de los más débiles y la desobediencia insurgente de los discursos de orden y razón. La conciencia como un lugar abierto veinticuatro horas para hacer, poema en mano, reclamaciones al mundo.

El encuentro con la poesía alejó a Mestre de su destino familiar como panadero, que fue el oficio de su padre. El abuelo materno era sastre. Estudió Ciencias de la Información en Barcelona y en 1981 publicó su primer libro: Siete poemas escritos junto a la lluvia. Por entonces, militó en la urgencia por dar carpetazo a la dictadura y en 1979 se embarcó en una candidatura de izquierdas en Villafranca del Bierzo. Un gesto que costó al padre el rechazo a los panes de su esfuerzo. Aquel fue, sin duda, el hachazo más cruel a los anhelos del incipiente poeta. En 1983 vio la luz en León La visita de Safo, finalista del premio Provincia, y a comienzos de 1986 su tercer libro: Antífona del otoño en el Valle del Bierzo, galardonado con el Premio Adonais 1985. Para entonces, el amor y el compromiso lo habían llevado ya a un Chile asolado por la dictadura, donde dio suelta a su mano prodigiosa para el arte, a la vocación musical y a su fascinante oficio de juglar.

En su estancia chilena publica Las páginas del fuego (1986) y al regreso obtiene el Premio Gil de Biedma con La poesía ha caído en desgracia (1992), notablemente aumentado y enriquecido en su edición de 2014. Un libro que muestra su irritación con la poesía como decorado y trampantojo. Una estancia romana, como becario de la Academia de España, propicia su sexto libro: La tumba de Keats, distinguido con el Premio Jaén 1999. Un hipnótico poemario sobre el romántico inglés de origen muy humilde que murió tuberculoso con 26 años en la Piazza di Spagna. Una secuencia de versos largos, sinuosos y acribillados de metáforas bombardea al lector con su catarata de sugestiones. Años después, ve la luz Cuaderno de Roma (2005), libro de artista que recoge ilustraciones realizadas durante su estancia romana, como versión gráfica del poemario. Mestre ha acompañado con sus grabados poemas de Gamoneda, de Parreño, de Rojas, de Riechman, de Diego Valverde y de Pérez Estrada y ha puesto poesía a dibujos de Álvaro Delgado y otros artistas. Con el podemita Monedero hizo insumisa a Cenicienta y también interviene como músico en conciertos y grabaciones de Amancio Prada, Luis Delgado o José Zárate. Además, preparó antologías de la poesía chilena (Informe para extranjeros, 2001), de Ledo Ivo (2001) y de Rosamel del Valle (La visión comunicable, 2001).

El culmen de su obra madura le llega con La casa roja, galardonado con el Premio Nacional de Poesía en 2009, y La bicicleta del panadero (2012), distinguido por la Crítica con su premio como mejor libro poético del año en lengua castellana. Versos caudalosos y magistrales que apenas esconden la solemne prosodia que ennoblece el alma del universo. Estos logros lo convierten en el primer escritor leonés de su generación, a la vez depositario del ímpetu creativo de una villa que durante años careció de equipo de fútbol pero siempre lució una selecta cuadrilla de poetas, artistas, músicos y tunantes.

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