poesía
Videntes desvelando las sombras
la piel es periferia José García Obrero Premio Ciudad de Burgos, Visor, Madrid, 2017. 72 pp

T odos hemos vivido ese momento dulce en el que la casa no conocía la muerte, porque en ella nadie se había ido, hasta que, de súbito, llegó «un giro brusco: / la luz blanca / y el primer golpe / y un ruido / de engranajes / y esta penumbra». Fue cuando supimos lo que era la muerte, que nos obligó a vivir en la penumbra, en esa débil sombra que separa el vivir del morir. Tal es el motivo del poema inicial de La piel es periferia, de José García Obrero, nacido en Cataluña y residente en Córdoba desde 1997, el cual parte de realidades cercanas para dotarlas de significados que trasciendan el mero hecho de, por ejemplo, comprar una casa, porque esta supone resguardo, protección, calor, permanencia y descanso, con versos acaso desasosegantes: «Hemos comprado una casa para ver al fracaso / pasear su perro cojo alrededor de la fuente; / para escuchar cómo se aleja la gran oscuridad». Del mismo modo, otro poema ofrece la visión de un cielo blanco al que apunta el «gran baile de lanzas» de los postes de la luz, las farolas y las antenas parabólica, hasta que la noche cubre el mundo «y ya solo murmura la raíz de las voces: / las del mar y la tierra llamando desde abajo / para que no olvidemos dormir entre semillas», versos que establecen otra penumbra entre lo que somos y aquello a lo que aspiramos. Los poemas de esta primera parte nos sitúan en un límite entre lo que tenemos y lo que nos espera, lo que somos y lo que soñamos, una línea frágil entre lo íntimo y lo de fuera, el vivir y el morir en última instancia.
La segunda parte lleva el mismo título del poemario, La piel es periferia . Más joviales, los poemas proponen una visión inesperada de las cosas. Año cero, por ejemplo, fantasea un mundo horizontal porque todo lo vertical ha sucumbido y quedado reducido a vacío, recorrido por un viento enfermo. La tercera parte del poemario, finalmente, poetiza la búsqueda de la poesía y su encuentro con ella: «Un día apareció revelándose / despacio como el sonido de los bares al amanecer» y fue ya «una mujer, un amor, una fe: esta certeza». Son poemas en los que la realidad de fuera sirve de metáfora a la del alma: estirar los cuerpos junto al río, por ejemplo, acariciados por el céfiro, sintiéndose «videntes desvelando las sombras», buena imagen de la labor del poeta, que en el último poema la entiende, con sugestiva imagen, como hacer fuego, conservarlo, entregarse a él y entregarlo a los demás antes de irse.