Diario de León
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nacho abad
León

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H ace ya más de diez años, ante a un grupo exiguo de poetas, en una charla en un café, el poeta Tomás Sánchez Santiago, explicando las claves de su literatura, aludió a un fenómeno lingüístico que había experimentado durante sus años de estudiante. Para él, la palabra «género» cambiaba de significado a lo largo del día. Durante sus clases, por la mañana, el género era una categoría gramatical; por la tarde, mientras ayudaba en el negocio familiar, el género pasaba a ser el nombre de las mercancías que recibía y despachaba; mientras que al anochecer, el género se convertía en el modo en que estaban clasificadas algunas de las novelas que leía antes de dormir.

Esta historia que quizás el tiempo haya versionado en mi memoria, podría ser el discurso poético que mueve a Paterson, el poeta que Jim Jarmusch ha imaginado conduciendo el autobús 23, Paterson, por las calles de su ciudad, Paterson. Aquí las personas y los objetos están repetidos. También los diálogos se repiten, pero nunca son el mismo. Sus palabras casi idénticas significan otros mundos. El mismo poema que una cría lee al protagonista en la estación de autobuses suena distinto cuando él, de camino a casa, lo rememora. Y por la noche, al recitárselo a su mujer, es ya otro poema: ahora ya le pertenece a él.

(Lo que sigue contiene spoiler). Hay una escena en la que, como en una obra de Ozu, se filma lo invisible, el viraje que realizan las palabras. En un bar, un hombre armado amenaza a la mujer a la que dice amar. La mujer le rechaza y él se lleva la pistola a la cabeza. Paterson se abalanza sobre él y le arrebata el arma. Descubren que era en realidad un juguete. Eres un héroe, le dice la mujer a Paterson.

Pero ¿qué significa héroe, esa palabra, después de desprender a un hombre de su arma de juguete? El poeta como el héroe debe su condición a una circunstancia ajena a él. Este último a la existencia de un peligro verdadero. El primero, a cumplir la promesa que Paterson hace a su mujer: realizar copias de los poemas, es decir, publicar su obra. Si el arma es un juguete, o si la obra permanece inédita, todo se convierte en un chiste del que solo queda excusarnos. Como quien culpa al perro de comerse los deberes.

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