poesía
Hablemos de miserias
oscuras epopeyas Ángel Fernández Benéitez Semuret, Zamora, 2016. 86 páginas.

E stamos ante un libro diferente a los que conozco del poeta zamorano Ángel Fernández Benéitez. Los poemas de Blanda le sea (2010) son de tonalidad melancólica y de reposada meditación; los de Memoria del ave encanecida (2016) disfrutan de la levedad de la canción. En cambio, Oscuras epopeyas , escritas entre 1995 y 2015, es un poemario airado desde el rotundo comienzo: «Hablemos de miserias». Como subraya el prologuista, Manuel Enrique Ferrero, el poemario refleja «la realidad sombría de la frustración, la derrota desnuda, la petulancia exhibicionista, los bajos fondos, el amor entre ardores guerreros, la orfandad del alma mordida, el infierno portuario de la nada, el amor en su precipicio, el deseo del vigor ajeno». El poeta prescinde de la tonalidad amable en favor de «la rabia acuartelada en el estómago», que fluye a través de la sátira acerba y la palabra directa.
Estas Oscuras epopeya s son poesía a la contra: contra la represión de los deseos desde una adolescencia adoctrinada en la contención, aunque por dentro arda de pasión; contra la estafa, el engaño y la promesa fácil; contra la superficialidad del que cuenta por largo sus viajes, cuando en verdad ha estado ciego, atento sólo a las cien mil fotografías que fue sacando; contra el depredador sexual, a modo de la araña que pacientemente espera la presa, sin darse cuenta de que «convertido en araña cada tarde / el tiempo le devana las entrañas»; contra el soberbio, porque se satiriza el vicio encarnado en alguien...
Destacan algunos poemas: Un bebedor de ron rellena un crucigrama se titula uno de ellos; el bebedor de ron lo hace en soledad, con un gran vacío interior, mientras el poeta fantasea para él una vida de aventuras en el mar; Los amantes prohibidos es un poema en el que el recelo y el miedo hacen de la sábana que separa los cuerpos una frontera infranqueable alzada por «púlpitos y rezos y mandamientos hondos», por una educación de prohibiciones, sin cauces al deseo. El corredor y el caminante exhala aromas de fino erotismo. Los más cordiales son los poemas dedicados a la madre y al padre respectivamente. La decrepitud de la madre origina un poema agrio y tierno a la vez; el dedicado al padre es una elegía entrañable, cuajada de melancólicas y tiernas evocaciones. Salvo estas dos composiciones, las demás respiran por la vena satírica. «No es un discurso / que aspire a titularse poesía». Lo es, pero de lenguaje directo y crítico y airado cuando es preciso.