Los hilos del tapiz editorial
■ Son grandes autores a quienes la vida ha metido a editores. José Manuel Trabajo, Tomás S. Santiago y Alberto R. Torices fueron cocineros antes que frailes
Tres escritores discuten acerca de los límites que debe respetar el editor, de las destrezas que le convierten en una figura indispensable, de su capacidad para aumentar la calidad literaria y de lor peligros que entraña el mercado

Tomás Sánchez Santiago, José Manuel Trabado y Alberto R. Torices en el despacho universitario del segundo de ellos. f. otero perandones
También el libro está en crisis, como todo. El estallido de la revolución digital ha hecho que sean muchos los que creen que la literarura cambiará al cambiar de formato. Tres ‘cuidadores’ de libros: Alberto R. Torices (descubridor de este feliz epítome), Tomás S. Santiago y José Manuel Trabado discuten sobre el tema, uno de los grandes de nuestro tiempo. Lo hacen con generosidad, poniendo el énfasis sobre categorías que la velocidad de un mundo cada vez más centrado en los algoritmos y menos en los conceptos fundamentales ha esquinado. Cada una de las reflexiones de estos tres escritores explica la manera de dar marcha atrás en la irrelevancia cultural de un mundo que funciona al ritmo de bits de sonido.
Destaca el autor de Calle Feria que el libro —como tal— se ha hecho un material subsidiario de mero alcance industrial, con lo que hay que abaratarlo con el pretexto de que lo importante es el contenido. «Incluso yo he oído que debe ser potencialmente reciclable, en aras de esa mística ecológica que nos invade», destaca y añade que en ese proceso de «liquidación y derribo», el libro se ve ya como un simple envase que, como todos los envases, debe abaratarse y eliminarse sin demasiado duelo.
En cuanto a los editores, Sánchez Santiago lamenta que han ido extralimitando sus funciones hasta pisar el terreno del propio autor. «Existe en ciertas editoriales, por ejemplo, la figura del ortocorrector, que es quien adecúa un texto original a las líneas maestras expresivas que rigen una colección. Todos sabemos que el editor va convirtiendo las palabras del escritor en cifras, a medida que va leyendo su obra manuscrita. Y es comprensible, pues es él quien se juega los cuartos. Pero dañar al texto, enmendarlo sólo por razones de tipo económico…». El escritor considera que, en cambio, son mucho más cautelosos a la hora de hablar de las características formales del libro: páginas cosidas, cubierta dura, espacios generosos…
En lo referente a la irrupción de Amazon, defiende que aún tiene que haber una larga convivencia entre los métodos tradicionales y la competencia digital. Es cuestión de costumbre entre la gente. Visitar una librería, perderse por sus pasillos, encontrar allí cómplices lectores, ir a buscar un libro determinado y encontrar otros dos que no esperabas (y que son los que al cabo te llevas, en vez del previsto…), eso es parte importante de un ceremonial que se pierde en el mundo digital, más eficaz, sí, pero menos sugestivo, sin cercanía.
Tomás Sánchez Santiago asegura que el autor trabaja como puede, en su personal intemperie y sin demasiadas expectativas de lo que acabará haciendo. «En esa soberanía jamás puede entrar nadie», y añade con humor que, en todo caso, toda intromisión deberá recibirse como una visita «a deshora». En cuanto a lo que diferencia las editoriales literarias del resto, el escritor defiende que «la comunión necesaria entre las palabras y su disposición en el espacio de la página». Para el autor, abrir la primera página de un libro de poemas o una obra de teatro es ya entrar en un mundo que nos arrebata desde ese momento. «Es como cuando una película comienza con compases musicales que preceden a la primera imagen en la pantalla. Una página de respeto, luego la portadilla, luego una dedicatoria y una página más en blanco… es como irse alejando en una barca con golpes de remos hacia el lugar al que el autor y el editor nos conducen para dejarnos solos ahí, frente al puro texto».
Sin embargo, sus palabras se vuelven algo más vehementes cuando se refiere a la labor de corrección del editor. «El ejemplo del título como reclamo que debe cambiarse es algo que hemos sufrido en mayor o menor medida todos», y añade que pueden discutirse elementos como determinados pasajes o un relato que no funciona bien junto a los demás. «El editor tiene derecho a ser ese primus lector que habla en nombre de algo más que de sí mismo, siempre que sus pareceres no provengan de un mero interés ventajista, de defender la imagen de su editorial frente a los valores del lenguaje que el autor le expone en su texto».
En suma, para Sánchez Santiago, el libro sigue siendo ese artefacto de increíble perfección, capaz de colmar con su discreta apariencia las aspiraciones de todo lector. «Seguimos en una era Gutenberg, que avanza al lado de propuestas de otra naturaleza que hay que aceptar sin reservas, desde luego, pero con las que, como decíamos antes, se ha de convivir bastante tiempo, tal como el coche con motor de gasolina y el coche eléctrico. Y así seguirá siendo por muchos motivos, uno de los cuales sería también de tipo económico, porque ¿cómo desmantelar una industria poderosa que basa aún sus exportaciones en el libro de papel?».
Objeto a conservar
Por su parte, Alberto R. Torices rechaza que la edición de libros se haya degradado hasta el extremo de convertir al libro en un producto de usar y tirar. Cree, en cambio, que la mayor parte del público lector sigue considerando al libro, incluso en sus ediciones más modestas, un objeto que merece ser conservado. «Sí advierto en cambio, en algunos casos, una penosa renuncia a elementos esenciales de calidad como son los acabados dignos o el adecuado tratamiento de los textos. Renunciar a esos mínimos esenciales degrada el libro, en efecto, y llega en ocasiones a suponer una falta de respeto, además de una estafa, al lector», defiende. El escritor que, entre otros libros, ha editado Antología de la poesía espectacular, de Yago Ferreiro, asegura que la corrección de los textos es una fase imprescindible en la edición de un libro. «Todo manuscrito alberga alguna falta, alguna errata, por discreta o modesta que sea. En mi experiencia, lo más habitual es que las faltas y erratas no escaseen en los originales, y en ese sentido supondría una grave dejación de responsabilidades limitarse a volcar el texto al formato del libro y darlo a imprenta», defiende. No obstante, Pero es cierto que editar un texto implica mucho más que eliminar las faltas y erratas. Implica sumergirse en él y conocerlo a fondo, para llevarlo después al formato del libro y presentárselo al lector del modo más acertado posible. Hay también casos no excepcionales en los que convendría que el editor, una vez valorado el original y aprobada su publicación, analizase con el autor las posibles lagunas o defectos, lo que le falta o le sobra al libro. En este sentido, el editor debe desarrollar una fina capacidad de penetración en la obra, y acertar con un difícil punto medio, equidistante entre la permisividad y la intromisión en el trabajo del autor. Torices considera que hay que volcarse en el manuscrito, «cuidarlo y nutrirlo», al tiempo que precisa que cada proyecto es diferente y que mientras en algunos casos es necesario respetar de manera íntegra los postulados y el trabajo del autor, en otros hay que remangarse y cavar. «Yo, como autor, para nada quiero tener el codo del editor pegado al mío, en absoluto; pero tampoco quiero que se desentienda de mí», afirma. Para Alberto R. Torices, el editor debe ser una persona formada y sensible, inteligente y respetuosa, capaz de inducir mejoras sin que eso suponga una merma de la creatividad del autor.
El escritor considera que la corrección de estilo debe ser un práctica marginal y asegura que si un texto requiere demasiados cambios hay que plantearse dejarlo de lado: «Si se trata de un autor que, por ejemplo, usa mal las preposiciones o no acierta en la conjugación de los verbos, en mi opinión no hay que corregirlo; directamente no hay que publicarlo», defiende, al tiempo que sugiere que en un caso como ese no es tanto un problema de estilo, sino de conocimiento del lenguaje. Lo mismo opina de aquellos textos que no agradan al editor. «Creo que un editor sólo debe publicar obras que, ya en el primer momento, el de la valoración del manuscrito, le hayan seducido e incluso enamorado. A partir de ahí, se pueden sugerir o plantear posibles mejoras; pero no, para nada, corregir el estilo, puesto que un autor es esencialmente su estilo», subraya. Asimismo asegura que a él, como autor, le costaría mucho aceptar que un editor corrigiera su estilo; «Me resistiría, lucharía por cada coma», dice. En cambio, reconoce que como preparador de textos, en más de una vez he tenido que «empalmar tubos y ajustar tuercas en subordinadas que se atascaban, o poner un poco de orden en las concordancias de género y número».
En cuanto al tipo de libros que se editan, el escritor considera que en la mayor parte de los casos se cumple la máxima de que menos es más. «En el plano estético, enseguida se pasa de lo elegante y comedido a lo recargado, a lo excesivo; lo justo y lo sobrante lindan puerta con puerta, y en cuanto te descuidas, te pasas», asegura. A pesar de esta afirmación, Torices reconoce que en el plano opuesto hay ediciones tan pobres y desatendidas que, a su juicio, producen lástima. Para él, en estis casos hay que hablar de cicatería editorial. «Sucede lo mismo en el plano de los contenidos: yo creo que sobran muchos prólogos e introducciones, acaso la mayoría, del mismo modo que sobran esos marasmos de citas y esas dedicatorias torrenciales, elementos que acaban formando una costra o excrecencia que sepulta a la propia obra».
En cuanto al cambio que ha introducido el mundo digital, el autor de de Sacrificio o Los sueños apócrifos destaca que el libro de papel respeta al lector de un modo que no lo hace el de plasma. Admite que la lectura en pantalla activa mecanismos cerebrales diferentes a los que estimula el libro impreso y subraya que hay además una cuestión de tiempos, de ritmos: «En Internet se trata de ir rápido, de hacer clic, clic, clic sin parar. Si un texto es demasiado largo, se lee en diagonal, es decir, no se lee. La página en papel te concentra, la página virtual te dispersa. Después de una hora de lectura, en tu cabeza se ha formado un nudo de conocimiento, una mirada precisa y serena sobre una parcela del mundo, y es muy probable que te sientas satisfecho, contento del libro y de ti mismo; después de una hora de internet, en tu cabeza hay un tremendo barullo, y lo más probable es que te sientas agotado, hecho un lío y un poco culpable por el tiempo que has perdido», argumenta.
Por su parte, el profesor José Manuel Trabado, nuevo director del servicio de publicaciones de la Universidad, destaca que hablar del universo del libro es hablar de algo heterogéneo en el que se mezclan prácticas e intenciones muy diversas. Defiende la existencia de cierto consumismo, si bien no lo considera un fenómeno preocupante. Más bien al contrario, Trabado, que subraya que ese es precisamente el fenómeno del bestseller, lo califica de «válido» por su capacidad de atrapar a un gran número de lectores y encerrarlos en una «burbuja imaginaria». «En casos así prima más el contenido que el propio continente y podría verse asociado a esa idea de usar y tirar, aunque prefiero otra expresión como leer y olvidar», afirma. Sin embargo, cree que hay editores cuyo mimo por el libro llega a la obsesión y se fijan en detalles que, en ocasiones, pueden pasar inadvertidos al lector común. «Esa labor de orfebrería editorial valora no sólo el contenido sino el soporte material del libro concebido como un objeto valioso y necesario para dignificar al texto».
Editor entusiasmado
Trabado defiende que el editor debería pensar qué quiere compartir y ofrecer a sus posibles lectores. «Me gusta pensar en él como un lector que tiene la suerte de poner en manos de otros lectores libros que le entusiasman. Visto así, tiene algo de romántico», precisa. Para el profesor, la tarea de editor no tiene tanto que ver con la corrección de textos como en saberse rodear de personas con destreza técnica para concretar el proyecto de editor: diseño de colecciones, plan editorial, filosofía editora, tiradas, posibles mercados, tipos de lector a los que pretende llegar, etc.
Habla de uno de los peligros más acuciantes que tiene el mundo del libro: la voracidad de Amazaron que, a su entender es un poder oculto que va eliminando una red cultural y que puede concretarse en la progresiva desaparición de las librerías. «A todo ello se suma la ¿amenaza? de lo digital y el enorme seísmo que conlleva en las prácticas de distribución, política de precios, etc. que alteran no solo lo que entendemos por industria del libro o el concepto de libro sino la misma forma de leer, que es manifiestamente diferente en un entorno digital», explica. En este sentido, uno de los autores que con más sensibilidad ha analizado los significados de la novela gráfica, considera que no implica de la misma manera al lector la obra en digital. «Leer en papel presupone la posibilidad de parar y levantar la cabeza; rumiarlo todo un poco, encontrarse con uno mismo, dedicarnos un tiempo a nosotros mismos», argumenta, mientras defiende que hacerlo sobre una pantalla es algo más impersonal. «Además lo digital siempre instaura una salida de emergencia para visitar otros textos; es como si se nos invitara a una fiesta pero se nos dejara siempre esa puerta abierta para que nos molestásemos mucho tiempo». Pesimista acerca del futuro que nos promete el acceso al conocimiento a través de la pantalla, José Manuel Trabado afirma que somos recolectores de fragmentos de información. Defiende además que los textos se convierten en hipertextos: «nos atrapan con la promesa un paraíso informativo pero nos condenan con la sed infinita de un comportamiento errático». El profesor compara esta manera de asunir conocimientos con la que el ser humano tenía hasta hace pocos años y reflexiona acerca de como la lectura era el rito de la lentitud, de la reflexión, mientras que ahora se parece más a algo dictado por la velocidad y el consumo de datos.
José Manuel Trabado sostiene que el libro ha de encontrar —«si quiere seguir existiendo»— unas marcas que sean intraducibles a un lenguaje digital, y explica que sus texturas, volúmenes, lo puramente material de su confección debe entablar un diálogo con los sentidos. Así, explica que las ilustraciones siempre han existido en los libros — «uno casi no puede imaginar ciertos clásicos sin el poder de las ilustraciones que han traducido icónicamente su potencia literaria»— y defiende la gran oportunidad que supone volver sobre las historias para darles una voz nueva, aunque esta voz venga del aspecto gráfico. «Un libro es así inagotable y sus sucesivos ilustradores dan fe de ello. Pensemos en Frankenstein ilustrado por Bernie Wrightson o ilustrado por Lynn Ward. Me quedaría con ambos, ya que ambos amplían y enriquecen el texto de Mary Shelley. El lector tiene una fuente de placer múltiple e inagotable en esa simbiosis de lenguajes», afirma.