Le Big Mac
Dislexia
E scribo tan deprisa que no entiendo mi propia letra, pero no importa, porque quiero contaros algo. Acabo de leer en un dominical una entrevista a una investigadora que ha desarrollado un programa capaz de detectar la dislexia en pocos minutos. Ella se llama Luz Rello y hace un llamamiento a las personas disléxicas: salgan ustedes del armario, porque los niños con esta dificultad necesitan ejemplos de gente normal, de personas que hayan satisfecho sus objetivos a pesar de la dislexia. Yo soy disléxico y aunque no creo que esto lo vaya a leer ningún crío, lo mismo tenéis una hija disléxica, o un alumno. O algún familiar, como mi amiga Míriam, que tiene un sobrino que escribe el número cinco al revés. Yo escribí muchas veces el cinco al revés, y cuando dejé de hacerlo, no lo vio ningún profesor, porque ya me habían desahuciado para siempre de las aulas, y pasaba las horas castigado en el pasillo, junto a otros niños incómodos. No tuve la suerte de tener ningún maestro memorable (los que no eran mediocres, fueron siniestros), pero mi padre y mi madre me convencieron de que tener doce años y no saber escribir no es ningún problema, si quieres ser escritor.
Dice Luz Rello que ella memorizaba los libros para simular que los leía. Yo, al llegar a casa, los abría e imaginaba su argumento. Me los inventaba. Odié mi dislexia muchos años. Era mi castigo. Me alejó de mis compañeros, de mi infancia. Hasta que comprendí que no era una tara terrible, sino una mecánica misteriosa. Y ahora sé que sólo escribo gracias a sus procesos, porque aprendí temprano que las palabras me son extrañas, y casi siempre adversas, que es una buena lección para comenzar a escribir: escribo porque a veces el hemisferio izquierdo de mi cerebro seduce al derecho, y así uno puede entender lo que se dice. Me deshice de todos mis cuadernos del colegio, pero recuerdo que en alguno, algún profesor escribía: «No se entiende nada». Mi madre lo leía y me consolaba: «No se entiende la letra, hijo, pero sí el mensaje. Al revés de lo que le pasa a tu profesor». Aún no se entiende muy bien mi letra, y muchas veces tampoco el mensaje.
En cualquier caso, éste es para Luz Rello, el sobrino de Míriam y para todos los niños a los que expulsaron conmigo.