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EL JUEVES 15 SE CUMPLIÓ EL CENTENARIO DE JUAN ITURRALDE (1917-1999), SEUDÓNIMO DE UN «UN ESCRITOR NACIDO EN UNA CIUDAD DEL REINO DE LEÓN», COMO JUGÓ A DESPISTAR EN LA SOLAPA DE SU PRIMER LIBRO, EN 1975. EL ABOGADO DEL ESTADO SALMANTINO JOSÉ MARÍA PÉREZ PRAT LOGRÓ CON ‘DÍAS DE LLAMAS’ (1979) UNA DE LAS MEJORES NOVELAS DE POSGUERRA. divergente

El salmantino José María Pérez Prat, que firmaba como Juan Iturralde

El salmantino José María Pérez Prat, que firmaba como Juan Iturralde

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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C uatro años antes, en el verano de 1975, había publicado en Barral un volumen con dos novelas breves: El viaje a Atenas y Los labios descarnados . Su amigo Alberto Oliart le echó una mano para que Barral incluyera el libro en su catálogo, entre dos novelas de autores leoneses: Celia muerde la manzana , de María Luz Melcón, y También murió Manceñido , de Ramón Carnicer. A pesar de una calidad literaria inusual, este estreno pasó inadvertido, hasta la irrupción de Días de llamas (1979), que le publicó Rosa Regás en La Gaya Ciencia con el respaldo decidido de Juan Benet. Esta novela sobre la guerra civil había pasado antes por la Alfaguara de Salinas, pero Iturralde no quiso aguantar demoras. Para entonces, acumulaba una trayectoria inédita con tres novelas guardadas en la gaveta (La gran algarabía , sobre la guerra; Aventuras de Juan Davalillos , novela de piratas; y Todos los días , de ambiente canario), sólo rota por dos cuentos publicados en 1958. Su novela Lázaro , finalista del Sésamo 1958, la redime en 1975 con un verso de Keats: Los labios descarnados . El acecho de la muerte lleva a una revisión profunda de su actitud vital cuando recibe invitación para unas charlas en Estados Unidos. El viaje en barco y un accidente durante la travesía hacen revivir a Lázaro su dramática experiencia en la guerra, indagación que afronta con la congoja y los miedos de sufrir un cáncer de próstata.

LETRAS CON SEUDÓNIMO

El seudónimo de Iturralde es un homenaje a su bisabuelo, autor de En Navarra , novela decimonónica sobre la guerra carlista, y lo usó como protección hasta 1987, cuando cierra la segunda edición de Días de llamas con una nota autobiográfica que desvela el enigma de su identidad. La muerte prematura de su padre en accidente de automóvil obligó a la familia a recogerse en Ciudad Real, donde tienen algunas propiedades. Son siete hermanos que viven en casa con la joven madre viuda y cuatro tías solteras.

Después de un bachillerato ambulante (Salamanca, Madrid, Ciudad Real), estudia Derecho por libre y se implica en la política republicana a la contra, como miembro destacado de las juventudes requetés. Al estallar la guerra, Ciudad Real queda en zona republicana y aunque se esconde, lo encuentran y encarcelan. De aquella experiencia, recuerda la ayuda decisiva e inesperada de sucesivos enemigos. En presidio, un miliciano lo protege y ayuda a esquivar las sacas de los paseos. Después de catorce meses de encierro, parientes militares lo reclaman y alistan en el ejército republicano como artillero, donde descubre la literatura vedada en su bachillerato con curas. De Conrad o Baroja a Valle o Kipling.

DÍAS DE LLAMAS, AÑOS DE HUMO

Con sus antecedentes, al acabar la guerra no padece internamiento, y durante el servicio militar en La Solana manchega, conoce las palizas de la guardia civil a los detenidos. De vuelta en Salamanca para presentarse a los exámenes patrióticos, oye hablar de los paseos franquistas, mientras observa frecuentes injusticias por razones ideológicas. En Salamanca cambia a los requetés por los falangistas, que parecen más abiertos, y en 1942 se convierte en abogado del Estado. Trasladado a Las Palmas, rompe a la vez con los azules y con los curas, por rechazo y repugnancia al maniqueísmo. En Las Palmas se casa y se dedica a escribir, vinculado con intelectuales como Pedro Lezcano (1920-2002), que años después llegará a presidir el cabildo grancanario, pero siempre manteniendo la distancia y cautelas obligadas por su desempeño profesional. Ya entonces aprendió que Días de llamas sólo se podría publicar una vez muerto Franco y en El viaje a Atenas desplazó el destino del viejo luchador, que regresa del exilio para ejecutar unos atentados, desde Barcelona a la capital griega, para evitar las tijeras de la censura. Aunque Iturralde reitera y actualiza la escritura de sus libros narrativos sin descanso, de manera que tanto Labios descarnados como El viaje a Atenas aparecen contextualizadas en el paisaje político de los setenta, con referencias a Nixon y el Watergate, al conflicto irlandés, a la primavera de Dubceck o a Salvador Allende, Días de llamas la protagoniza Tomás Labayen, juez encerrado en una cheka, donde escribe agarrotado por el frío, mientras espera la llamada para el paseo. El relato combina con destreza la angustia del encierro y los episodios del drama colectivo. Hijo y hermano de militares republicanos, Labayen se enamora de Luisa, esposa de un alto jefe político de las milicias, y contempla con apabullante sinceridad lo que pasa ante sus ojos. Es implacable con los excesos de la justicia en momentos de cambio social o histórico brusco, denunciando los excesos revolucionarios que rodean la derrota de los rebeldes en Madrid. Porque advierte la pérdida que supone para el legítimo poder republicano la arbitrariedad ejercida sin control a través de la violencia.

Antifascista y republicado, Labayen se inscribe en la imposible tercera España, ajena a los mandobles de la venganza. Leída hoy, Días de llamas se impone no sólo como una de las mejores novelas sobre la guerra civil, sino como una de las mejores novelas españolas de nuestro tiempo, a la que no pesan en absoluto los casi cuarenta años cumplidos desde su aparición. Su siguiente novela, Hans y las lluvias de abril , gira en torno al mito de Fausto y vio la luz póstumamente (2005), en edición digital.

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