juan pedro aparicio. escritor
«La verdad está en los libros, pero la mentira también»

El autor, en los jardines del Palacio de Oriente y cerca de las estatuas de los reyes hispánicos
Ha escrito Juan Pedro Aparicio un ensayo sobre España en el que muestra que el emperador está desnudo. Tal vez por eso, Nuestro desamor a España. Cuchillos cachicuernos contra puñales dorados, no ha provocado el debate que una obra de su entidad debería haber generado. En este análisis, el escritor leonés desmonta gran parte de las verdades oficiales sobre la historia que hemos aceptado evitando el juicio cartesiano sin el que la ciencia no es más que fabulación.
—¿Cuál sería la ucronía que elegirías si pudiera ser posible?
—No me voy a ir a los tiempos de Napoleón o a la Edad Media. Elegiría sin dudarlo un siglo XX español en el que no hubiera tenido lugar la Guerra Civil. Imagínate por un momento que a aquel 14 de abril de 1931, tan lleno de alegría y de esperanza que proclamó la República, le hubieran seguido muchos otros, hasta nuestros días, hasta este mismo 2017. Sería maravilloso. Una España sin exilios, sin fusilamientos y asesinatos, sin la represión de la posguerra, sin esos «veinticinco años de paz» franquista y de atosigante nacionalcatolicismo. Muy probablemente nuestra ciencia, nuestra cultura, nuestra economía, habrían dado un gran paso adelante. Se nos habrían ido para siempre algunos complejos y nuestra autoestima colectiva habría subido varios enteros. Y, quién sabe, a lo mejor hasta hubiéramos podido tener un himno nacional que se pudiera cantar y que no fuera silbado por los separatistas vascos y catalanes. Aunque esto lo veo mucho más difícil.
—Me parece un hallazgo genial tu neologismo ‘Castispaña’. Siempre me acuerdo de (creo que fue Brenan quien lo dijo) aquello de que Castilla engendró España y luego se empobreció. Yo creo que fue León el que hizo eso. ¿Qué crees tú?
—Supongo que Brenan habría leído a Ortega, esa obrita, España invertebrada, que ha sido casi un catecismo para muchas generaciones de españoles. Pero hoy esto de la Historia tiene poca virtualidad. Primero, a la gente no le interesa. Segundo, tampoco se estudia. Tercero, la de España está bastante tergiversada. Cuarto, si se intenta corregir, siquiera por un mínimo de ética o decoro intelectual, desde el cazurrismo profundo, cazurrismo español, me refiero, surgen las discrepancias y las descalificaciones. Lo cierto es que León ocupa un lugar muy importante en la historia de España, en la de verdad, no en la que se estudia en manuales y textos, algo que no ha hecho más que empeorar a partir de la constitución de esta comunidad autónoma en la que el señor Martín Villa, el leonés más poderoso del momento, tuvo a bien meternos por razones de Estado. La verdad está en los libros, pero la mentira también. Cuando sean más los libros que cuenten la verdad que los que cuenten la mentira, habremos alcanzado la madurez como nación. Hoy por hoy, la enseñanza de la historia está siendo administrada desde el poder político y este solo obedece a sus intereses de cortísimo plazo. Y es notorio que León adolece de falta de poder político. De esa debilidad se derivan la mayoría de sus males. Pero, contestando a la pregunta tan directa que me haces, te diré que en mi opinión España es una obra colectiva, de todos los españoles, aunque unos tuvieran, según el caso y la época, algo más de protagonismo que otros. El papel de Castilla se ha magnificado hasta convertirla en mito, por supuesto que a costa de los demás y sobre todo a costa de León. Es verdad que muy recientemente todo eso ha empezado a revisarse y que la nueva historiografía está poniendo a cada uno en sus sitio. Hasta ahora había estado muy contaminada de nacionalismo, un nacionalismo que en mi ensayo denomino castispañol, en el que incurrieron hombres tan valiosos como Menéndez Pidal, Sánchez Albornoz o el propio Ortega. No así don Julio Caro Baroja, cuyos libros son el mejor antídoto contra estos excesos.
—En tu libro, que mereció en el 2016 el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos, defiendes que España se asimiló a la idea cultural, social y religiosa de Castilla. ¿Empezó con Fernando III o fue posterior?
—No soy yo el que lo dice. O no solo soy yo. En mi libro me he limitado a poner en conexión los trabajos mejor fundamentados de una nueva generación de historiadores, a la manera de esos pasatiempos gráficos llamados Une los puntos, en los que mediante el trazo de una línea vamos viendo aparecer el perfil de un retrato o de un paisaje que hasta entonces permanecía latente. ¿Y qué vemos aquí? No a una Castilla libertaria y vascongada, según las ensoñaciones de Anselmo Carretero que tanto sedujeron a algunos leonesistas, sino a una Castilla que medra a los pechos de la Iglesia, robustecida y alentada desde Roma, para ser el instrumento que acabe con la política de los reyes leoneses, más sosegada y abierta respecto a los musulmanes españoles, y muy avanzada en cuanto a los derechos populares. Aquel dicho medieval «la ciudad hace al hombre libre» era verdad en el reino de León, pero no en otras partes de Europa, sometidas a un feudalismo atroz, y menos en la Francia aliada de los papas. Por eso, a la muerte de Alfonso IX, cuando Fernando III de Castilla, tras oscuras maquinaciones, es coronado también rey de León, se puede decir, simplificando, que la Iglesia toma el mando.
—¿Qué futuro se ha perdido a causa de la íntima concepción católica de Castilla?
—Todos éramos católicos, o dicho de otra manera, todos éramos iguales para el papado, pero, parafraseando a Orwell, unos eran más iguales que otros. Quiero decir que hay un momento en el que el Reino de León mantiene una política en lo relativo a derechos, a modos de gobierno, a la relación con las otras religiones, que provoca mucho recelo en Roma y también en la Francia de Cluny. Una Roma que acaba de estrenar el absolutismo de la Santa Sede al imponerse sobre los demás poderes y una Francia dominada por los señores de la guerra, aristócratas feudales con derecho de pernada; ambas, Francia y Roma, se lanzarán pronto a la aventura descomunal de las cruzadas, a las que Borges, tan conservador él, calificó no obstante de «acaso la empresa más criminal de la historia». De manera que unos poderes así no podían ver con buenos ojos la política del Reino de León, cuyos reyes se sentían por tradición primus inter pares entre los de España y se atrevían incluso a proclamarse emperadores de las dos religiones, la cristiana y la musulmana. Roma y la Francia de Cluny, a pesar de las ingentes sumas de dinero que recibieron de los reyes leoneses, prefieren un poder peninsular más acomodaticio y atento a sus intereses. Pues bien, ahí está Castilla, el reino de Castilla. Así que, cuando muere Alfonso IX, no se permite que se cumplan sus disposiciones testamentarias, y la corona leonesa pasa a ser subsidiara de la de Castilla.
—¿Cómo hubiera podido ser España de haber prevalecido las políticas leonesas?
—No puede saberse. Probablemente las cosas hubieran cambiado poco. Alfonso IX , el último rey leonés, fue un anticipador, un pionero, lo que equivale a prematuro, y los prematuros tienen menos posibilidades de sobrevivir. Pero saberlo, saber que la historia pudo ser de otra manera, no creo que le haga daño a nadie. Mientras escribía mi libro pensaba muchas veces en esos niños huérfanos argentinos que fueron entregados a familias afines al régimen dictatorial que había asesinado a sus padres y me preguntaba si les habría sido de alguna utilidad conocer la verdad de sus orígenes. La respuesta la encontré en Internet. Una buena parte de ellos reconocía que, aun queriendo a sus padres adoptivos, saber la verdad de su origen les produjo una extraña sensación de victoria. Decía Ortega, de quien tanto discrepo en el libro, y cito textualmente, que «casi todas las ideas sobre el pasado nacional que hoy viven alojadas en las cabezas españolas son ineptas y a menudo grotescas». Y, a renglón seguido, añade: «Ese repertorio de concepciones, no solo falsas, sino intelectualmente monstruosas, es precisamente una de las grandes rémoras que impiden el mejoramiento de nuestra vida». Yo no me hubiera atrevido a tanto. Creo que sus palabras corroboran lo que muchos pensamos: saber la verdad, por más que esté referida a sucesos cuya incidencia sobre la vida presente haya quedado amortizada por el paso del tiempo, puede ayudarnos a mejorar nuestra vida, aunque solo sea a la hora de tomar las decisiones más adecuadas.
—¿Qué es ser español?
—Qué difícil me lo pones. No siempre ha sido lo mismo. Hoy es ser un ciudadano de un país democrático que reconoce y garantiza la igualdad de derechos. Y eso es importantísimo, aunque algunos de los que más se benefician de ello no lo vean, como tampoco ven el aire que respiran sin el cual no podrían vivir. Pero como no siempre ha sido así, nadie nos garantiza tampoco que lo vaya a seguir siendo. Por eso conviene estar atentos y defender esa forma de ser español. Y no es fácil. Porque a veces las apariencias engañan. En esa defensa no debemos caer en la pasividad. Son muchas las veces en que yo mismo me pregunto si los leoneses tienen los mismos derechos que los navarros, por poner un ejemplo.
—¿Cuántas Españas hay en España?
—Todas las que tú quieras y más. Yendo un día con mi hija por Toledo, donde tenía que hacer un trabajo de arquitectura, vi unas modestísima viviendas pegadas al Tajo y me pregunté cuál sería la percepción de España de quien allí vivía. Sin duda no podía ser igual que la mía, que vivía en la gran urbe madrileña. Sé que es una perogrullada, cierto, porque la realidad depende de la percepción que se tenga de ella. Y España difícilmente será la misma en los ojos de un andaluz que en los de un aragonés. Hay muchos modos de ser español como hay muchos modos de ser norteamericano o francés. Pero Francia y los Estados Unidos disponen de un elemento aglutinador de una gran eficacia. Sus ciudadanos han comprendido que aquello que les une es también lo que les protege, una ley que garantiza sus derechos individuales, unos derechos nacidos de una constitución que proclama la igualdad, que no es, como creen algunos, todos iguales de ricos o todos iguales de pobres, como podía ser todos iguales de altos o todos iguales de guapos. No; se trata de una igualdad jurídica, una igualdad ante la ley. Esa es la España que debe importarnos. Cualquier otra que se pretenda, y ya se ha dado a la largo de la historia, no ha producido más que persecuciones, exilios y conflictos de todo tipo. Por eso hay que defender esta España constitucional, la que es de todos, perfeccionarla en lo que sea menester, que es bastante, pero muy alerta contra populismos, separatismos y demás clase de idiotismos.
—¿En cuántas ocasiones ha parecido que se iban a rehilvanar las costuras del concepto de España? ¿La última fue con la Transición o no ha ocurrido desde los liberales?
—Yo ya soy mayor, claro, y no sé si mi edad, en esta época de posverdades, me da crédito o me lo quita. Pero en mi experiencia vital nada he conocido mejor que la transición a la democracia. La Transición, con mayúsculas, como se la conoce, cambia en el mundo la visión de España, y pasamos de una imagen negativa a otra muy positiva como por milagro. Sin embargo, quienes no veían mal un nuevo abrazo de Vergara con los terroristas de ETA —el abrazo de Vergara entre Espartero y Maroto dio fin a la insurrección carlista, incorporando a sus oficiales a los ejércitos constitucionales— gustan ahora de arrojar denuestos contra la Transición. No sé si lo hacen por ignorancia o por sectarismo. Un muchacho de apenas dieciocho años que me trajo una pizza a casa me explicó que había que cambiar la constitución española porque él nunca la había votado. ¿Qué dirían los americanos de la suya, que data del año 1787? ¿Es que ha de haber una para cada generación de españoles? Los ilustrados del siglo XVIII gritaban «¡luz, luz, luz!». Habrá que seguir gritándolo, pero sin metáforas, para que se entienda mejor, esto es: «¡cultura, cultura, cultura!».