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El gallo de Arévalo
EL VIERNES 21 SE CUMPLIÓ EL CENTENARIO DE EMILIO ROMERO (1917-2003), GALLO DE UN PERIODISMO RUIDOSO QUE AÚN NO SE ADORNABA CON LAURELES ACADÉMICOS. divergente

El periodista Emilio Romero falleció en el año 2003
E ntonces se sucedieron los lamentos jeremiacos de sus deudos y allegados, entremezclados con alguna pulla destemplada al maestro de periodistas del franquismo. Pero a la hora del balance pesaba más la desmesura de su ambición que los resultados contables de un talento del que todos se hacían lenguas. Cebrián lo despidió desde El País como «el periodista más importante del franquismo», recordando su aprendizaje en Pueblo y evocando su deriva peregrina una vez que Martín Villa lo despojó del periódico sindical. Luis María Anson concedió que Emilio Romero «lo tuvo todo en el periodismo y en la literatura de la dictadura, pero no queda nada de sus novelas ni de su teatro». A pesar de la abundancia de su cultivo, habría que concluir.
Porque hasta cinco novelas llegó a publicar con Planeta, después del premio a la primera: La paz empieza nunca (1957), que dejó en la estacada final Almas sin cuerpo , del leonés Ventura Bobis Zapico (1935-1972), un chaval del Crucero que había quedado parapléjico en una zambullida al Bernesga. Ventura era hermano del pintor César, que en la transición ilustraba los libros de Akal, y del inventor Emilio, que patentó filtros para el rubio americano y placas de imanes terapéuticos. Los Bobis venían de Torre del Bierzo, recalaron en La Robla y militaban en la oposición comunista o en su repudio, como Emilio. La paz empieza nunca es un relato reportajeado, que transcurre entre las aventuras africanas de los preliminares de la guerra y la persecución a los maquis, pasando por la contienda y la División Azul. Su protagonista es un tal López, representante de muchos españoles comunes, que en la novela verbaliza el desencanto por «la victoria perdida» de los falangistas. Un par de años más tarde, prosigue Romero el repaso de la crónica española con El vagabundo pasa de largo (1959), ficción salpicada de glosas y comentarios. Son relatos sesgados y escritos con la precipitación de quien cabalga sin reparar en detalles. Lo mismo ocurre en Todos morían en Casa Manchada , publicada diez años más tarde, en 1969, que arranca con una nota explicativa en la que se refiere al hallazgo de la tumba de Gil y Carrasco en un cementerio berlinés. Desmanguillada de escritura y construida con tópicos de imaginería decimonónica. Casa Manchada es una pedanía de la serranía conquense y allí, en los primeros años de posguerra, discurren los ciclos de este folletín.
Pero el periodista de éxito no ceja en su empeño de destacar como novelista y todavía publicará dos títulos más igualmente sonrojantes: Una golfa subió a los cielos (1981) y Tres chicas y un forastero (1987), que obtuvo el premio Ateneo de Sevilla. Debajo del espanto de estos títulos, no hay más que pringue viscoso. La misma deriva sigue su teatro, desde la inicial Historias de media tarde (1964) hasta El amante jubilado (1970) o La chocolila (1984). Sus éxitos mayores en la escena fueron las adaptaciones: La muerte de Danton y Galileo Galilei. Una de sus piezas intermedias, Verde doncella (1968), pasó al cine un año más tarde rodada por Rafael Gil. También la novela del Planeta fue una película de Klimovsky protagonizada por Marsillach en 1960.
Como falangista de primera hora, Emilio Romero recorrió toda la escala de nombramientos, desde consejero del Movimiento a procurador en Cortes, bien tutelado por el ministro Solís Ruiz, que lo puso al frente del diario sindical Pueblo durante más de dos décadas, entre 1952 y 1975. Antes había dirigido los diarios azules de Lérida y Alicante, para ocupar en 1945 la jefatura de la censura de prensa. En 1975 lo hicieron delegado nacional de prensa y radio del Movimiento y ahí empezó su declive. Jactancioso y soberbio, fue incapaz de aceptar con disimulo que aquel guaperas de su provincia que le ayudaba a ponerse el abrigo (Adolfo Suárez) fuera señalado por el Rey para pilotar la transición a la democracia. El ya viejo morañego, que había presumido sin fundamento de haber sido mal fusilado en Madrid durante la guerra, se equivocó con Suárez y sus ministros. Un recelo incrementado cuando Martín Villa lo apeó de Pueblo para poner en su lugar a Juanito Figueroa, procedente de Índice . Unos días antes del 23F proponía desde Abc un golpe de timón para aupar al general Armada.
Piezas del rencor
Acostumbrado a no perdonar una y a cobrarse todas las piezas del rencor, se va notando como un gallo sin espolones ni corral. En 1977 pasa sin fortuna por la dirección de El Imparcial , cuyo empresario fue el leonés de Lumeras Domingo López Alonso, y de Informaciones para guarecerse más tarde en El País (invitado por Cebrián) y Abc . También en las revistas Interviú y Época . Un decaído Espejo de España 1985, compartido con Giménez Caballero, destacó su Tragicomedia de España (Memorias sin contemplaciones ), poniendo broche a sus galardones: Mariano de Cavia y Nacional de Periodismo (en 1963, por Cartas a un Príncipe ). El retrato más despiadado lo firmó dos años después de su muerte Amilibia, uno de sus reporteros de Pueblo. Ahí resalta las conquistas del gallo en sus tiempos de dominio: la bailaora flamenca Sara Lezana y la periodista televisiva Rosana Ferrero, a quien llevó al periódico, donde firmaba como Soraya. También fue sonado el episodio con la pintora María Antonia Dans, a cuyo marido periodista Óscar Collazo despachó a Nueva York.