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Huésped del mundo

EL MARTES SE CUMPLEN 65 AÑOS DE LA MUERTE EN ROMA DE JORGE SANTAYANA (1863-1952), QUIZÁ NUESTRO ESCRITOR CONTEMPORÁNEO MÁS UNIVERSAL Y DESCONOCIDO. POETA, NOVELISTA Y FILÓSOFO EN INGLÉS, RENUNCIÓ A SU CÁTEDRA DE HARVARD PARA PASAR EL RESTO DE SU VIDA ERRANTE POR EUROPA. PERO MANTUVO SIEMPRE SU NACIONA-. LIDAD ESPAÑOLA. divergente

El poeta y novelista Jorge Santayana

El poeta y novelista Jorge Santayana

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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A l morir su madre y antes de cumplir los 50, Santayana abandonó la cátedra de Harvard para volcarse en su obra, lejos del corsé académico. «Para vagar libremente como un rinoceronte por la llanura europea». Su obra filosófica conjuga tradición y pragmatismo, fuentes clásicas y expresión moderna, en una síntesis fecunda del legado europeo y de la experiencia americana. «Quien no conoce el pasado, está condenado a repetirlo» fue una de sus advertencias. Y también: «El nacionalismo es la indignidad de tener un alma controlada por la geografía». Su escritura brillante y muy sugestiva aparece sembrada de luminarias, abriendo en la filosofía un cauce expresivo fecundo, en cuya estela se inscribe una pensadora como María Zambrano.

Pero, más allá de los destellos, ¿quién era este escritor nacido en Madrid, homosexual discreto, a la vez «femenino y felino», que hizo toda su obra en inglés sin perder nunca la nacionalidad española? Su madre, viuda de un acaudalado comerciante de Boston, se volvió a casar con el padre de Jorge, un diplomático indolente a quien había conocido de joven en Filipinas. Pero la nueva relación no cuajó y a los pocos años la madre retornó a Boston con sus hijos americanos. Luego, les siguió el pequeño filósofo, para estudiar en Harvard, mientras el padre permanecía varado en Ávila. Más tarde, una hermana se casó con un hacendado abulense, abuelo de la modelo Inés Sastre, y el escritor recalaba los veranos en Ávila, donde conservaba la casa de su padre en la plaza de Santa Ana. Por Navidades, Santayana enviaba a sus sobrinos el aguinaldo en dólares o libras.

Aquella despedida radical del esplendor universitario, cuando estaba a punto de cumplir el medio siglo, le permitió dedicar su tiempo a ver mundo y a elaborar la parte de su obra que apreciaba más, una vez desprendido de los compromisos académicos. Como huésped errante, vivió en París, Oxford y Roma, sin descuidar las visitas estivales a Ávila, que se prolongaban placenteramente en la dehesa familiar junto al Adaja. Ávila seguía siendo la ciudad de los místicos y de los caballeros renacentistas, que la poblaron de conventos y palacios. El ámbito en que brota la estancia teresiana y donde perpetúa su esplendor vencido el príncipe Juan, pero también el refugio acogedor para la hermana del poeta Keats o para la amante de Larra.

Aquella Europa de entreguerras fue el escenario de encuentro con sus alumnos americanos más brillantes, como Eliot, Gertrude Stein o Wallace Stevens. También el tiempo de sus primeras aproximaciones al mundo intelectual español, que siempre lo miró con recelo, porque hablando perfectamente nuestra lengua escribía en inglés. Ortega acusa los desplantes a sus maestros alemanes, cuyos excesos Santayana considera «pura barbarie». Aunque será Revista de Occidente la publicación que primero dé noticia de su perfil, en un magnífico ensayo de Marichalar, marqués de Montesa y tío del duque destronado. Con Unamuno tenía una relación menos espinosa y se cartean con alguna frecuencia, aunque luego el rector se refiera a él como «ese protestante de Boston». Será Juan Ramón Jiménez quien se muestre más generoso con sus intuiciones poéticas, mientras Guillén lo visita en los años finales de Roma para agradecerle su versión al inglés de uno de sus poemas.

Después del aviso de Juan Ramón, su poesía tuvo que esperar más de medio siglo para ser publicada en español, traducida por Alonso Gamo. La contención ascética que se le reprochaba entonces resulta ahora una destilación esencial, sin adherencias superfluas. Su monumental novela El último puritano (1935) es uno de los títulos clásicos de las letras americanas. La tradujo enseguida Ricardo Baeza, aunque los años de la guerra pospusieron su publicación hasta 1940, en Buenos Aires. Fue un éxito de ventas y de crítica, que no obtuvo el Pulitzer por carecer el autor de nacionalidad americana. Sus capítulos se llaman peregrinaciones y se inscribe en la órbita de ficciones intelectuales como La montaña mágica o En busca del tiempo perdido. Con un manejo singular de los resortes narrativos, critica la parálisis moral ocasionada por el puritanismo americano.

Quizá la lectura de Santayana más atractiva para un lector actual sea su autobiografía Personas y lugares (Trotta, 2002), un texto delicioso que recoge la memoria vivaz de su trayectoria desde la infancia a su vejez romana. Combina impresiones personales y reflexiones cargadas de sabiduría sobre la familia, la cultura, la universidad, la filosofía y los desprendimientos. Santayana vivió sus últimos once años en una habitación del Hospital de las Hermanas Azules, en Roma, hasta que una caída en las escaleras de la Embajada de España precipitó su muerte, cuando ya estaba enfermo de cáncer y a punto de cumplir los noventa años. Allí le fueron a ver Edmund Wilson o Gore Vidal, entre otros muchos visitantes célebres atraídos por su perfil de cenobita inconformista: bromeaba que él, como el Papa, recibía muchas visitas que no estaba obligado a devolver. Hasta que la imprudente revelación de su discreta homosexualidad por parte de Max Eatsman lo confinó en la reclusión. Pero ni siquiera entonces dejó de acudir a la embajada a cumplimentar el papeleo para mantener su nacionalidad española.

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