El Hollywood dorado a través de sus guionistas
l Michael Frank sigue los pasos a Hankie e Irving. El escritor Michael Frank construye un retrato del Hollywood dorado a través de dos de sus guionistas más destacados, sus tíos Hankie e Irving, en el ensayo ‘Los fabulosos Frank’, una autobiografía que el propio autor confiesa que ha sido «catártica».

Robert Redfod y Jane Fonda trabajaron con los guionistas a los que se dedica el libro
H ankie e Irving firmaron los guiones de películas como De repente el último verano , Cartas a Iris o Norma Rae , que «influyó en filmes posteriores como Silkwood o Erin Brockovich , todas con mujeres fuertes que pasan a la acción en circunstancias muy difíciles». En una entrevista concedida a Efe, Frank ha señalado que era consciente de «haber nacido dentro de una historia, desde muy joven», y fue así como nació «Los fabulosos Frank» (AdN), un retrato de sus tíos, Hankie (Harriet Frank Jr.), hermana del padre de Michael, e Irving Ravetch, el hermano de su madre. Describe Michael Frank a sus tíos como «dominantes» en su familia, como «magníficos escritores, que escribían guiones de cine fabulosos, pero que, en realidad, escribían todo el día, porque su vida era como un guión».
El autor recuerda que esta singular pareja, que no tenía hijos, «me tomaron a mí en préstamo como el hijo que nunca tuvieron»; y para acabar de redondear esta «locura», sus abuelas vivieron juntas durante doce años «muy infelices».
Comenzó a escribir esta historia como si fuera una pura ficción, pero los que leían el manuscrito decían que el personaje de la tía no era creíble. «Me decían que gente así no existe en la vida real, y eso me dejó en silencio durante muchos años».
Finalmente, el libro fluyó cuando decidió escribirlo como un «texto verdadero» y curiosamente los lectores le repiten que «gente así existe en la vida real», aunque, reconoce, «hay elementos de esa tía Hankie que están exagerados en el caso de mi familia».
Con Los fabulosos Frank , Michael Clark juega con los géneros, entre las memorias autobiográficas y las técnicas novelísticas para contar la historia que hacen uso del diálogo y las escenas, por lo que se podría considerar «una recreación de una experiencia vivida».
Más allá de la admiración que pueda crear en el lector, ese Hollywood dorado que aparece retratado «forma parte del negocio familiar», y por esa razón el autor lo ve «menos mágico».
Si algo despierta admiración en Clark, es «esa frontera que hay entre una obra imaginada, es decir, escribir un guión, e imaginarte la vida, es decir, hacer escenas, dramas, erupciones emocionales, también actos maravillosos, de bondad, de experiencia compartida, viajes, comidas, visitas a museos, presentaciones, la música, todo esto tenía algo de cinematográfico».
La relación familiar con el cine comenzó con su abuela, que trabajó como escritora de guiones entre 1939 y mediados de los 50 para la Metro Goldwyn Mayer, a la que sus tíos se unieron posteriormente para colaborar en un par de docenas de películas, muchas de las cuales son consideradas todavía entre las más destacadas de la cinematografía norteamericana.
El libro es «catártico», en el sentido de que Clark se siente «liberado, tanto como ser humano que como escritor», pues ahora no sólo puede «respirar mejor», sino que puede «escribir más libremente» sobre temas no relacionados con su propia experiencia.
A pesar de la férrea educación que su tía Hankie indujo en el joven Michael, el autor quiere ver algo positivo en esa formación: «Entrenó mi vista, me enseñó a leer y escoger los libros, a ver el arte, cómo escuchar música, qué películas ver», pero inevitablemente hay una parte negativa, «no dejó espacio para mi propio gusto».
La rigidez de la tía Hankie, evoca el autor, le llevaba a decir: «Existía Proust pero no Zola; Brahms era bueno y Jonny Mitchell jamás; la arquitectura neoclásica del XVIII era buena, y la norteamericana o Mies van der Rohe eran nefastos».
Aunque hoy puede sonar gracioso, para el joven Michael no fue fácil y «su jerarquía de valores se aplicaba también a las personas: si satisfacía sus expectativas -y sólo dos lo hacían, su madre y su marido-, todo iba bien, pero, si no, eras expulsado de su jardín del edén, y eso le ocurrió a muchas personas».
Michael Clark se ha preguntado una y otra vez cómo es que tanta gente acudía a ese jardín del edén, y después de tanto tiempo su respuesta es sencilla: «Era un castillo encantado».
En la actualidad, el autor está planeando la secuela de este libro, poder explicar «tanto la historia del final, como la previa, la de mi abuela, que nació en 1898, fue a la universidad, algo inhabitual, tuvo un matrimonio infeliz, tuvo amantes, luchó durante los años de la Depresión y se autorreinventó cuando se trasladó a Los Ángeles. Las historias de autorreinvención son muy atractivas».