Diario de León

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Memoria edulcorada

HOY SE CUMPLE EL CENTENARIO DE JOSÉ MARÍA GIRONELLA (1917-2003), EL SEMINARISTA GERUNDENSE QUE FUE PIONERO DE LOS BEST-SELLER EN ESPAÑA, LLEGANDO A VENDER MILLONES DE EJEMPLARES DE SUS LIBROS SOBRE LA GUERRA CIVIL. divergente

José María Gironella

José María Gironella

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ERNESTO ESCAPA
León

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D espués de su paso por el seminario, Gironella, que era hijo de un taponero, trabajó como dependiente, botones y trapero. Al empezar la guerra, militaba en las juventudes cristianas, y huyendo de la ciudad donde se sentía amenazado, se alistó en el ejército de Franco. Concluida la contienda, da clases de ajedrez y monta una librería de viejo, ocupaciones ambas sin mucho éxito, por lo que cultiva también y a salto de mata el estraperlo textil, comprobando que «las casas de prostitución le quitan las sábanas de las manos». Alentado por su mujer, escribe Un hombre (1946), novela con la que obtiene el tercer premio Nadal, en dura y disputada lid con la mujer de Dámaso Alonso: Eulalia Galvarriato. La novela discurre en Irlanda con descuidos de cuño barojiano, porque dispone en su librería de viejo del tomo del Espasa que incluye la I, pero no ofrece hallazgo ni anticipo de nada literariamente notable. En su obra, se suma a un poemario inaugural: Ha llegado el invierno y tú no estás aquí (1946), apreciado por su paisano Salvador Espríu. Más tarde, reescribe la novela con cautelas que apenas disfrazan el desaliño constructivo y su ingenua espontaneidad. De la novela del Nadal pide para su librería mil ejemplares, de los que sólo vende setenta, según le cuenta él mismo a Delibes. Cierra la librería y se marcha con su mujer Magdalena Castañer a Francia, animado por la traducción de su Nadal, para escribir «la novela de la guerra civil española». Allí da clases de ajedrez y charla con exiliados mientras su mujer trabaja como camarera, para que él pueda abordar con ambición su novela de la guerra. Haro Tecglen, que fue confidente de esos años parisinos, evoca momentos de aquel tiempo, incluidas las conquistas femeninas, a quienes increpaba en el momento decisivo («¡Arrepiéntete, pecadora!»), afeándoles a pie de lecho el engaño a su novio o marido. En 1948 ve la luz su segunda novela, La marea , situada en la Alemania nazi, después de una somera labor de documentación y de escuchar a unos cuantos alemanes que se habían refugiado en España. La marea supone un notable progreso en su narrativa: más ágil y con personajes mejor perfilados, una prosa expresiva y mejor construida.

Las primeras versiones de Los cipreses creen en Dios (1953), a cuya escritura dedicó tres años de trabajo, no interesan a su editor francés ni a Vergés para Destino. Su alejamiento en París le concede la perspectiva que enjuga la falta de distancia temporal, pero luego la batuta de Ernesto Laorden, consejero cultural de la embajada, va adaptando la novela a una neutralidad franquista, y González Ruano lo encamina hacia Lara, editor en busca autores. La novela recrea las vivencias de la familia gerundense Alvear entre 1931 y 1936. Para Sobejano, su propósito de objetividad replicante ante las novelas prorrepublicanas de Malraux, de Hemingway, de Bernanos o de Barea, sólo lo alcanza en el esfuerzo de reconstrucción histórica, porque luego el autor se delata como simpatizante de la España católica, tradicional y conservadora. Consecuentemente, la novela recibió en 1953 el Premio Nacional de Literatura Francisco Franco. Y todavía en este estreno de la serie se percibe la vivencia personal del narrador, que en las sucesivas aparecerá encofrada por la profusa documentación de acarreo. Ocho años después apareció Un millón de muertos (1961), rodeado de escándalo y dando pie al mote del autor como «tío vivo de los muertos». Quien más atizó la campaña fue Luis Emilio Calvo Sotelo, hijo del protomártir, que luego encuadernó sus crónicas de Ya en un panfleto. El núcleo del proyecto arranca con el protagonista buscando el cadáver de su hermano César en el cementerio de Gerona y termina con Franco recibiendo el parte de la victoria. Según Gironella, Fraga quiso prohibir el libro y ante la certeza de que iba a aparecer en Francia, le pasó una copia a Franco, quien se la devolvió al ministro con un lacónico comentario: «Esto fue la guerra». Ante el ruido provocado por las amenazas de militares y falangistas, Fraga le ofreció difundir una foto suya dando la mano a Franco, que Gironella rehusó. Pero esta vez la novela tampoco respondió a las expectativas, a pesar de su éxito de ventas, y muchos personajes relevantes no pasan en sus páginas de inexpresivas siluetas de cera. Más reportaje que novela, su escritura coincidió con una etapa vital de Gironella atormentada por las depresiones: Los fantasmas de mi cerebro (1958).

Antes de publicar Ha estallado la paz (1966), tercera parte de la trilogía, ve la luz Mujer levántate y anda (1962), un intento fallido de novela católica sacudida por la depresión, en la estela de su mentor Giovanni Papini. Ha estallado la paz renuncia a los excesos documentales y se detiene más en lo anecdótico de aquellos años de estraperlo y hambruna. El relato se extiende desde abril de 1939 a diciembre de 1941, cuando Estados Unidos entra en la segunda guerra mundial. Una demasía evidente es su retranca de moralina, que sin embargo responde con coherencia a la esencia troncal de la saga: una visión conservadora de la vida encarnada en las vicisitudes de una familia de derechas. El desmayo narrativo no impide que el ciclo acabe componiendo una pentalogía, al añadirse Condenados a vivir (1971, premio Planeta) y Los hombres lloran solos (1986), dos títulos de evidente superficialidad. Entre medias, un manojo bien surtido de viajes y reportajes marcados por la trivialidad, las prisas y la búsqueda del éxito precedente. Varias novelas jalonan su proceso declinante: La duda inquietante (1988, premio Ateneo de Sevilla), A la sombra de Chopin (1990), El corazón alberga muchas dudas (1995) y Se hace camino al andar (1997).

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