POESÍA
Habla de lo que quiere todo el tiempo
LA CONVERSACIÓN Santiago Sylvester Visor, Madrid, 2017. 300 páginas

L a infancia del poeta argentino Santiago Sylvester transcurrió en Salta, un espacio de felicidad que duró poco, «y esta es una de las razones de la poesía», es decir, el empeño de recuperar el paraíso perdido, con la conciencia de que la pérdida es irreparable: «La poesía es una prueba de que la vida no está completa: hay un hueco que debe llenar, una herida que tarda toda la vida en cicatrizar». Es la herida que se percibe en algunos de los poetas de siempre, sean Garcilaso, fray Luis, Cernuda o José Luis Puerto, por nombrar algunos. Es la perspectiva desde la que puede leerse la poesía de Sylvester en La conversación , que recoge piezas de sus doce poemarios, alguno de los cuales, como Café Bretaña (994) reseñamos en Filandón.
La conversación es título que sugiere un intercambio de palabras, la presencia de otro que puede ser uno mismo: «Converso conmigo para darme o quitarme la razón». Conversar parece pedir una palabra clara y común a la manera de Berceo, al que Sylvester cita: «Quiero fer una prosa en román paladino / en el cual suele el pueblo fablar a su vecino». La conversación requiere diálogo, y en el caso de la poesía apunta al deseo del poeta de implicar al lector en sus asuntos, variados y sorpresivos, pues lo mismo puede poetizar paisajes familiares que hablar de una mujer ante la inminencia de la muerte, de los ácaros, de los actos repetidos o de una maleta avejentada. Lo que el poeta argentino dice de Joyce podemos aplicárselo a él mismo: «habla de lo que quiere todo el tiempo». Y eso se debe a dos razones: a su capacidad para observar y poetizar y a que todo le interesa, incluso lo que no existe pero podría existir. Sylvester es un poeta observador y a la vez imaginativo y conceptualmente riguroso, capaz de extraer lo impensado de cualquier cosa que observe o del pensamiento que le sobreviene. De este modo vamos leyendo con asombro libros como Escenarios (1993), donde estos son diversos y curiosos: la cocina, la cola de un taxi, etc., para ofrecer «la opinión que tengo de las cosas, / o mi opinión sobre mí mismo», Café Bretaña (1994), donde se detiene en gestos, miradas, actitudes o Calles (2004), inspirándose en diferentes lugares «para fijar cada poema donde tal vez ya no está». Su último libro, por ahora, es El que vuelve a ver (2016), reconocimiento de las cosas como si no se vieran por primera vez. Lo cierto es que esta poesía imaginativa nos hace intuir la cara insospechada de las cosas.