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Temblor de vuelo
EL MARTES SE CUMPLIERON SETENTA AÑOS DE LA MUERTE DE VICENTE HUIDOBRO (1892-1948), EL POETA CHILENO QUE TOMÓ EL RELEVO DE RUBÉN DARÍO EN LA RENOVACIÓN DE LA POESÍA HISPÁNICA. UN PARÉNTESIS SUFICIENTE PARA PONDERAR, MÁS ALLÁ DE RUIDOS E INSOLENCIAS, SU ALIENTO DE PRECURSOR. divergente

Vicente Huidobro
N adie puede negar a Huidobro su inserción en el hervidero parisino de la vanguardia y cómo desde allí contribuye a demoler las pagodas modernistas de la poesía española, pero tampoco sus alardes de arrogancia a menudo atrabiliaria a la hora de facturar aquellas novedades en sus versos. Los más inquietos poetas españoles de la segunda década del pasado siglo fueron testigos de su irrupción creacionista, de la que deja constancia Cansinos Asséns, mientras envuelve a Gerardo, a Borges y a Larrea, entre otros notables. «Si Rubén vino a acabar con el romanticismo, Huidobro ha venido a descubrir la senectud del ciclo novecentista y de sus arquetipos». El vaivén cosmopolita de Huidobro es el equivalente lírico al cubismo plástico, que convierte al creador artístico en un demiurgo capaz de competir con la propia naturaleza: «Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas! / hacedla florecer en el poema; / sólo para nosotros / viven las cosas bajo el sol. / El poeta es un pequeño Dios».
Viajero temprano a París, en 1916, allí coincide con Picasso, Gris, Max Jacob, Miró, Lipchitz, Apollinaire y Pierre Reverdy. Había desembarcado en Cádiz y de paso hacia París, recaló en Madrid, donde conoció a Cansinos, a Ramón y a la tropa de jóvenes vanguardistas, que lo acogen con el mosqueo que provoca su aureola narcisista. Pronto verán la luz sus primeros libros en francés y español, junto a los retratos que le hacen sus amigos Picasso o Juan Gris, a quienes dedicó sus libros de 1918 Ecuatorial y Poemas Árticos. Huidobro había estudiado con institutrices y jesuitas y era un tipo muy pagado de sí mismo. Esa arrogancia le lleva a fantasear proezas clandestinas para aumentar su notoriedad, como cuando cita sus conspiraciones contra el imperialismo inglés junto a revolucionarios irlandeses, que abortaría un supuesto secuestro de agentes británicos en París.
Otras veces plantea polémicas muy cáusticas con colegas como Reverdy (Picasso le llamaba a veces Reverdobro, por este litigio), a propósito de la paternidad del creacionismo. Y con su paisano Neruda, de quien denunció en un panfleto el plagio del poema 16 de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, inspirado en versos de Tagore. El enfrentamiento implica a los poetas españoles de la Edad de Plata, que tributan un homenaje a Neruda, quien había apoyado a Huidobro en su intento baldío de alcanzar la presidencia de Chile. Aquello había ocurrido en 1926 y le sirvió para conocer a una adolescente Ximena Amusátegui, estudiante de quince años, por quien abandonó tres años después a su mujer y a sus hijos. La chica era hija de un prócer chileno que se opuso tajantemente a su relación con el poeta. Pero cumplidos los dieciocho, la raptó a la salida del liceo y marchó con ella al Montparnasse parisino.
Entonces publica en Madrid su hazaña novelesca Mío Cid Campeador (1929), ilustrada por Ontañón y que tanto gustó a Carpentier. Un relato vanguardista muy vinculado a la prosa deshumanizada que entonces triunfaba en España. Huidobro se consideraba descendiente del Cid y critica la pesadez y tiesura del castellano, defendiendo como los clásicos hicieron con los italianismos, la generosa adopción de galicismos y americanismos. También retoma entonces un proyecto ambicioso en el que llevaba trabajando diez años, Altazor o el viaje en paracaídas (1931), su obra poética más importante. Un intento cabal y arriesgado de trastocar el lenguaje en busca de la palabra poética pura. Su prefacio y siete cantos pretenden despojar a la poesía de referencias ambientales. El mito de Altazor es la encarnación del poeta que desciende a los abismos con la poesía como paracaídas. En su viaje se encuentra con un dios burlón y humorista que evoca la creación del universo y se lamenta por el mal uso que los hombres han hecho del lenguaje. El ‘azor alto’ se propone devolver al lenguaje su pureza edénica. Su tarea, como nuevo Cristo, es dar vida a la poesía. Su Progresión culmina en el grito que pone fin al experimento y aboca a un nuevo lenguaje poético. Este discurso de Huidobro prende más tarde en poéticas radicales, como las de Valente o Gamoneda. Y está inscrito en un momento de apogeo lírico internacional en el que brotan La tierra baldía de Eliot y la Anábasis de St-John Perse.
Tres años después, recibe por Cagliostro (1934) un premio de Hollywood para guiones cinematográficos. Son años que dedica al teatro, a las novelas de mensaje social, a los cuentos y manifiestos, inmerso en un compromiso de militancia comunista. Un tiempo en que su madre, que encarna la parte culta de la familia, le reprochará que es «un comunista de pollo al coñac, un rebelde de champaña dorada». Participó en la guerra civil con los republicanos, en el frente de Aragón, y colaboró en el Congreso de Escritores y en Hora de España. De regreso a Chile, publica la novela Sátiro o el poder de las palabras (1938) y en 1941 los poemarios Ver y palpar y El ciudadano del olvido, que reflejan el último giro de su vida. Hace entonces una poesía más coloquial y participa como capitán francés en la segunda guerra mundial. Herido en varias ocasiones, está en el asalto definitivo a Berlín, donde consigue el supuesto teléfono de Hitler, que se exhibe ahora en su museo de Santiago de Chile, en cuyo consejo internacional figuraron Octavio Paz y José Ángel Valente. Vuelve de Europa con una nueva mujer, Raquel Señoret, y con secuelas bélicas de las que nunca llegará a curarse, falleciendo a orillas del mar el 2 de enero de 1948.