Si me ves rodear los cipreses
El leonés miguel paz cabanas acaba de conseguir el premio conte de narrativa en castellano con este relato.
S é que soy un viejo parlanchín, Gabriel, que no ceso de hablar, que me tienta la música de las palabras, que me cuesta renunciar a ellas, pero no pretendía burlarme, eres mi primogénito, el pilar de mi familia, sangre de mi sangre, nunca me has decepcionado, la profesión que desempeñas tampoco, sepulturero, ya ves, la nombro sin que me tiemble la voz, sin ironías, sin doblez, sé bien por lo que has pasado, los años opositando a fiscal, los legajos apilándose en tu mesa, las horas robadas al sueño, sé que te aferraste a la plaza de enterrador cuando peor pintaba, tu novia embarazada, la puta crisis, la vida que se enrosca como una serpiente, fue entonces cuando propuse el brindis, por pura cortesía, no había resabio en mis palabras, tampoco insolencia, solo un comentario banal, Los entierros ya no son lo que eran, dije, la copa regresaba a mis labios, no era la primera, el vino me consuela con su misterio, tu madre piensa que me obnubila, sospecho que tú también, deseaba ser bucólico, dar pábulo a la confianza, suavizar la conversación, ejercer de enterrador no es una desgracia, Gabriel, el trabajo nos bendice y nos zarandea, el más exquisito y el más soez, el que cincela el barro y el que vuela sobre él, recuerda la maldición bíblica, ganarás el pan con el sudor de tu frente, qué va a decir tu padre, cuarenta años vendiendo cebollas, tosco mercader, frutero seboso, chillando en las plazas como una cupletista, a lo mejor por eso se me va la lengua, las palabras me fascinan, los salmos y las romanzas, los pregones y los versos, los himnos y las plegarias, no puedo renunciar a ellas, aún recuerdo las misas de mi niñez, los curas y las plañideras, sus murmullos y sus latinajos, me gustaba estar allí, en el templo, atendiendo los servicios, memorizando frases que no entendía, pues había belleza en aquellas palabras, en el eco de las iglesias heladas, en los textos del Génesis, como si al bajar la cabeza, como si al susurrar la liturgia, todos los hombres implorasen, en la soledad de sus almas, la clemencia de los muertos…
No digo que fuese un asunto de vocación, tampoco de inclinaciones, a veces la tierra manifiesta tu futuro, los meses sin pan, la somnolencia de las bestias, la desolación de los padres, todo era más seco, más lacónico, te sentabas a la mesa y oías: fulano ha fallecido, los hombres se mesaban el pelo, las viejas se persignaban, enseguida decían: llamad a Tiburcio y Antón, eran los sepultureros, aunque no hacía falta, todo el mundo estaba al tanto, sin necesidad de móviles, sin apremios, sin esquelas, estaban las cantinas, las campanas, los ritos, los sepultureros se personaban de madrugada con la visera entre las manos, candorosos, sin ceremonias, un poco tiesos, apuntando al ataúd, mirando de reojo las rosquillas, las fuentes con hojaldres, las bandejas bruñidas, el ágape en honor del difunto, pensando en cómo estaría el cementerio de arreglado, y la viuda (porque siempre era una viuda) ofreciéndoles café, aroma de pucheros, olores de la casa, el clavo, la parafina, el membrillo, la tibieza acre de los establos, los mismos que cruzaban los sepultureros para acceder al hogar, grandes y silenciosos, limpios y afeitados, en medio de un luto que era como una hornacina de yeso, como un estuche de nácar, hablando entre murmullos, graves, firmes, impresionaban, el timbre ronco de su garganta, la calma pura de su voz, mientras miraban con recogimiento a su alrededor, nosotros en el escaño, las abuelas vigilándonos, algún coscorrón furtivo, una regañina austera, las vísperas estirándose como ovillos, como telones en la noche, testigos de aquellos velatorios, de aquellas vigilias que se prolongaban, tercas e inaplazables, hasta las estrías del amanecer…
A veces nos quedábamos dormidos, resoplando, babeando, un almohadón bajo nuestras cabezas, duermen los niños y se detiene el mundo, murmuraban los mayores, anécdotas del ausente, sus proezas, sus miserias, historias y chascarrillos, su espíritu merodeando por el hogar, por la casa, por los roperos, acordaros de cuando vino al mundo prematuramente, decía uno, de cuando lo pillaron robando manzanas en el huerto rectoral, evocaba otro, vaya personaje, opinaba un tercero, historias primitivas, golosas, de la infancia y el deseo, de la vehemencia y la juventud, el recuerdo se hacía carne y en medio de la muerte, del chisporroteo de la lumbre, veíamos la sombra del difunto, su silueta en la ventana, renqueaba el invierno, empezaban los suspiros, el sombrero de ala ancha, su rostro grande, la mirada brillante, lo veías en la vereda, de pie, soberano, agarrando por la cintura a una chica, entonando una canción de pastores y llegabas a creer, entre tantas palabras pronunciadas, que seguía conservando, dentro del ataúd, un vestigio de elegancia y gallardía…
Sí, ya sé que no ceso de hablar, que soy un peliculero, qué le voy a hacer, la culpa la tienen esas historias que traían de la ciudad, el cine al aire libre, la pantalla zarandeada por el viento, el crepúsculo de las sábanas, películas con entierros, sin los maquillajes evanescentes de ahora, el rostro enjuto, el cutis grisáceo, las uñas un poco largas, trajes negros con algo de alevosía, de himno fúnebre de Berlioz, y la pompa, los coches fúnebres, majestuosos, lacayos de calzón corto, escudos en las portezuelas, baldaquinos de oro, los bronces de la banda de música, varas de sándalo, un misionero gentil, los rasgos de Robert Mitchum, Ego te absolvo a peccatis tus, in momine patris, et filii, et Espiritui Sancti, un cortejo en la Quinta Avenida, planos solemnes, la cámara majestuosa (nada de zarandeos epilépticos como ahora), deslizándose entre los extras, todos conmovidos, con suerte una chica a nuestro lado, sus mejillas arreboladas, sus ojos brillantes, rezábamos para que se estremeciese en la oscuridad, oprimiendo nuestra mano, celebrando la muerte, en los cementerios de Londres, bajo la bruma del Támesis, entre lámparas de carburo y ladrones de cadáveres, los mismos actores que otros domingos hacían de sepultureros, con extremidades inmensas y rostros tiznados, secundarios de ojos amenazantes, una librea de aspecto mohoso, de curtidor y gañán, como cualquier enterrador que se preciara, me clavaste los ojos cuando dije eso, ya sé que ahora vestís trajes reglamentarios, que no os parecéis a Boris Karloff, que lleváis la camisa planchada, pero no me negarás que aquella ropa, que aquellos paños infernales, tenían en medio de Londres algo de magnificencia viril…
Ahora oyes hablar de ataúdes forrados de leopardo, de satén, de camuflaje, curas que se disfrazan de Elvis Presley, tipos que serigrafían los féretros, que dibujan graffitis en las tapas, cosas chuscas y obscenas, la otra tarde vi un documental donde hablaban de rituales funerarios, de pueblos que adoran a sus muertos, que los asean, los perfuman, los miman, pueblos recónditos y salvajes, presuntamente atrasados, luego salían hombres pudientes, varones rubicundos y prósperos, mascando chicle, mascullando: quiero ser enterrado con mi colt y mi mascota, en ataúdes con forma de joyero, de submarino, de lata de cocacola, había que verlos, hombres de Utah, de Maine, de Oregón, votantes de Trump, lo grotesco lo dejaron para el final, cuando hablaron de las urnas, transformaban las cenizas en cosas patéticas, aberrantes, para llorar, no de pena, sino de vergüenza, cómo es posible que la raza degenere así, que seamos tan fatuos, cuando te vea de nuevo te diré algo, Gabriel, el género humano no tiene remedio, no sabe llegar al final, no sabe afrontar la muerte, solo la encubre sin advertir que nos hemos convertido, a pesar de nuestros afanes, en una monstruosa legión de idiotas…
Me acuerdo del entierro de tu abuelo, la multitud alrededor de su tumba, acudieron del valle, de las colinas, de las casas, su ataúd al hombro, una tarde de marzo, hacía frío, un cielo sin pájaros, la iglesia al fondo, la gente flanqueando el camino, despojados del sombrero, recuerdo el silencio, no he vuelto a oír ese silencio, los árboles con fiebre, las piedras con sueño, la luna como una hogaza de pan, a tu abuelo le hubiese gustado estar allí, ya sabes, como huésped, como testigo, encendiendo un pitillo mientras escuchaba con sorna al cura, dejando que las lágrimas le mojaran el rostro, aquel rostro tallado con un hacha, era un sentimental, la muerte ya no es lo que era, decía, entonces parecía el fin de un trayecto, la estación de la nostalgia, de la memoria, de los susurros, los mismos que llenan las ropas y los pechos, los pechos como montañas, los trajes limpios para la ocasión, los hombros temblorosos de mi madre, las cancillas cerradas de los jardines, los pozos mudos, el templo exiguo, la luz purificándose, los hombres, las paladas recias, la noche encima, y eso ya no existe, Gabriel, ya no existen los árboles, como no existe el serbal, el retoño blanco que plantó mi padre, siendo niño, entre aquellas montañas inexpugnables…
No quise ser imprudente con mis palabras, perdóname, soy consciente de que resulto pesado, de que me voy por las ramas, divago, la culpa la tienen los libros, esas novelas que empecé a leer de joven, ya ves, tu padre frutero, que no putero, la experiencia y las manías, no puedo evitarlo, la edad me vuelve antojadizo, desafiante, modorro, qué le voy a hacer, espero que tu novia no se indignase, es muy bonita, a sus padres los doy por perdidos (tu suegro tiene cara de cardenal, tu suegra, lo lamento, parece una arpía), pero a ti no, Gabriel, no quiero que pienses que soy un aguafiestas, un perverso, son efectos de la nostalgia, los apetitos de la edad, la leña frágil, los rescoldos mínimos, así que apelaré a tu indulgencia, a tu virtud, a mi sangre, porque en el fondo, Gabriel, lo que quería decirte, lo que quería contarte es otra cosa, algo que me persigue y me mortifica desde hace tiempo, lo que quería confesarte, a pesar de la senilidad y los rodeos, a pesar de tantas palabras, es que hay muertos tristes en mi vida, lacónicos e insobornables, muertos difíciles, seres que nunca reposarán, tragados por el océano, arrojados a fosas comunes, bajo sepulcros anónimos, niños y mujeres de Siria, de Somalia, de Mali, desdichados que no tuvieron un enterrador, alguien como tú, hijo mío, alguien que, después de la última palada, les hubiese arrojado unas flores, unas puñeteras flores, y eso es lo que quería expresarte, Gabriel, mi ansia, mi desdicha, decirte que todos esos náufragos de las playas merecen una corona, un entierro y que si me ves merodear por los campos, si me ves rodear los cipreses, no debes pensar que chocheo, que he perdido la razón, solo estaré preguntándome qué habrá sido de ellos, de los hombres respetuosos y limpios, de aquellos sepultureros que barrían ensimismados las tumbas blancas de mi infancia.