poesía
la palabra en el tiempo
estos días azules y este sol de la infancia Antonio Machado Poemas para Antonio Machado, Visor, Madrid, 2018. 154 pp.
T ras una penosa huida, y una vez derrotada la Segunda República Española, Antonio Machado se refugió con su madre en un pueblecito del sur de Francia, Collioure, donde murió poco después, un 22 de febrero de 1939. Desde entonces, su evocación se ha revestido siempre de la dignidad del hombre y la autenticidad del poeta. Son las razones por las que Jesús García Sánchez lo ha elegido para conmemorar el número mil de la colección Visor de poesía, acogiéndose al verso que a la muerte del poeta se encontró en el bolsillo de su gabán: «Estos días azules y este sol de la infancia». Ochenta y cinco poetas acudieron al reclamo con un poema en cada caso y con el verso machadiano como lema: poetas de todas las edades, de Caballero Bonald a Ioana Gruia, y de todas las tendencias de la poesía actual, tanto americana como española, con nombres como Claribel Alegría, recientemente fallecida, Gioconda Belli, Antonio Carvajal, con una serie de «diferencias» sobre el verso machadiano, L. A. de Cuenca, García Montero, V. Gallego, Almudena Guzmán (con un poema de escaso interés), Ángeles Mora, Nancy Morejón, Ada Salas que con dos palabras, «Hoy / todavía», da cuenta, de la perduración del verbo machadiano, Ana Rossetti, Ida Vitale, Siles, Villena, Vilas, etc. Por los polos de la infancia evocada y el triste destierro del poeta (o su muerte) circulan varios de los poemas. Algunos poetas ceden imaginariamente su voz al propio Machado, como hacen Rafael Guillén, Antonio Lucas o el chileno Óscar Hahn; otros expresan los rasgos quebradizos de su propia infancia, como el mexicano Marco Antonio Campos... Quiero destacar los poemas excelentes de Pérez Azaústre, de la nicaragüense Daisy Zamora y de los colombianos J. M. Roca y Cote Baraibar. Cuatro poetas leoneses o afines a lo leonés están presentes en el homenaje: Antonio Colinas traza un Epitafio definitivo , haciendo ver que en los versos machadianos, brotados del miedo, la soledad y el frío hay «un luminoso sol de belleza y verdad / que afervora, / que vence al tiempo y a la historia cruel». Raquel Lanseros evoca la fecunda herencia machadiana y su exilio: «Dicen que desde entonces en Colliure / no ha dejado jamás de ser invierno». Ana Merino recrea al poeta cansado al que solo le quedan los recuerdos de «los días azules / que habitan las infancias». Finalmente, Juan Carlos Mestre augura la «permanencia más allá de la revelación de la muerte» de las palabras del poeta.