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La infanta rebelde

VISTO LO QUE HAY, CUESTA IMAGINAR A UNA INFANTA REAL POLÍGLOTA, CULTA Y DIVORCIADA, COMO EULALIA DE BORBÓN (1864-1958), QUE HABLABA CINCO IDIOMAS Y ESCRIBIÓ CUATRO LIBROS DURANTE SU EXISTENCIA SINGULAR, CONCLUIDA EL JUEVES, Hace SESENTA AÑOS, EN la villa de IRÚN. divergente

La infanta Eulalia de Borbón

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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E n realidad, la coincidencia de su muerte con el día de la mujer trabajadora es un respaldo a la causa, como lo fue 832 años antes la muerte en Saldaña de Urraca, primera reina titular europea. Eulalia era la pequeña de las hijas de Isabel II y se convirtió en la obsesión de su hermana mayor, la infanta Isabel conocida como la Chata (1851-1931), siempre empeñada en «meterla en vereda», por su carácter díscolo y por las coqueterías y ligerezas que se permitía con los requiebros de los herederos de otros tronos europeos y con algunos oficiales de la guardia real. Además, Eulalia era una mujer atractiva, rubia y de ojos azules, a diferencia de su hermana mayor, a quien se le suicidó el marido epiléptico de un tiro a los tres años de convivencia. Su boda con Antonio de Orleans (1866-1930), el único infante joven y homologable, que además era primo, se entendió como un refuerzo de la dinastía, dado que su hermano Alfonso XII sólo tuvo un heredero póstumo, nacido meses después de su muerte. Pero no puede decirse que fuera una unión feliz la de Eulalia y Antonio.

Antes de su divorcio en 1900, tuvieron dos hijos de perfil diametralmente opuesto: Alfonso (1886-1975), casado con Beatriz de Sajonia y dedicado a la vida militar, que alcanzó el grado de teniente general del Aire y fue aviador longevo; y Luis Fernando (1888-1945), personaje desenfrenado y conocido en París como ‘el rey de los maricas’. Amigo de Cocteau y de Proust, que se inspira en él para su personaje del barón Charlus, se convierte en la pasión desatada del coronel Halich, jefe de la Gestapo nazi en el París ocupado. Antes había alentado el compromiso fallido con la actriz americana Mabelle Gilman, quien se quedó con las ganas de ser alteza real, dejando el sitio a la viuda de Brooglie, alta dama de la industria azucarera, con quien se casó en 1930. Tenía 41 años y la señora 73. Pronto se vio obligada su pareja a vender el castillo y las tierras de Chaumont, para atender sus gastos desaforados. En Sanlúcar, donde el palacio de los Orleans alberga las dependencias del ayuntamiento, evocan una visita de Luis Fernando en 1941, cuando el infante repartía billetes de 20 duros a todos los parados que se encontraba en sus paseos. Afectado por un cáncer de testículos, en 1945 se sometió a una ablación con el doctor Gaudard, que lo llevó a la tumba.

El divorcio de los padres había molestado especialmente a la corte de Alfonso XIII, despreocupada de la deriva de un matrimonio en naufragio. Antonio, sujeto a su empleo en el ejército, mientras Eulalia recorría Europa, visitando aquel mundo de reyes declinantes (donde toma como amante a Carlos I de Portugal). Instalados en París, para quebradero de cabeza del embajador babiano Quiñones de León (1873-1957): Eulalia con su amante el conde George Jametel y Antonio agitado con la galana Carmen Jiménez Flores, a quien regala un piso en el parisino barrio de la Estrella y que obtuvo de Alfonso XIII el vizcondado de Termens, para agravio de Eulalia. La vizcondesa deja a Orleans por un sueco en 1915 y el relevo es aún más dispendioso: mademoiselle de Chardonnet, que lo droga y despluma con prisa, hasta que su hijo Alfonso lo inhabilita para cortar la sangría millonaria del patrimonio familiar.

Distanciada de la familia real, Eulalia publica en 1911 en París Au fil de la vie (A lo largo de la vida), que firma como condesa de Ávila. Prohibido en España, el libro defiende la utilidad del divorcio, para evitar el maltrato («peligro inminente que puede producir incluso asesinato»), y proclama la igualdad de la mujer, así como la obligación de buscar soluciones que logren dignificar su papel social. Una Real Orden impide a la infanta entrar en España hasta su visita de 1922. Una década de dura supervivencia, que culmina con su traslado al convento pensión para damas Villa Saint Michel, donde residió esos años. En 1935 publica en Barcelona la primera edición de sus Memorias, con la ayuda y prólogo del académico cubano Alberto Lamar: su libro de más éxito, cuyas sucesivas apariciones alcanzan a nuestros días. Sus páginas funden alicientes de su vida y de su tiempo: «no soy tonta y he circulado mucho», declara.

Incorpora no sólo la observación de la realeza declinante, sino la de los espacios culturales que frecuenta en París, donde le decepciona el desgarbo y chabacanería del entonces triunfador Blasco Ibáñez. En 1924 se había comprado casa en San Sebastián, adonde se traslada un año después, para seguir con su vida andariega. En 1929 fallece su cuñada la reina María Cristina y en 1931 abandonan España sus sobrinos los reyes. En la guerra muere su nieto Alonso y a su final decide residir definitivamente en España: primero en Madrid, luego en San Sebastián y a partir de 1950 en su residencia irundarra Villa Ataúlfo, construida con la venta de una propiedad en el barrio de Salamanca madrileño.

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En 1946 publica Para la mujer, que remite a los asuntos abordados en su estreno francés. Con una intención didáctica más directa aboga por mejorar la condición de la mujer, abordando aspectos como El feminismo, la resignación, los clubs femeninos o el voto de las mujeres. Tres años después, recupera las Cartas a Isabel II, escritas como informe del viaje oficial de 1893 a Cuba, Puerto Rico y Estados Unidos, representando a la corona. El objeto era paliar el descontento de las últimas colonias y establecer nuevos vínculos con Estados Unidos. El periplo duró 80 días, en los que supo granjearse el corazón de aquellas gentes, y comprender la inminencia de su pérdida.