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Salmos terrenales
ESTE ABRIL CUMPLIRÍA 90 AÑOS JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO GAY (1928-1999), QUE PUSO FIN A SUS DÍAS TIRÁNDOSE POR UNA VENTANA. SUS POEMAS CANTADOS POR PACO IBÁÑEZ, KIKO VENENO, LOS SUAVES, PERET O SERRAT LO CONVIRTIERON EN ICONO POPULAR. divergente

Grupo poético de los 50 homenajeando a Machado en Collioure
D e aquel Me lo decía mi abuelito o El lobito bueno a sus Palabras para Julia , donde confluyen la remota memoria de la madre muerta en un bombardeo de 1938 y el viático vital desgranado para su hija. El mayor de los hermanos Goytisolo publicó 21 libros de poesía entre su inaugural El retorno (1955) y Las horas quemadas (1996), que fue el último. Miguel García-Posada lo considera el mejor escritor de los tres hermanos Goytisolo con una contundencia que a mí me plantea algunas dudas, seguramente por su hábito recurrente de ir colocando poemas antiguos en cada libro nuevo. Proceso demasiado parecido al recuelo y no siempre sometido a una revisión exigente. Nuevos libros a menudo rellenos con el acopio de versos previos, que iban de un libro a otro con el aliño insuficiente de algún arreglo superficial.
Pero siempre ético y cabal, José Agustín Goytisolo combina en sus versos la ironía y el sarcasmo con un compromiso social fuerte, que tiene un ancla de alcance generacional, partiendo de su experiencia particular. En su expresión de la amargura, huye de fórmulas masticadas para dar cauce a una desilusión que considera injusta, buscando un lenguaje coloquial y directo. De los versos elegíacos de El retorno (1955, accésit del Adonais de Valente), dedicados a la memoria de su madre muerta en un bombardeo cuando había bajado confiada a Barcelona durante la guerra desde el Montseny para hacer las compras, a la sátira social y rascante de Salmos al viento (1956, premio Boscán), que ya incluye los primeros versos sociales de su generación. Ambos libros los agrupará el autor con Claridad (1959), donde palpita el homenaje generacional a Machado, en el volumen Años decisivos (1961), quizá como premonición de la primera ruptura que se iba a producir en el núcleo de la escuela poética de Barcelona, integrado desde su inicio por Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y Goytisolo.
Ya entonces, Barral andaba cada vez más a lo suyo, mientras el nieto de Santiago Alba recelaba de aquellas cuerdas de mitineo a las que empujaba Goytisolo: dolido del rechazo comunista a su petición de ingreso, por insoportables prejuicios machistas, pero ya apropiado de la ironía de Goytisolo para tunear sus versos. Así se quebró el trío, que dejó náufrago y perdido al más frágil emocionalmente y mejor persona de los tres, enseguida amparado por la acogida de Ricardo Bofill en su taller de arquitectura. Ya antes, el grupo había prescindido de Costafreda (1926-1974), el primero en publicar y también su primer suicida, víctima de la furia censora de Gil de Biedma, quien lo excluye (por una lectura crítica mal encajada de sus versos), de las sucesivas ediciones de la antología poética Veinte años y un cuarto de siglo de poesía española, del amanuense Castellet , en 1960 y 1966, con grave quebranto de una salud ya sacudida entre tranquilizantes y depresiones.
En el tránsito de una a otra etapa de su producción poética, Goytisolo tuvo un intermedio sembrado de atenciones a la obra de otros autores, a veces cercanos y otras no tanto. De 1969 es su antología y ensayo sobre Poetas catalanes contemporáneo s, publicada en Seix Barral. E inmediatamente selecciona e introduce la Nueva poesía cubana (1972), junto a las antologías Posible imagen de Lezama Lima (1972) y Posible imagen de Jorge Luis Borges (1972), ambas para Ocnos. Ya en Bajo tolerancia (1973), su primer libro de los setenta, se despide de la cantinela social con versos cautelosamente embaulados entre el sarcasmo y la utopía. Trae de paseo a sus amigos y maestros en la poesía, desde Bécquer y Lezama a Costafreda, reivindicando la condición muy antigua del oficio poético: siempre fuera de la ley, pero bajo tolerancia, como la prostitución.
De repente, en Taller de arquitectura (1977), irrumpe la afición por el urbanismo, que pone de relieve su contrastada condición de poeta cívico. Pero la profusión de nuevos títulos de este ciclo final, hasta superar la docena, revela un universo poético desencajado y heterogéneo, en el que predominan los versos circunstanciales y los poemas tejidos con retales, que acaban devaluando su propia imagen de creador. Aunque también en este tiempo su lengua poética siguió buscando la comunicación entre sentimiento y lucidez crítica. Uno de sus lectores complacientes fue Luis García Montero, quien aprecia la ironía melancólica en esta fase postrera de poesía cívica, elegíaca, tierna y amarga. Un destilado de nostalgia irónica que decanta su recurrente meditación sobre una infancia aturdida por la muerte prematura e inesperada de la madre. También sobre aquella interminable posguerra clerical a la que respondió arrojando un tintero del pupitre a la pared y de la que proceden tantos resortes de su memoria.
Ya en 1993 reúne los primeros versos de El retorno (1955) con Final de un adiós (1984) en Elegías para Julia Gay, principio y final de su evocación de la madre. Los pasos del cazador (1980) agrupa materiales sin publicar y nuevas impresiones de su gran afición de siempre. En cambio, en El rey mendigo (1988), combina apelaciones históricas y reflexiones íntimas en una introspección que ahonda su convicción de decadencia personal. Y tras el paréntesis amoroso de La noche le es propicia (1992), escenario de una pasión estremecida, retorna en Como los trenes de la noche (1994) a la onda elegíaca que anticipa el final de la vida, sobreponiéndose al desgarro de una afirmación desesperanzada sobre el valor de vivir. También Las horas quemadas (1996), su último libro, incide en el lirismo elegíaco suscitado por su condición de testigo de un tiempo ominoso que no logra sacudirse de encima.