Diario de León
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NACHO ABAD
León

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Llega el verano a Madrid, que es un verano distinto al del resto del mundo, y parece que todo se va derrumbando bajo el sol. Los materiales urbanos desprende calor, como si les aquejara una enfermedad misteriosa y les subiera desde que sale el sol hasta el atardecer la fiebre. En la parada del autobús, por ejemplo, vuela una nube de moscas sospechosas. Más que esperar la inminente llegada del 23, parece que espera la muerte. Llega el calor y Madrid desaparece, se esconde bajo persianas bajadas y un zumbido de evaporadoras de aire acondicionado.

No hay quien viva en Madrid en verano. Arde como un monte de alquitrán. A uno se le quitan las ganas de escribir, porque se le quitan las ganas de vivir, las ganas de existir, que suena a tópico, pero es que es así. A uno sólo le queda imaginación para elaborar planes de huída. Me veo descolgarme del balcón al paso de una furgoneta de reparto, para terminar en un polígono industrial de las afueras, en el interior de un enorme frigorífico, entre peces descuartizados y cristales de hielo. Bajo el sol de Madrid, el hielo es una piedra preciosa. Cambiaría por hielo todos mis diamantes, si tuviera diamantes.

También imagino que crece un jardín en la cubierta de mi edificio, y las raíces dejan escurrir sobre nuestras cabeza una lluvia diminuta e invisible, como las manos del poema de Cummings, que en realidad no habla de amor, como siempre había pensado: habla de la muerte, es decir, habla de vivir, de la vida, porque la muerte y la vida no son contrarios, menos aún en un poema, «como cuando el corazón de esta flor imagina la nieva delicada/ descendiendo sobre todas las cosas»: lo contrario de la vida es el calor en Madrid. Es este tráfico, este ardor de estómago urbano, este olor a perros callejeros y roedores muertos, a corbatas apretadas, a sandalias sucias y a negocios cerrados.

Tengo que dejar de escribir y salir de aquí ya, huir. Pero para huir tengo que cruzar la puerta, pisar la calle y no sé si seré capaz. No sé si al final de este día va a quedar algo en pie más allá de mi portal. Ya oigo cómo caen sobre las aceras los rayos de la mañana. El sol es un vecino furioso. Ha puesto la música demasiado alta: suena como un tren arrollando una bicicleta.

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