poesía
Los pasillos de la noche
no es la noche Ana de la Robla Valnera, Santander, 2018. 56 pp.
E l poemario No es la noche , de la poeta cántabra Ana de la Robla, consta de treinta poemas distribuidos en tres partes homogéneas. Lo introduce Antonio Colinas, destacando la naturalidad de esta poesía hincada en la claridad, la emoción, la pureza expresiva y en «el tono mesurado, apacible». El paso del tiempo y la memoria es el núcleo del primer poema, delicioso, «Amapolas», en el que la poeta evoca algún rasgo de la infancia y acaba chocando con la realidad: «Yo fui niña alguna vez. Soñaba entonces, / mientras ardía en una antigua biblioteca». El epifonema que cierra el poema expresa el desconsuelo ante la voracidad del tiempo: «Qué quedó tras el fuego, / qué quedó de todo aquello». Cenizas y la posibilidad de activar la memoria. La poeta afirmará en otro poema que de «el vértigo de lo que quedó atrás» se nutre la belleza, la poesía, la rosa, «un conjuro contra el amor y el duelo», con esa dualidad a la que se refiere Colinas como las dos caras del existir: la luz y la noche como síntesis. Por uno de los polos aparecen palabras como despojos, cenizas, vertedero...; por el otro, la luz como símbolo universal, como complemento de la noche («luz y noche en el frágil rumor del infinito»), la luz madre en uno de los poemas más emotivos del poemario. Hay un halo de delicadeza en esta poesía, y hasta de misterio, por cuanto insinúa más que dice, por más que sea del tiempo y sus matices de donde emanan buena parte de los poemas, según mi impresión de lector. Hay también una cierta huella de intimidad acentuada por la noche, que es ese espacio en el que «se atisban los poemas». Lutero lo sitió en su ser, en uno de los grandes poemas del libro, cuando «la insolente herejía de las constelaciones» le hizo postrarse de emoción para acabar volviendo a «la fecunda escucha de la humana voz pulsada».
El poema es asunto también de esta poesía, definido como «la aguja precisa del instante», que sugiere otra dualidad: la fluencia frente al intento del poema de fijar lo que otros poetas llamaron el instante eterno. Pero la poeta no suele precisarlo tanto, sino que acude a referentes como el arúspice que se inclina sobre las vísceras del animal como el poeta que intenta desvelar las entrañas del poema. Y no quiero dejar pasar una especie de visión cosmológica que cifro en otro gran poema, Gato délfico , cuyo lomo arqueado entre las ruinas sintetiza el origen del mundo y la belleza, los enigmas, las dudas, el miedo del ser humano en el transcurso de los siglos.