Crónica de un viaje inexplicable
Chuquiago. Deriva de la paz Miguel Sánchez Ostiz La línea del horizonte Ediciones. 286 páginas.

U n bello texto final, con hechuras de epílogo, cierra con unas líneas proféticas («y el tiempo en el que aparece este relato citadiano que muestra cómo el alma de los lugares casi alcanza ese infinito») que pueden dar una idea, aproximada sólo, del espíritu que late en este complejo y bellísimo libro de Miguel Sánchez Ostiz.
Todo es fruto de la experiencia personal y literaria de la estancia de Miguel Sánchez Ostiz en La Paz, Chuquiago, «nombre aimara de la capital boliviana, a la que va y viene desde 2004».La reiteración itinerante ha dado sus frutos: en la obra laten las tripas humanas, arquitectónicas, personales, drogadictas de la ciudad, que constantemente se destruye para resucitar de inmediato. Es difícil describir el recurso literario que emplea el autor, transformado en una mirada insuperable. De esas miradas inexistentes en los libros de viaje actuales. Lo llamativo es que todo tipo de estilos y de personajes caben en la obra. Por ello se sorprende de que el arquitecto Juan Carlos Calderón le pregunte «qué era lo que me gustaba de La Paz».
En sus líneas, además de con un dinamismo expresivo incuestionable, la obra avanza apoyada en tres técnicas esenciales. Una referida al estilo basado en las enumeratio (largas listas de ruidos, sensaciones, tipos, actividades…), otra con los documentos referidos a personajes muy populares, egregios intelectuales bolivianos (Jaime Saenz y Víctor Hugo Viscarra) y la tercera próxima a los viajeros clásicos españoles que, hace años, escribieron, sobre Bolivia: Eugenio Noel, Ciro Bayo, E. Giménez Caballero. Y, además, los nazis, refugiados en la ciudad después de la Guerra Mundial. La suma de todos estos intelectuales y políticos, unida a la espontaneidad de personajes bolivianos (pobres, humildes, como las cocanis o los juntacositas, por ejemplo) generan un texto que describe con plasticidad la destrucción y recreación constantes de la ciudad de Bolvia, con espacios sórdidos, inimaginables, que es, en esencia vida y dolor.