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Entre asedios
EL LUNES 22 SE CUMPLIERON 120 AÑOS DEL NACIMIENTO EN MADRID DEL LEONÉS ADOPTIVO, DESDE 1981, DÁMASO ALONSO (1898-1990), POETA, PROFESOR, ACADÉMICO, FILÓLOGO Y AUTORIDAD CIMERA DE LAS LETRAS ESPAÑOLAS DEL PASADO SIGLO. divergente

Dámaso Alonso, en el Ayuntamiento de León
C uando la Diputación leonesa concedió a Dámaso Alonso y a Vela Zanetti el título de hijos adoptivos de la provincia (9 de junio de 1981), el poeta ya había hecho alarde reiteradas veces de su origen leonés, en Tejedo de Ancares. Lo hizo en los años cincuenta, publicando el texto León en mi recuerdo (1957), ilustrado con su poema El valle, y recorriendo tres veces los valles ancareses en compañía de Valentín García Yebra para estudiar el gallego-leonés de Ancares y su interés para la dialectología portuguesa (1959). Su tatarabuelo Justo había imprimido a sus descendientes, radicados ya en Riibadeo, la raíz ancaresa que alcanzó palpitante a los Dámasos, padre e hijo, ambos inclinados al cultivo de las letras, aunque el padre fuera ingeniero de minas en Asturias. Huérfano desde los tres años, Dámaso Alonso siempre sintió el tirón nutricio de su valle ancarés, cada vez que con su madre iba a pasar el verano en Ribadeo: «Contempláis un valle / y el corazón se os llena de nostalgia». Nostalgia del origen.
El rescate, en 1993, del Álbum de Las Navas del Marqués, que contiene los primeros versos de Dámaso y de Vicente Aleixandre, puso de relieve una trayectoria poética que alcanzó su cumbre en la posguerra, con la respiración existencial de Hijos de la ira (1944), aunque su expresión abarcara la horquilla abierta entre el primero y su último libro: Poemas puros. Poemillas de la ciudad (1921) y Duda y amor sobre el Ser Supremo (1985), que se amplía a tres años precedentes, de cuyo cultivo tenemos testimonio en el Álbum rescatado por Tusquets. Versos distantes, que enlazan la estela de Rubén o Bécquer con el conflicto de conciencia de los postreros, donde el poeta muestra la tensión entre la duda y la necesidad de Dios, urgido por el horizonte de la muerte. Un largo trecho acechado a un lado por los acantilados de Escila y al otro por el remolino de Caribdis, que amenaza con las fauces de su sumidero. Esta secuencia de altibajos en la obra de Dámaso Alonso nos remite a su dura experiencia de superviviente en la hosca posguerra de Madrid, que superó entre desahogos de bebedor y mujeriego con arrebatos de malhumor.
Idéntico arco de tensiones afecta a la obra filológica del maestro de Humanidades que fue Dámaso Alonso, cuya cumbre corresponde a sus trabajos gongorinos, catapulta también de la Generación del 27 (que él, hombre de poco coraje, bautizó con ese rótulo en un trabajo de posguerra, acaso cohibido por el miedo), mientras su hondón lo expresa el estudio sobre La poesía de San Juan de la Cruz (1942), premiado por la nueva oficialidad en el concurso conmemorativo del IV Centenario del santo morañego (1542-1591). Obra en la que Dámaso «hubo de empeñar (y empañó) una parte de su crédito con la intención dictada sobre el tratamiento del santo «, según Jordi Gracia. Recién repuesto en la cátedra de Menéndez Pidal en Madrid, haciendo oídos sordos a su participación en la Hora de España republicana, encontró un orden de méritos prefijado por Menéndez Pelayo, según el cual «el espíritu Santo regía y gobernaba la pluma del escritor» y a ese rango «celestial y divino» se atuvo en su trabajo del centenario. Un tributo que a buen seguro hubo de influir en sus libros de poesía de 1944: Oscura noticia, titulado con un préstamo de Juan de la cruz, y nutrido mediante acarreo de versos previos, de 1919 a 1943, y su cumbre poética Hijos de la ira , que actúa como palmetazo de conciencia existencial sobre la miseria humana, articulado en versículos innovadores que acogen un lenguaje coloquial e incluso malsonante, capaz de expresar la protesta e incluso imprecar la maldición. Oscura noticia recoge su elegía A un poeta muerto, dedicado a Lorca, junto al planto La fuente grande o de las lágrimas. Y en Hijos de la ira menciona el millón de muertos de un Madrid sinécdoque de España y versifica el terror de Mujer con alcuza , poema que dedica a Leopoldo Panero.
En aquellas jornadas gongorinas augurales de la generación poética, Dámaso editó y comentó las Soledades, con su versión en prosa, que la gente enseguida llamó ‘traducción’ y obtuvo el premio Nacional con su ensayo luminoso y revelador Góngora y la literatura contemporánea (1927). También asistió a las exequias de Góngora, donde el oficiante dio el pésame a Bergamín, por su semblante fúnebre, y viajó a Sevilla, con su conferencia La altitud poética de la literatura española, más tarde Escila y Caribdis. Entre 1921 y 1923, fue lector de español en Berlín, del 23 al 25 en Cambridge, adonde vuelve ya como doctor en 1928. Allí traduce el Retrato de un artista adolescence, de Joyce, que firma como Alfonso Donado. Se casa con Eulalia Galvarriato (finalista del Nadal ganado por Gironella) y pasa dos cursos en California, Nueva York y Oxford.
A la vuelta, gana la cátedra (1933) de Valencia y en 1935 enseña en Leipzig. Antes, en 1934, se construye en la Cuesta del Zarzal 33, una casa que diseña él mismo, con el dinero salvado del batacazo de 1929 en Nueva York: tuvo la corazonada de rescatar sus ahorros antes de que quebrara el banco. La casa la construye junto a la de Menéndez Pidal en el Olivar de Castillejo, donde aún permanecen la de don Ramón, rescatada por la fundación Areces en los años ochenta del pasado siglo, y los veinticinco mil metros de olivar de la Fundación José Castillejo (1877-1945), catedrático que hizo el reparto de parcelas entre sus amigos de la Junta para la Ampliación de Estudios. La guerra lo encuentra en Madrid y se refugia las primeras semanas en la Residencia de Estudiantes, temeroso de represalias.